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La incómoda posición de China en la guerra de Irán

Pekín refuerza su imagen y se beneficia del desgaste de Washington, pero el conflicto en Oriente Próximo expone su dependencia económica del Golfo y los límites de su papel como garante de estabilidad

El presidente chino, Xi Jinping, este jueves durante la XIV Asamblea Popular Nacional (APN) en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín.JESSICA LEE (EFE)

El conflicto desatado en todo Oriente Próximo tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán del pasado 28 de febrero ha colocado a China en una posición incómoda. Si bien la guerra ofrece a Pekín una oportunidad estratégica, también le recuerda su vulnerabilidad estructural. Aunque la crisis está permitiendo al gigante asiático reforzar la imagen de potencia fiable frente a un Washington cada vez más impredecible, detrás de esa ventaja diplomática se esconde una realidad mucho menos favorable: el Golfo es una arteria vital para la economía china y cualquier sacudida en la región amenaza con golpear directamente su seguridad energética, su industria y varias de las cadenas de suministro que sostienen su crecimiento.

Desde el inicio de la escalada bélica, la diplomacia china ha reclamado el retorno a las negociaciones y ha condenado las operaciones militares de Washington y Tel Aviv. El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, ha subrayado que la guerra “no debería haber ocurrido” y que “no beneficia a nadie”, y ha pedido que se respete la soberanía iraní pero también la seguridad e integridad territorial de los países del Golfo atacados por Teherán.

Ese discurso encaja con el relato que Pekín lleva años cultivando: el de una potencia prudente que prioriza la estabilidad y el comercio frente al intervencionismo militar. Los ataques contra Irán refuerzan esa narrativa y alimentan la comparación que China busca proyectar en buena parte del llamado Sur Global: mientras Estados Unidos impone su parecer por la fuerza, China insiste en que “nunca interviene en los asuntos internos de otros países”, una muletilla que los portavoces de Exteriores repiten casi a diario en ruedas de prensa.

“La imagen de China se está beneficiando claramente”, sostiene Inés Arco, investigadora de CIDOB especializada en Asia Oriental. Arco considera que la posición firme de Pekín frente a algunos movimientos geopolíticos de la Administración Trump ―desde la guerra arancelaria lanzada el año pasado hasta la intervención en Venezuela de enero― ofrece una “visión continuista” frente a los cambios bruscos que caracterizan la política exterior estadounidense.

No obstante, la situación en Oriente Próximo también está reforzando otra constante en la política exterior china: no ir más allá del plano retórico. Pekín ha criticado duramente los ataques contra la República Islámica, pero ha evitado ofrecerle compromisos de seguridad. La misma actitud que asumió tras la extracción forzosa de Nicolás Maduro.

A pesar de tener firmada una “asociación estratégica integral” con Irán ―que eleva la relación bilateral dentro de los estándares diplomáticos chinos―, el pacto no implica una alianza militar real. Es similar a lo que ocurre con la “asociación estratégica a toda prueba y todo tiempo” sinovenezolana, un reconocimiento político lleno de florituras que resulta útil a China en el plano simbólico, pero que se limita a la cooperación económica.

“Pekín no está dispuesta a desempeñar un papel de seguridad regional lejos de sus fronteras”, opina Ja-Ian Chong, profesor asistente de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Singapur. No obstante, la guerra podría aumentar las expectativas sobre China. “Si los países del Golfo llegan a sentirse decepcionados con la estrategia estadounidense (que en su opinión ha terminado convirtiéndolos en objetivos de Irán) podrían pedir a China que asuma un papel mayor”, señala Yun Sun, directora del programa de China en el centro de estudios Stimson. Sin embargo, añade, esa presión difícilmente cambiará la posición de Pekín: “un rol de seguridad más amplio implicaría asumir responsabilidades para las que China aún no está preparada”.

Esta cautela responde a la lógica de las autoridades chinas de preservar relaciones con todos los actores regionales, independientemente de cómo evolucione el conflicto. Y es que, aunque China es el principal comprador de crudo iraní (se calcula que absorbe el 80% de sus exportaciones, que en gran medida se liquidan en yuanes para evitar las sanciones estadounidenses), sus intereses en Oriente Próximo se extienden mucho más allá de Teherán.

