Bangladés vota en unas elecciones cruciales tras las revueltas de la Generación Z
El progresista PNB lidera los sondeos en unos comicios en los que el 43% del censo tiene menos de 37 años


En agosto de 2024, unas protestas nacidas de una ola de descontento juvenil en Bangladés lograron tumbar al Gobierno. Lideradas por la llamada Generación Z, fueron duramente reprimidas, provocando la muerte de centenares de manifestantes. Pero también causaron la huida de la primera ministra, Sheikh Hasina, y abrieron una expectativa de cambio con la formación de un Ejecutivo interino. Este jueves, la nación asiática, de 175 millones de habitantes, vota en unas elecciones clave, las primeras desde entonces.
Los resultados serán determinantes para la estabilidad de un país de mayoría musulmana, pieza esencial de la cadena de suministros textiles del planeta, pero marcado por las rentas bajas y la escasez de oportunidades de los más jóvenes. Los comicios servirán también de termómetro para otras naciones de la región donde chispazos similares de furia generacional de los menores de 30 años forzaron a finales del año pasado la caída de sus gobiernos. En Nepal, las elecciones están previstas para el mes que viene.
Esta semana, en la recta final hacia las urnas en Bangladés, los sondeos de opinión concedían ventaja al Partido Nacionalista de Bangladés (PNB), de corte progresista y liberal, sobre una coalición de formaciones principalmente islamistas, liderada por Jamaat-e-Islami. Son los dos principales contendientes después de que la Liga Awami, el partido de la ex primera ministra Hasina, autoexiliada en la India y condenada a muerte en ausencia el pasado noviembre, fuera ilegalizado, lo que ha despertado las protestas de sus seguidores.
Desde la huida de la antigua líder, el país ha vivido un complejo periodo de transición dirigido por un Gobierno interino liderado por el economista y premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, cuya dimisión se espera para la semana que viene. Más allá de la tensión política, que no se ha disipado del todo, con algunos jóvenes denunciando también la pérdida del espíritu que guio sus protestas, la gran motivación de este jueves es para muchos el hecho de poder acudir a los colegios. Y votar.
“Estoy emocionado porque votamos libremente después de 17 años”, dijo Mohammed Jobair Hossain, de 39 años, a la agencia Reuters mientras esperaba este jueves a primera hora a que abrieran las urnas en Daca, la capital. “Nuestros votos serán importantes y tendrán significado”.
“Son unas elecciones trascendentales”, define Shafqat Munir, del Bangladesh Institute of Peace and Security Studies, en conversación telefónica desde Daca. “Durante más de 17 años los ciudadanos no han podido votar de forma correcta”. El país vivió tres procesos electorales “profundamente defectuosos” en 2014, 2018 y 2024, cuando Hasina estaba en el poder (entre 2009 y 2024). “Y ha sido gracias a la Revolución del Monzón [otro de los nombres con los que se bautizaron las protestas] que hemos tenido la oportunidad de revivir la democracia”.
Los comicios, en los que se eligen los 300 escaños del Parlamento del que saldrá un jefe de Gobierno, son de tamaño gigantesco. En Bangladés, el octavo país más poblado del mundo, votan cerca de 128 millones de personas. Es además una de las naciones más jóvenes del planeta, por lo que el principal grupo a tener en cuenta son los ciudadanos de entre 18 y 37 años. Suman 55,5 millones de electores, en torno al 43% del censo, según el diario local The Daily Star. “Votar me hace sentir que mi voz, por pequeña que sea, importa”, contaba al citado medio bangladesí Aysha Tofail, una estudiante del último curso de periodismo en la Universidad de Daca.
La contienda es una oportunidad para que la nación sudasiática “vuelva a la cultura democrática” y cuente de nuevo con un “gobierno representativo”, insiste el analista Munir. “Hay muchas reformas que son necesarias para el Estado. Eso tiene que hacerlo un gobierno elegido democráticamente”. Cree que si el PNB obtiene la victoria, una vez al frente del Ejecutivo podría implementar gran parte del programa de reformas propuesto. Además, los ciudadanos votan a la vez un referéndum constitucional sobre reformas políticas profundas, como la instauración de límites al mandato del primer ministro.
Al frente del PNB se encuentra Tarique Rahman, heredero de una de las principales dinastías políticas del país. Huyó de Bangladés hace 17 años y regresó en diciembre. Su padre, Ziaur Rahman, una figura prominente durante la independencia, ejerció como presidente y fue asesinado en un golpe militar en 1981; su madre, Khaleda Zia, fue primera ministra en tres ocasiones y rival política de Hasina. Lideró el PNB hasta su fallecimiento en diciembre. Y su segundo mandato (2001-2006) quedó oscurecido por el ascenso de los islamistas y por las acusaciones de corrupción que, años después, la llevarían a la cárcel.
Para algunos, la victoria del PNB no cubriría las expectativas de cambio que habían imaginado cuando saltaron a las calles hace año y medio. Nahid Islam, líder del Partido Nacional Ciudadano, una formación minoritaria de corte centrista encabezada por estudiantes que lideraron las revueltas, considera a la formación de Rahman “un partido corrupto, familiar y clientelista, enredado con oligarcas”, según contaba en un reciente hilo de X.
De cara a las elecciones, el PNC ha decidido aliarse con los islamistas de Jamaat. Unirse a “un partido religioso democrático con un historial de gobernanza transparente”, defiende Islam, evitaría el regreso a la vieja política de siempre. “Si creemos que volver al antiguo sistema sería catastrófico, si creemos que aceleraría el colapso económico, el deterioro institucional y la desintegración social, la elección es clara”, justificaba.
En estas elecciones también hay, como suele suceder, una intensa marejada geopolítica de fondo. Tras la huida de Hasina a la India, el país ha quedado expuesto a la creciente influencia de China. Mientras, Estados Unidos busca profundizar las relaciones con Daca. Al próximo Gobierno le tocará lidiar con este complicado equilibrio entre grandes potencias.
Las protestas estudiantiles de Bangladés arrancaron en julio de 2024 por el rechazo social a un sistema de cuotas de contratación de funcionarios, que reservaba un 30% de los empleos públicos para los parientes de los combatientes de la guerra de liberación contra Pakistán, en 1971. Pero se acabó convirtiendo en algo mucho mayor. Una ola de descontento juvenil contra el Gobierno de uno de los países más pobres del mundo. Los choques con las autoridades acabaron dejando unos 1.400 muertos, según la ONU. Hasina fue condenada a muerte en noviembre por crímenes contra la humanidad por ordenar una represión mortífera durante el levantamiento.
Fue una verdadera protesta de la generación Z (aquellos nacidos aproximadamente entre 1995 y 2010), movilizada por el desempleo y la falta de oportunidades, que veían en el sistema de cuotas un privilegio anacrónico e inmovilista de las élites, y no un beneficio a cambio del viejo servicio a la patria.
La llamada Revolución de julio acabaría inspirando además posteriores revueltas en otros países asiáticos, como la de septiembre en Nepal, que también acabó con decenas de manifestantes muertos, y provocó la renuncia del primer ministro, K.P. Sharma Oli. Su eco ha llegado mucho más allá, influyendo incluso en las recientes protestas en Marruecos.
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