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Tiendas, mascotas y juegos: decenas de israelíes convierten un aparcamiento subterráneo de Haifa en su hogar en tiempos de guerra

El miedo a los proyectiles de Irán y Hezbolá lleva a las familias a instalarse en la planta -5 del parking de un centro comercial de la ciudad del norte de Israel

Sofía Salvador (a la izquierda) y María Tulitzeba, en su tienda del aparcamiento subterráneo de un centro comercial de la ciudad israelí de Haifa, el pasado miércoles.Antonio Pita

“Bienvenidos a nuestra casa”. Sofía Salvador y María Tulitzeba bajan en chanclas en el ascensor de un centro comercial de Haifa —la principal ciudad del norte de Israel, atacada estos días tanto por Irán como por la milicia libanesa Hezbolá― desde la zona en superficie (que alberga un supermercado, una farmacia y algunas cafeterías) hasta la planta -5, donde llevan días instaladas. Allí hacen vida día y noche, en una tienda de campaña donde se sienten más seguras. No están solas: la planta, casi la más profunda del aparcamiento, se ha convertido en un minibarrio subterráneo con una treintena de tiendas de campaña, niños correteando, perros deambulando y familias comiendo en mesas de plástico. Como en un camping al aire libre, pero en tiempos de guerra y bajo la luz de los neones, encendidos las 24 horas.

El aparcamiento comenzó a llenarse el sábado 28 de febrero, el día en el que Estados Unidos e Israel iniciaron su campaña bélica en Irán. A él llegaron personas normales y corrientes que se sentían desprotegidas ante los primeros bombardeos de represalia lanzados por Teherán y, desde Líbano, por Hezbolá contra territorio israelí.

El centro comercial es un mismo edificio con dos mundos paralelos. Abajo, las decenas de personas que se refugian en el frío aparcamiento, al que aún llegan vehículos dos plantas más arriba y donde muchas otras acuden cuando las alertas en los móviles o las sirenas antiaéreas los llaman a buscar resguardo. Arriba, tres plantas de supermercados, hamburgueserías y hasta un salón de manicura por los que a menudo pasean los nuevos habitantes del subsuelo. Las recorren en ropa de andar por casa, con el ritmo de quien no tiene mucho más que hacer durante el día.

Sofía Salvador tiene 27 años y emigró a Israel desde Buenos Aires hace dos. Aunque la región ya estaba en llamas a raíz del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, no pensaba vivir una guerra con Irán y lleva ya dos en ocho meses. ”Estamos acá justamente por no tener refugio. Si no, estaríamos en casa”, explica, mientras toma mate sentada a la entrada de su tienda.

Según los datos de enero de 2025 del Controlador del Estado (una especie de Defensor del Pueblo israelí), aproximadamente un tercio (unos 3,2 millones) de la población del país, sobre todo la árabe, carece de espacios de protección adecuados, públicos o privados. En Haifa, en concreto, buena parte de las construcciones son antiguas, con barrios enteros levantados hace más de medio siglo, antes de las leyes que obligan a incluir en los edificios refugios privados. Por ello, sus 280.000 habitantes dependen más de los refugios públicos, no siempre suficientemente cerca para los proyectiles, que tardan menos en llegar que a Tel Aviv o Jerusalén.

Si vienen desde Líbano, 40 kilómetros al norte, el tiempo de reacción es de apenas un minuto. El estridente aviso previo a los móviles salta casi a la vez que las sirenas antiaéreas, así que Salvador y Tulitzeba prefieren moverse solo en el recinto del centro comercial. “En un minuto no podés pensar mucho. Si estuviésemos en un parque o una placita, no sé si llegaríamos… Al final, te conviene más en la entrada al centro comercial”, argumenta la primera.

Salvador admite la incomodidad de dormir cada noche en una tienda de campaña, con la luz constante e impersonal de los neones filtrándose y en medio de ruidos constantes. También de no poder cocinar (reciben o compran fideos instantáneos, fruta o mantequilla de cacahuete) ni hacer mucho más que jugar a las cartas o mirar el teléfono. “Esto es un camping. Literal”, describe, con carreras de monopatín y “peleas de punta a punta” del aparcamiento cuando el ruido impide a alguien dormir.

Pero, aclara, les compensa porque se sienten “tranquilas”, a diferencia de las primeras horas de la guerra, cuando aún estaban en su casa. Las pasaron inquietas, pensando qué hacer entre alerta y alerta. Ese mismo día se enteraron (por una conversación que captaron al vuelo en la calle) de que existía el aparcamiento, cogieron las maletas que habían dejado preparadas tiempo atrás y vinieron mentalizadas de quedarse. El Ayuntamiento acaba de instalarles una pequeña nevera, un dispensador de agua y un cargador colectivo para los móviles.

Las dos se sienten aún más reivindicadas en su decisión desde el pasado lunes, cuando Hezbolá se sumó al combate, en represalia contra Israel por haber matado al líder supremo iraní, Ali Jameneí. La milicia libanesa ha lanzado desde entonces varios cohetes y drones contra la ciudad, sin causar víctimas.