China importa tres veces más petróleo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin que de Irán, y el volumen de comercio con Riad es casi diez veces mayor que el que mantiene con Teherán, según estimaciones del centro alemán de estudios MERICS.

Pero el petróleo está lejos de ser el único activo estratégico chino en la región. En los últimos años, empresas chinas han ampliado sus inversiones en infraestructuras, energías renovables y proyectos industriales en Arabia Saudí y Emiratos, y varias de estas petromonarquías se han convertido en socios clave para la expansión de centros de datos y proyectos vinculados a la inteligencia artificial.

El peso económico de la región para Pekín explica buena parte del tono prudente que ha adoptado. “Irán no es Rusia para China”, resume en su última newsletter Claus Soong, analista de MERICS. “Por mucho que Pekín hable de ser una fuerza estabilizadora en un mundo turbulento, su respuesta limitada a esta crisis muestra los límites de esa retórica cuando entran en juego sus intereses económicos y su relación con Estados Unidos y los países del Golfo”.

En realidad, la principal preocupación para Pekín es el bloqueo del estrecho de Ormuz, un paso marítimo por el que transita casi la mitad del petróleo que importa China y alrededor del 31% de sus compras de gas natural licuado. La Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, el máximo regulador económico del país, elevó a principios de marzo el techo limitado de los precios minoristas de la gasolina y el diésel tras el repunte del crudo, en el mayor incremento desde 2022. Aun así, el sistema estatal de control de precios y las reservas estratégicas están amortiguando por ahora el impacto directo sobre los consumidores.

Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico de Natixis, explica que China llevaba tiempo preparándose para un posible choque energético y, solo en los dos primeros meses de 2026, sus importaciones de petróleo aumentaron un 16%. Se estima que China tiene reservas suficientes para cubrir entre tres y cuatro meses de importaciones, por lo que, a corto plazo, cuenta con cierto margen de amortiguamiento. Además, algunos buques vinculados a China siguen cruzando el paso de Ormuz, según datos de seguimiento marítimo analizados por la consultora energética Kpler.

Parte de esa resiliencia responde también a la transición energética impulsada por Pekín en las últimas dos décadas, ya que el rápido despliegue de renovables y la electrificación del transporte han reducido gradualmente la exposición de su economía a las sacudidas del mercado petrolero.

Pero el Golfo es, además, un nodo crítico para otros productos energéticos y químicos esenciales. Por Ormuz circulan grandes volúmenes de fertilizantes y azufre, y cualquier interrupción amenaza con encarecer insumos básicos para la agricultura y la industria en buena parte de Asia.

Arco de CIDOB apunta que, por tanto, el conflicto expone otra vulnerabilidad estructural del modelo chino: su fuerte dependencia de las exportaciones. Esta investigadora advierte de que el encarecimiento de la energía, los fertilizantes y el transporte marítimo podría desencadenar un efecto dominó que amenaza con golpear a varias economías asiáticas fuertemente dependientes del Golfo (desde India hasta Indonesia, pasando por Japón o Corea del Sur). Y, si esas economías se desaceleran, también lo hace la demanda de productos chinos.

La crisis también podría tener implicaciones estratégicas más amplias. La creciente implicación militar de Estados Unidos en Oriente Próximo obliga a Washington a redirigir recursos y sistemas de defensa hacia la región, lo que podría reducir temporalmente su atención en el Indo-Pacífico, donde se concentra la principal rivalidad con China. Aunque, a largo plazo, ese desplazamiento de prioridades puede jugar a favor de Pekín, a corto, está complicando la agenda diplomática entre ambas potencias.

La escalada coincide con los preparativos de la visita que Trump tiene previsto realizar a China a finales de mes, pero la guerra está absorbiendo gran parte de la atención de la Casa Blanca y restando margen a la preparación de discusiones sensibles que Pekín esperaba abordar, como Taiwán y las ventas de armas estadounidenses a la isla, enfatiza Arco.

Entre los expertos predomina la idea de que China obtiene poco de esta crisis. “Lo único que puede ganar es reforzar su discurso de potencia pacífica”, resume el profesor Chong.

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