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El dilema de los kurdos iraquíes ante la ofensiva de sus aliados occidentales contra Irán: “No es nuestra guerra”

La región autonóma que alberga a milicias kurdoiraníes, alineadas con EE UU e Israel, es la única frontera en Oriente Próximo desde donde se podrían enviar tropas al país vecino

Ciudadanos iraquíes en la noche del viernes en la Ciudadela de Erbil durante las festividades kurda de Noruz y musulmana de Eid.

Con el espacio aéreo iraquí cerrado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra la vecina Irán, la principal puerta de entrada al Kurdistán iraquí se hace por la frontera turca de Habur. El trayecto hasta la capital kurda, Erbil, se recorre en unas cinco horas por carreteras que, entrada la noche, son iluminadas por múltiples destellos en el cielo. Algunos los provocan los rayos de una inoportuna tormenta nocturna. Otros, los drones o misiles que llegan del este, desde Irán, para impactar o ser interceptados en el aire rumbo a alguna base estadounidense o de las fuerzas kurdo-iraníes apostadas en suelo iraquí. Entre los destellos de la tormenta y de la guerra se colaron en la noche del viernes los fuegos artificiales para celebrar la inusual coincidencia del fin de año kurdo, Noruz, con el Eid que marca el fin del mes de ayuno musulmán, el ramadán. Las bolas de colores disparadas al concurrido cielo por jóvenes kurdos y árabes se siguieron de vítores, clamor de un pueblo que se resiste a ser, una vez más, arrastrado a la guerra.

“La gente tiene miedo de salir y que les caiga algo en la cabeza con el fuego cruzado de misiles y cohetes. Luego nos pasamos el día mirando al cielo cada vez que suena un ruido”, cuenta Yassamin Jabbar, esteticista de 40 años en el casco viejo de Erbil y recién llegada desde Bagdad para pasar las festividades con la familia de su marido, que es kurdo. Desde el pasado 28 de febrero e inicio de la ofensiva conjunta israeloestadounidense, el centro CPT para el Kurdistán iraquí ha registrado 307 ataques por parte de la Guardia Revolucionaria iraní y sus milicias afines en Irak contra el territorio del Gobierno Regional del Kurdistán iraquí (KRG, por sus siglas en inglés). Otro ataque este sábado elevó el balance humano a nueve muertos y 51 heridos, además de causar importantes daños materiales.

Irak se resiste a entrar en una guerra que no es suya, pero alberga en su territorio todos los elementos para ser engullido en ella: tiene vastas reservas de petróleo, cuenta en el noreste con milicias kurdo-iraníes opuestas al régimen de los ayatolás, con milicias proiraníes chiíes en el centro y sur del país, con bases militares de EE UU y, sobre todo, es actualmente la única frontera en Oriente Próximo —Irán e Irak comparten casi 1.500 kilómetros— desde donde EE UU e Israel podrían lanzar una operación terrestre con tropas aliadas ante un eventual colapso del régimen iraní.

“No se puede derrocar un régimen simplemente bombardeándolo. Se le puede debilitar, pero no derrocar sin botas sobre el terreno”, explica en una cafetería de Erbil Mohammed Shareef, profesor y experto en asuntos kurdos y de la política exterior de EE UU hacia Irak. La Administración de Donald Trump ya ha tanteado a las cinco principales milicias kurdoiraníes apostadas en el KRG sobre su posible papel en un ataque terrestre. Es más, les ha instado a coordinarse uniéndose bajo un mismo paraguas bautizado como Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní.

“El KRG se encuentra entre la espada y la pared. Entre su alianza con EE UU y el potencial riesgo de una guerra contra Irán”, sostiene el académico Shareef. Los kurdos son un aliado estratégico de EE UU en la región, y que Washington busque el apoyo de los kurdos iraníes para derrocar al régimen iraní es exactamente lo mismo que hizo en 2003 cuando recurrió a los kurdos iraquíes para derrocar a Sadam Hussein y más tarde institucionalizando las relaciones con el KRG.

Fuentes del Gobierno de Erbil confirman a EL PAÍS que han pedido a las milicias kurdo-iraníes que no lancen un ataque desde suelo kurdo-iraquí, temiendo represalias de un país vecino que es mucho más fuerte y capaz militarmente. “No es nuestra guerra”, dice este alto cargo haciéndose eco del mantra regional que resuena en las capitales del Golfo donde el fuego iraní bombardea objetivos norteamericanos y ha causado estragos en el suministro mundial de hidrocarburos del que depende el 90% de las exportaciones iraquíes.

Al día siguiente del ataque a Irán, el presidente estadounidense mantuvo sendas llamadas con dos líderes kurdos iraquíes, Massoud Barzani, presidente del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), y Bafel Talabani ―a la cabeza del partido Unión Patriótica del Kurdistán―, para discutir una posible ofensiva desde suelo iraquí. “No quiero que los kurdos resulten heridos o mueran. Además, hemos mantenido una buena relación. Están dispuestos a intervenir. Pero, en realidad, les he dicho que no quiero que lo hagan”, se contradijo a sí mismo Trump una semana después.

