Ir al contenido
_
_
_
_

De La Habana a tomar Damasco, la historia del comandante rebelde Bachar Alkaderi

El cirujano sirio, formado en Cuba, advierte de que, tras el derrocamiento del régimen de Asad, “hay que proteger la revolución de sus propios hijos”

Bachar Alkaderi (cuarto desde la izquierda) y otros rebeldes de Deraa en el barrio damasceno de Kafr Susa, tras tomar una posición ocupada por efectivos iraníes el 8 de diciembre de 2024, cuando fue derrocado el régimen de Asad.Cedida

Entre los rebeldes que, el 8 de diciembre del año pasado, entraron en Damasco y pusieron fin a casi catorce años de conflicto y al régimen de la familia Asad -uno de los más crueles y longevos de Oriente Próximo- había uno que hablaba español con un ligero acento caribeño. El doctor Bachar Alkaderi (Deraa, 1972), licenciado por la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, especializado en cirugía general y torácica, y convertido, por azares de la vida y de la Historia, en comandante revolucionario.

“Cuando entré en Damasco, sentí que volvía de un exilio muy largo. Llevaba más de trece años sin verla”, explica por videoconferencia desde Deraa, la ciudad del sur de Siria de la que procede. Un año después de derrocar al régimen, sin embargo, se muestra más cauto que eufórico: “Más que de sus enemigos, hay que proteger la revolución de sus propios hijos”.

La formación de Alkaderi comenzó muy lejos, en la isla de Cuba, adonde llegó en 1997, a finales de los años de carestía conocidos como el Periodo Especial, para estudiar Medicina. Su diploma de especialidad certifica la obtención del “primer lugar en el escalafón de graduados por sus excelentes resultados” y está firmado en noviembre de 2009, “Año del Aniversario 50 del Triunfo de la Revolución”.

Alkaderi es parte de los cientos de sirios que se han formado en la isla caribeña dentro de un programa que empezó ya durante la Guerra Fría y se ha prolongado incluso durante el conflicto civil sirio, en el marco de las relaciones entre dos gobiernos que se presentaban como aliados frente al imperialismo de EE UU. Eso sí, lo último que esperaba Damasco al enviar a sus jóvenes a estudiar en un país amigo era que se le volviesen en contra.

“En Cuba aprendí el espíritu revolucionario”, dice Alkaderi con una sonrisa: “Mi experiencia durante mi carrera de medicina y cirugía fue profundamente hermosa. Cuba es una verdadera escuela de paciencia y dignidad. Vi a un pueblo pobre en recursos, pero inmensamente rico en orgullo; un pueblo capaz de transformar el bloqueo en ciencia y producción”. No en vano, lo que aprendió del oficio médico en Cuba tuvo ocasión de ponerlo en práctica al poco de regresar a su país. a finales de 2011, las manifestaciones pacíficas contra el régimen de Bachar el Asad se convirtieron en conflicto armado como respuesta a la represión gubernamental y Alkaderi llevó a cabo cientos de cirugías complejas a las víctimas de los bombardeos rusos y de los proyectiles sirios e iraníes, en condiciones precarias, muchas veces sin suficientes medicamentos, anestesia o el instrumental necesario.

“Me uní a la revolución siria desde el instante en que comprendí que el pueblo sirio vivía en una gran prisión y su voz estaba secuestrada. El país era administrado como si fuera una finca privada por el presidente, su familia y sus generales. En cada manifestación pacífica el Ejército cometía masacres. Así que mi decisión no fue ideológica, sino ética. Era la sensación de que callar era traicionar”, subraya.

Durante muchos años, la mayoría de gobiernos izquierdistas latinoamericanos, empezando por Cuba, asumieron la tesis de Siria y de otros regímenes autoritarios de la región, según la cual las revueltas árabes no eran movimientos genuinos, sino impulsados por un complot occidental. Una postura que intelectuales progresistas sirios como Yassin al Haj Saleh han denunciado como una traición. “Lo más horrible es que no solo nos han matado, sino que nos matan y nos insultan”, dijo el escritor sirio a este diario en una entrevista en 2017.

“La revolución no es una imagen que colgar de la pared, es un modo de vida”, argumenta Alkaderi, para quien la lucha siria tuvo un fuerte componente de “liberación nacional” contra un régimen al que acusa de haber “vendido la patria al ocupante extranjero [Rusia e Irán] y a las milicias transnacionales [Hezbolá, milicias iraquíes y afganas chiíes]”. “Durante nuestra revolución he aprendido que el ser humano puede mantenerse en pie, incluso cuando el mundo entero se abalanza sobre él”, añade.

A medida que avanzaba el conflicto, el cirujano pasó de coser cuerpos en la mesa de operaciones a mandar hombres en las batallas de Deraa, hasta que fue evacuado a Azaz (norte de Siria) tras un acuerdo mediado por Moscú en 2018. Y, desde allí, el año pasado, fue el comandante que coordinó a las fuerzas rebeldes de las provincias del sur con la ofensiva lanzada desde el norte. “La coordinación funcionaba bajo un principio de ‘descentralización disciplinada’. Cada zona tenía su propio mando de campo y se basaba en la estrategia de guerra de guerrillas, para la cual los combatientes del sur estaban entrenados”, explica. Sin embargo, el régimen se desplomó mucho más rápido de lo que esperaban: “Sufrieron un colapso moral y abandonaron sus posiciones”.

“Un año después, puedo decir que ganamos la batalla, pero el camino hacia un país que se parezca a los sueños de nuestros mártires aún es largo”, afirma. Como muchos otros sirios, cree que las elecciones indirectas llevadas a cabo bajo la batuta del presidente interino, el salafista Ahmed al Shara, y la declaración constitucional de transición, que concentra el poder en el Ejecutivo, “no son lo suficientemente representativas” del pueblo sirio y sus diversos componentes, e hilvana la lista de tareas pendientes para el segundo año del triunfo revolucionario: “Hay que dar al pueblo una voz auténtica, no una versión decorativa; establecer una justicia transicional real; construir instituciones que funcionen por competencia y no por favoritismo, y romper las antiguas redes de corrupción que intentan regresar con nuevos nombres”. Él, por su parte, ha colgado el fusil y ha vuelto a ejercer en un hospital de su provincia.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_