El opositor iraní Taghi Rahmani: “El régimen de Irán es cada vez más agresivo y necesita silenciar voces”
El activista habla tras la detención de su esposa, la Premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, en medio del estallido social en el país

“No sé nada de mi mujer. Ni yo, ni ningún familiar. Está débil y enferma y aunque los médicos recomiendan su ingreso hospitalario, las autoridades se niegan a trasladarla. Con esta nueva condena, es muy probable que sus problemas de salud empeoren. Estoy muy preocupado”, expresa desde París en una conversación telefónica con EL PAÍS Taghi Rahmani (Qazvin, 67 años), marido de la Premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, condenada el pasado 7 de febrero a siete años y medio de prisión por los delitos de reunión, conspiración y propaganda. La pena se añade a las múltiples condenas que acumula la activista iraní, de origen kurdo, quien desde los años noventa no ha cejado en su militancia en favor de los derechos de las mujeres. Desde hace años, la República Islámica intenta silenciarla encadenando arrestos y condenas contra ella. Pero, aclara Rahmani: “Su compromiso con el pueblo de Irán es indestructible. No importa cuántas veces la detengan, ella sueña con la libertad de los iraníes y siente que tiene una responsabilidad con la gente y la democracia”, afirma su esposo unos días después de la nueva condena.
Taghi Rahmani es una figura conocida en Irán. Ha pasado 14 años en prisión condenado por su activismo a favor de la democracia. El matrimonio organizaba actos públicos para denunciar los atropellos del régimen, que solían terminar con la represión violenta de la policía. En las elecciones presidenciales de 2009, Rahmani hizo campaña al lado del reformista Mehdi Karrubi, una figura “del sistema” cuyo papel hoy es “residual” y que “no representa a nadie” en Irán. “La gente ya no quiere a ningún candidato, aunque se declare reformista. El pueblo quiere la caída del régimen, y ya no le vale nadie de la oposición”, asegura. La mayoría de los políticos que integran la oposición en Irán han sido encarcelados o asesinados.
El estallido social que se extendió por muchas ciudades de Irán el pasado mes de diciembre en protesta por la inflación desorbitada y el constante empobrecimiento de la población ha añadido más presión a un régimen que atraviesa horas bajas y está pendiente de la amenaza de ataque de Estados Unidos. Debilitada y amenazada en la calle, “la República Islámica solo afronta los problemas con una represión cada vez más agresiva. Necesita silenciar voces como la de Narges en su momento de mayor debilidad”, afirma. “La nueva condena contra Narges responde a ese miedo ante el levantamiento popular y también puede ser un mensaje de firmeza frente a Occidente, ante las acusaciones de asesinar indiscriminadamente a los manifestantes”, desliza Taghi, quien desde París, donde reside junto a sus dos hijos, mantiene su activismo político escribiendo en distintos medios iraníes artículos “dirigidos a los núcleos sociales que el régimen persigue: profesores de universidad, sindicalistas, periodistas, maestros… Ahora también gente del mundo del cine y la televisión“. “Creo que ayudando a la colectividad contribuimos al cambio”, continúa.
Hace 13 años que Taghi no abraza a su mujer. Narges entra y sale de la cárcel con la frecuencia que decide el régimen, y cuando se encuentra en libertad, no puede viajar al extranjero por la confiscación de su pasaporte. En 2015 fue la última vez que la activista vio a sus hijos, cuando abandonaron Irán para reunirse con su padre. “En París nos sentimos más seguros que en Irán, pero nunca te sientes a salvo del todo. Siempre me están vigilando y sé que maquinan cosas contra mí, pero al menos tenemos la protección de las autoridades”, expresa Rahmani.
En su opinión, al régimen no le queda mucha vida. “Si no ha caído todavía es por la solidez de su estructura jerárquica. Todas las facciones dentro del régimen, aunque se peleen, todos viven de él, y eso es mucha gente. Pero ahora las clases pobres, que no están atentas a la política, también se están rebelando porque no tienen lo básico para vivir. Y eso es un gran salto en el camino de derrotar a la República Islámica”, afirma. En este sentido, apunta que en la calle, el cambio es evidente: “Las mujeres ya no llevan velo. Y la policía de la moral, aunque existe, prácticamente no actúa”. Luego, “el odio de la gente hacia el régimen es abiertamente palpable allí donde vayas, en tiendas, restaurantes…”. Pero lo más importante, precisa, “es que cada vez más gente de todo el país quiere la caída de la República Islámica”. Antes de la muerte de la joven kurda Mahsa Amini en 2022 (a manos de la policía de la moral tras ser arrestada por no llevar el velo correctamente colocado), “el sentir mayoritario no era la caída del sistema. Se seguía hablando de reformas. Hoy, el expresidente Hassan Rohaní critica abiertamente las decisiones del líder supremo, Ali Jameneí. Esto es nuevo”, subraya.
La máxima autoridad de Irán tiene la última palabra en cuestiones como la política exterior y la diplomacia. Hace semanas que Teherán negocia un acuerdo nuclear con EE UU con el fin de frenar las amenazas de guerra del presidente estadounidense. “Creo que Irán hace muchas renuncias ante EE UU y a ambas partes les conviene llegar a un acuerdo. Nadie quiere una guerra, pero nada es seguro”, avisa. Rahmani cree que tras el ataque de EE UU a Irán del pasado junio contra varias plantas nucleares, puede pasar cualquier cosa. “Irán no busca un conflicto bélico ni nadie que derrote al régimen. El pueblo sabe que un regalo de este tipo no sería gratis. Y no lo quiere. El problema es la falta de oposición real que fragüe ese cambio. Solo hay descontento y desconexión, pero no por eso queremos que una potencia extranjera haga nuestro trabajo”, sentencia. Narges seguirá luchando por ese cambio desde la cárcel.
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