China quiere un ‘mundo feliz’ en internet por las fiestas del Año Nuevo Lunar: ni angustia ni “fobia al matrimonio”
Pekín pretende evitar “emociones negativas” como la “ansiedad reproductiva” durante una campaña digital destinada a crear “un ambiente festivo, armonioso y positivo”

China quiere un mundo feliz en internet durante el Año Nuevo Lunar. Nada de pesimismo, ni de angustia exagerada, ni de quejas por las tensiones familiares o la crianza de los hijos. En este país, donde la información está fuertemente controlada y cualquier tema sensible es censurado, Pekín lanzó la semana pasada una campaña de un mes para crear “un ambiente festivo, armonioso y positivo” en el espacio digital durante la Fiesta de la Primavera, el periodo vacacional en torno al año nuevo chino, que empezó oficialmente el martes.
La disposición busca “rectificar” la “incitación maliciosa” de lo que considera “emociones negativas”. Entre ellas, destaca “promover o difundir valores nocivos como el rechazo al matrimonio o a la maternidad/paternidad, fomentar la confrontación entre hombres y mujeres y exagerar conceptos como la fobia al matrimonio o la ansiedad reproductiva”, según el anuncio publicado por la Administración del Ciberespacio de China (ACC), el regulador de internet.
La normativa coincide con una crisis demográfica que se ha convertido en un problema de primera magnitud. La población de la República Popular cayó en 2025 por cuarto año consecutivo y registra ya la tasa de natalidad más baja de su historia.
La falta de hijos solo es uno de los numerosos campos de batalla de la nueva disposición. Las exhibiciones de riqueza en línea bajo el pretexto de “compras de Año Nuevo” o “concursos de costumbres del Festival de Primavera”, que promueven comparaciones poco saludables y la división social, también serán objeto de escrutinio.
La medida, que no especifica las sanciones en caso de incumplimiento, sí reclama a las principales plataformas crear equipos de trabajo, reforzar turnos de guardia, intensificar la supervisión y proceder activamente a la eliminación y gestión de contenidos ilegales o irregulares. También hace un llamamiento a “publicar oportunamente casos representativos” para “generar un efecto disuasorio efectivo”.
Uso indebido de la IA
Las autoridades pondrán además bajo la lupa el uso indebido de la Inteligencia Artificial (IA) para insertar contenidos vulgares o violentos en animaciones y obras audiovisuales clásicas, “con fines de burla o parodia”; perseguirá la reinterpretación “distorsionada” de clásicos literarios y alusiones históricas que tergiversen “la excelente cultura tradicional”, y la fabricación masiva de textos y guiones “que exageren conflictos familiares o intergeneracionales —como el favoritismo de los padres, tensiones entre suegra y nuera o peleas entre hermanos—" con la intención de captar tráfico.
El documento incluye además medidas contra “apuestas encubiertas” y “ofertas sexuales disfrazadas de amistades festivas”, pero también contra la creciente oferta de servicios de adivinación en línea que prometen “cambiar la suerte” o “neutralizar influencias adversas” mediante rituales para atraer la fortuna.
Este tipo de iniciativas digitales no son nuevas en China. En septiembre, justo antes del periodo vacacional por el Día Nacional —conocido como la “Semana Dorada”—, Pekín lanzó otra campaña para censurar los contenidos que “promueven excesivamente emociones negativas y pesimistas”; ideas como que “el esfuerzo es inútil” y “el estudio es inútil”, y los contenidos que “interpretan maliciosamente los fenómenos sociales, amplifican los casos negativos y aprovechan […] para promover una visión pesimista y nihilista de la vida”.
En las vacaciones por el Año Nuevo chino, similares a las Navidades en Europa, crece el riesgo de contagio de esa sensación que las autoridades consideran perniciosa. El país detiene por unos días el ritmo. Cientos de millones de trabajadores urbanitas regresan a sus pueblos de origen, se reencuentran con los suyos, cenan en familia. Es el periodo que se considera el mayor movimiento migratorio anual del planeta, durante el que los servicios logísticos se someten a una enorme presión. Y no es casual que la campaña también advierta contra la difusión de “rumores sobre el transporte, abastecimiento o seguridad pública”.
