Más Vietnam, menos Irak: la lección de la Historia que usa Starmer frente a Trump
El primer ministro laborista Harold Wilson se negó en los años sesenta a enviar tropas a la guerra del sureste asiático, pero sí ayudó a Washington


Keir Starmer ha entendido que es más fácil soportar el desdén de Donald Trump que el enfado de los ciudadanos británicos. Pero un político tan reflexivo y cauto como el primer ministro británico nunca actúa por impulso. Y dadas algunas de sus inexplicables decisiones desde que entró en Downing Street hace casi 20 meses, muchas de las cuales han sido un tiro en su propio pie, tampoco parece hacerlo por electoralismo.
La sombra de la guerra de Irak ha pesado mucho en su decisión de no participar directamente en el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Aquel conflicto, contrario a la legalidad internacional, fue el principio del fin del Gobierno de Tony Blair, que se entregó incondicionalmente al ardor guerrero del republicano George W. Bush. Starmer era entonces un joven abogado, especializado en Derecho Internacional Humanitario, y estuvo entre quienes se opusieron con más firmeza a la aventura bélica de Blair. Nada bueno puede surgir de una acción ilegal, defendía entonces.
Blair fue el error que no debe repetirse, pero el modelo en el que inspirarse es, en realidad, otro. Starmer ha explicado en varias ocasiones que uno de sus ídolos laboristas es el primer ministro Harold Wilson. Menospreciado y ninguneado por muchos de sus colegas, y víctima de una gran impopularidad por su torpe manejo de la devaluación de la libra esterlina, la historia le ha hecho cierta justicia. Bajo sus mandatos, en la década de los sesenta, se despenalizó la homosexualidad, se legalizaron el aborto y el divorcio, se amplió la universidad pública y gratuita, y se combatió la injusticia racial.
Y se evitó el envío de tropas británicas a una guerra tan impopular como era la guerra de Vietnam. El presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, cuyo carácter intimidatorio tenía cierto parecido con el de Trump, ofreció incluso ayuda económica al primer ministro británico a cambio de su implicación directa en una guerra detestada por las bases populares del Partido Laborista y que amenazaba con partir en dos a la formación.
Relación especial
El rechazo de Wilson agrió considerablemente la relación entre los dos políticos. Johnson comenzó a mofarse de la “relación especial” entre Estados Unidos y el Reino Unido que ideó y alimentó Winston Churchill. Evitó la comunicación directa con el primer ministro, y lo despreció hasta el punto de dar instrucciones a la banda, durante una cena oficial en Washington que acogía al británico, de comenzar a tocar I Got Plenty of Nuttin (Tengo mucho de nada, en la jerga empleada entonces por algunos miembros la comunidad afroamericana en Estados Unidos), un desplante diplomático ciertamente grosero.
Wilson aguantó su posición oficial. No envió soldados a Vietnam. Pero proporcionó constantemente ayuda logística y de inteligencia a su aliado estadounidense. Las bases militares de Hong Kong, Singapur o Diego García, en el archipiélago de Chagos, estuvieron en todo momento a disposición de Washington. El primer ministro británico se pronunció públicamente en contra del régimen comunista de Vietnam del Norte por su “obstinación” en rechazar cualquier solución diplomática, y entre bambalinas maniobró para ayudar a Estados Unidos a buscar una salida del conflicto.
“Vietnam fue el problema más difícil y angustioso de todos los que tuvimos que afrontar”, recordó años después quien fuera ministro de Asuntos Exteriores con Wilson, Michael Stewart.

Irán no es Vietnam, ciertamente, aunque lleva camino de convertirse en una guerra global, por la respuesta indiscriminada del régimen de Teherán contra todos los países e intereses militares y económicos de la región. Nada hace pensar, por el momento, que Estados Unidos o Israel quieran dar el siguiente paso y lanzar una incursión terrestre. Trump se mueve con los impulsos de un negociador de propiedad inmobiliaria, en busca del beneficio inmediato. Netanyahu lleva años obsesionado con aniquilar al régimen islámico de Teherán, cuya potencia militar y sus tentáculos extremistas en Oriente Próximo son vistos por el Gobierno israelí como una amenaza existencial permanente.
Starmer ha permitido, después de una negativa inicial que no ha durado ni 48 horas, que Washington use sus bases para lanzar ataques “defensivos” contra los depósitos de misiles de Irán. Los cazas de combate británicos sobrevuelan la región para interceptar cualquier ataque de Teherán contra sus intereses o los de sus aliados. El destructor H.M.S. Dragon se dirige ya hacia Chipre para proteger la base que tiene allí el Reino Unido. Y la retórica de Starmer contra el régimen islámico y sus dirigentes no deja lugar a la menor duda.
La relación entre Estados Unidos, con lazos profundos militares, de inteligencia, económicos y sentimentales, sobrevivió al desencuentro de Wilson y Johnson. Starmer, que ya ha sufrido desprecios previos de Trump y ha logrado darles la vuelta, confía en que el tiempo enderece las cosas.
La Historia encierra siempre más de una lección. Y no se trata solo de evitar la temeridad de Blair, sino de emular la astucia de Wilson.
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