La guerra contra Irán se extiende cada día más lejos de Oriente Próximo, implica a más países y durará “lo que sea necesario”, como dijo el miércoles el secretario de Defensa de EE UU, Pete Hegseth. La perspectiva de vivir tanto tiempo en un aparcamiento es casi un tabú para las dos. “Sabemos que podría llegar a pasar. No voy a mentir, lo comentamos anoche y nos quedamos en silencio. Vivimos el día a día y tratamos de no pensar de más”, admite Salvador.

De momento, cada día van a casa de una amiga, que sí tiene el cuarto obligatorio con paredes reforzadas y puerta blindada. Allí se duchan, lavan la ropa, visitan a su gato (“lo trajimos aquí al aparcamiento al principio, pero no fue nada bien”, admite) y aprovechan para comer casero.

Si las dos jóvenes son la nueva hornada del aparcamiento convertido en hogar subterráneo, Yuri Shulga es un veterano. Trabaja en una tienda de bebidas alcohólicas dentro del centro comercial y en la anterior guerra de Israel contra Irán, en junio de 2025, bajó a resguardarse, tras una alerta, y vio que había gente asentada. “El refugio que tenemos en casa no es muy bueno. Puede servir contra los cohetes de Hezbolá, pero sentimos que contra los de Irán no era para nada seguro”, explica, mientras sus hijos juegan alrededor con los de otras familias.

Por eso, al alba del sábado, en cuanto se enteró de que Israel y EE UU habían lanzado un bombardeo masivo para intentar derrocar el régimen iraní, tenía muy claro qué hacer. “Entendimos que esto no se acabaría en uno o dos días [...] Hemos traído hasta mesa, ordenadores, microondas, tetera...”.

Lo vive con buen humor. Sus hijos, dice, están encantados, sin colegio (las clases permanecen anuladas sine die) y acelerando en monopatín o bicicleta por un espacio llano, difícil de encontrar entre los altibajos de Haifa. “Lo más duro es la incertidumbre. No saber qué va a pasar. Pero aquí nos sentimos más seguros”, resume.

Lo ve además como un peaje que le tocaba pagar en algún momento. “Esta guerra era inevitable”, asegura. “Algo que iba a pasar en cualquier caso: mañana, pasado o en cinco años. La pregunta es cómo iba a pasar, porque no sabemos si Irán estaba a un mes o a un año de la bomba nuclear. Así que mejor que haya sido ahora, sin que tenga un arma nuclear”.

Víctima de un misil

No todos los pobladores de este pseudobarrio de tiendas de campaña son israelíes. Ellen Yani, de 37 años, es una de las miles de trabajadoras filipinas que llegaron al país para cubrir los puestos de trabajo peor remunerados y lleva más de dos años de conflicto en conflicto. Vive en un barrio humilde, donde escasean las medidas de protección, como suele suceder en los habitados por palestinos con ciudadanía israelí. Haifa es una de las escasas ciudades mixtas de judíos y árabes.

Yani recuerda que el sistema de defensa antimisiles intercepta la mayoría de proyectiles, pero “no todos”, y subraya que le importa mucho más sentirse “segura” que cómoda. Enseguida recuerda que una de sus compatriotas, Mary Ann De Vera, fue la única víctima mortal de un misil iraní que impactó la semana pasada en el centro de Tel Aviv. Tenía 32 años y cuidaba de una anciana.

“No tenemos refugio en nuestro apartamento y, cuando salíamos a buscar refugio en los de nuestros vecinos, teníamos miedo”, relata. El más cercano era privado, a unos 100 o 200 metros, calcula, mientras sus dos compañeras de piso, también filipinas, montan las tiendas de campaña que acaban de comprar, conscientes de que la situación se alarga demasiado como para seguir durmiendo juntas, hacinadas en una individual.

Durante el día, aprovechan la sensación de tranquilidad que siempre da la luz solar para ir a su apartamento a ducharse y cocinar. Y por la tarde, antes de que oscurezca, vuelven a la profundidad del aparcamiento. Hace frío, pero “a veces las alertas son a medianoche, así que es mucho mejor estar seguras aquí”, justifica.

La incertidumbre vital es también económica. Yani trabajaba en un hotel y ha dejado de cobrar hasta nadie sabe cuándo. Tulitzeba estaba empleada en un bar que cerró temporalmente (no está considerado servicio esencial, al no servir comida). La tienda de Shulga sigue cerrada. Y Sofía Salvador está en el paro y se ha quedado sin firmar el contrato que tenía previsto la semana pasada.

Sus vidas se han parado, pero el cobro del alquiler seguirá llegando puntualmente, como cada mes. “Estoy preocupada, por supuesto”, dice Yani. “No sabemos cuándo va a acabar la guerra, cómo va a ser el futuro más próximo, dónde vamos a quedarnos más tiempo, cómo vamos a comer o qué va a pasar con nuestros empleos. No estamos ganando dinero”, enumera. “Todo es difícil”.

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