El anuncio de la nueva campaña de la ACC ha sido recibido con apoyo explícito en redes sociales y un tono marcadamente patriótico. En un ecosistema donde las plataformas operan bajo estrecha supervisión gubernamental y los márgenes de crítica son extremadamente limitados, la conversación que llega a aparecer publicada sobre este tipo de iniciativas suele estar alineada con el discurso oficial. Algunos usuarios celebraron que por fin se “pusiera orden” en lo que describen como un espacio saturado de “información basura” y vídeos caóticos que, en su opinión, influyen negativamente tanto en jóvenes como en adultos.
Otros fueron más allá y vincularon la difusión de mensajes sobre no casarse o no tener hijos con supuestas estrategias extranjeras para debilitar el país: “¿No será que Japón está detrás?”, se pregunta Da Mo, de Yunnan. “Por fin se toman medidas en este aspecto. Si seguimos abogando contra el matrimonio y la fertilidad, nos extinguiremos antes de que los estadounidenses nos ataquen”, escribe Compañero Xiao Ai, de Sichuan.
Pero el estado de ánimo general rara vez se ajusta del todo a las consignas que marca Pekín. Por eso, en un entorno digital en el que el perímetro de lo permitido no deja de estrecharse, a veces se crean situaciones en las que lo aparentemente más trivial llega a convertirse en una válvula de escape colectiva. El fenómeno inesperado de este invierno en China ha sido un caballo de peluche rojo con patitas cortas concebido para las celebraciones del Año Nuevo lunar.
Según el zodiaco chino, este calendario se corresponde con el Caballo de Fuego, una combinación que se repite cada seis décadas y que tradicionalmente simboliza dinamismo y ambición. El muñeco estaba pensado para transmitir precisamente esa energía en versión amigable, con un cascabel dorado al cuello y un lema de prosperidad estampado en el costado. Pero, debido a un error de fabricación, se cosió su sonrisa hacia abajo y su gesto, lejos de ser alegre, terminó siendo el de un animalito resignado.

Contra todo pronóstico, la edición defectuosa del juguete ha eclipsado a la original. En pocas semanas, la etiqueta “caballo que llora” superó los 190 millones de visualizaciones en Douyin (la versión china de TikTok) y los pedidos al fabricante se dispararon hasta cerca de 20.000 diarios, según la agencia Xinhua. En redes, muchos jóvenes explicaban que se sentían más identificados con el peluche triste porque era un “compañero silencioso que entiende tu cansancio y expectativas frustradas”.
La felicidad que China quiere mantener en línea contrasta con una realidad más compleja. El gigante asiático afronta un momento de transición incómodo. El crecimiento se ha moderado respecto a décadas anteriores, el sector inmobiliario sigue arrastrando problemas de deuda y confianza y el consumo interno no termina de recuperar el pulso previo a la pandemia. A ellos se suma que la tasa de paro juvenil es muy elevada (se situó en el 16,5% en diciembre, más de tres veces el dato general) y las expectativas salariales son cada vez más contenidas. Se trata de un cóctel que está alimentando la percepción de estancamiento entre las generaciones más jóvenes.
Ese malestar ya encontró otra forma de expresión el año pasado, cuando una ola de nostalgia dosmilera inundó las redes sociales del país. Bajo etiquetas que evocaban “la belleza de los años de auge económico”, miles de usuarios compartían imágenes, canciones y escenas de una época en la que China se abría al mundo y se descubría capaz de todo. Era el recuerdo de un momento en el que el ascenso se asociaba con el esfuerzo y el futuro se sentía como expansivo.
La tendencia fue lo suficientemente visible como para llamar la atención de las autoridades, que terminaron incluyéndola en septiembre en su campaña de supervisión de contenidos, preocupadas por la “excesiva promoción de consignas derrotistas”.
También en los últimos tiempos, China ha silenciado o censurado a economistas que han alertado sobre la debilidad del consumo o sobre una “juventud desanimada”, y numerosos analistas han contado, a menudo bajo condición de anonimato, las presiones a las que se enfrentan para transmitir un dibujo optimista. Tal y como contaba un economista europeo asentado en el país asiático desde hace años: “En China los problemas no existen. Y si existen, se tapan. Mientras, con discreción, vemos cómo arreglarlos”.
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