Alza de precios y cortes de luz

La guerra también se siente en los bolsillos, por la subida de precios de los productos importados de Irán, como la fruta, o del gas que no son capaces de extraer estos días de contienda, y los cortes de luz que dejan su tienda a oscuras, cuenta Mudafar Hoshno, de 27 años, que regenta un pequeño café en la plaza de la Ciudadela de Erbil, prácticamente vacío. Entrada la noche, varios grupos de jóvenes desafían al miedo reunidos alrededor de sacos de boxeo electrónicos donde esperan turno para medir sus fuerzas con un puñetazo. Hoshno se dice a la espera de ver qué ocurre, porque las señales que llegan de Israel y de EE UU son confusas: “Un día Trump dice que se acaba la guerra y al día siguiente pide [200.000] millones de dólares para seguir mandando tropas”.

Por ahora, las milicias kurdo-iraníes ―los expertos estiman que cuentan entre 4.000 y 10.000 combatientes― solo han recibido llamadas a la contención desde Erbil y pocas garantías ni armas de los gobiernos de Trump y de Netanyahu, mientras encajan en sus bases ataques diarios de drones o misiles iraníes en sus posiciones de las montañas fronterizas con Irán. En Oriente Próximo, es en el cielo donde se deciden las guerras. Y, si bien el KRG disfruta desde 1991 de una zona de exclusión aérea bajo la protección de EE UU, las milicias kurdoiraníes no están recibiendo el amparo ni de cazas israelíes ni de los estadounidenses. Sin eso, una ofensiva terrestre ahora provocaría muchas bajas en sus filas —que solo cuentan con varios miles de combatientes— y quedarían expuestos a la artillería iraní, aún capaz de aplastar insurgencias internas.

Son conscientes también de la otra cara de la moneda de ser un “aliado estratégico kurdo” de EE UU. El KRG se ha convertido en el prototipo más exitoso de la autonomía kurda que ansían también en las regiones kurdas de Irán, Turquía y Siria, donde suman 40 millones de personas: seis en Irak y 10 en Irán. Pero en Siria, la experiencia es más amarga. Tras una década de lucha en el terreno contra el Estado Islámico y bajo el amparo aéreo de los cazas de la Coalición Internacional que lidera EE UU, Trump ha optado por cerrar sus bases, dejando expuestas a las milicias aliadas kurdas en un giro estratégico en la alianza con el nuevo Gobierno de Damasco tras el derrocamiento del régimen de Bachar el Assad.

El fracaso del cambio de régimen en Irak

Transcurridos 23 años desde la invasión estadounidense de Irak, el país aún intenta recomponerse. La operación militar se ha convertido en el mal ejemplo a no repetir en el cuadernillo de las invasiones del ejército de EE UU y ampliamente invocada por el estamento militar en las dos operaciones de cambios de régimen lanzadas en Venezuela e Irán. Las milicias proiraníes reunidas bajo el paraguas de las Fuerzas de Movilización Populares son herencia del colapso de las instituciones cuando en 2003 los marines norteamericanos desembarcaron en Irak para derrocar a Sadam Husein. Compuestas por más de medio centenar de facciones, la mayoría chiíes y respaldadas por Irán, son parte del llamado “eje de la resistencia chií” junto con Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen. Desde el pasado 10 de marzo, los ataques con drones suicidas y cohetes a intereses petroleros y bases o delegaciones estadounidenses que se concentran en la periferia de ambas capitales, la regional kurda, Erbil, y la iraquí, Bagdad, se han identificado.

El último ataque se produjo este mismo sábado contra una base militar de EE UU cerca del aeropuerto de Bagdad, que ha llevado a su Embajada a llamar desde su cuenta en X a los ciudadanos estadounidenses a “abandonar Irak inmediatamente”. Ante el riesgo de verse arrastrados en el fuego cruzado, la OTAN ha congelado su misión en la que España ha evacuado esta semana a los 205 soldados y personal militar que mantenía desplegados en el país.

“KRG es un aliado de EE. UU. en Oriente Medio, y es percibido como tal por las milicias proiraníes, por lo que hay que ser cauto frente a un vecino mucho más grande y fuerte que es Irán”, puntualiza desde el anonimato una fuente cercana al Gobierno del KRG cuyas fuerzas armadas —unos 10.000 combatientes peshmerga— han optado por no responder a los ataques de grupos armados proiraníes y así evitar que el país se encamine hacia una posible contienda civil.

Entre ese fuego cruzado que se intensifica sobre las cabezas de los 47 millones de iraquíes, maniobran a diario los ciudadanos para ir a trabajar o visitar familiares. La esteticista Jabbar ya está planificando su ruta de regreso a Bagdad el lunes, cuando acaban las vacaciones, que hará en función de los nuevos controles militares desplegados en el camino y evitando las posiciones de bases militares y milicias.

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