Ir al contenido
_
_
_
_

Irán gana tiempo para evitar un ataque de Estados Unidos

Teherán se abre a negociar un acuerdo nuclear al mismo tiempo que amenaza con incendiar Oriente Próximo si Trump da luz verde a una intervención militar

Posible ataque de EE UU a Irán

Cuando las tropas de Irak invadieron la República Islámica de Irán en septiembre de 1980, el paseo militar que Sadam Husein esperaba terminó siendo una guerra de ocho años. De poco valió que Occidente le suministrara armamento puntero ni el embargo de piezas establecido por Washington contra Irán, cuyo arsenal había sido adquirido al ejército estadounidense por el shah.

Como ahora Estados Unidos e Israel, Irak dominaba el espacio aéreo iraní e incluso utilizó armas químicas, pero la República Islámica contraatacó inundando el frente con sus hijos. Hombres y adolescentes. Un millón murieron o quedaron heridos. Sus rostros, que impresos en enormes carteles llenan aún las calles de Irán, encarnan el recuerdo de esa guerra que acabó en tablas al precio de sus vidas. Ese conflicto “forjó la cultura estratégica” del régimen islámico, explica bajo anonimato un analista en Teherán, y marcó a la generación que, en parte, sigue en la cúpula del poder.

Ahora, cuando la “armada” estadounidense a la que aludió el presidente Donald Trump rodea Irán, varios expertos creen inverosímil que un sistema político con ese pasado simplemente capitule ante Washington.

La única alternativa que Trump ha ofrecido al régimen iraní para evitar un ataque militar es un acuerdo nuclear. El sábado, el presidente de EE UU dijo que Irán estaba “hablando seriamente” con Washington sobre ello. Horas antes, el secretario general de Seguridad Nacional iraní, Ali Larijaní, había afirmado que los preparativos para esas negociaciones estaban progresando. Este domingo por la noche, el portal Axios aseguró, citando a varios funcionarios, que esta semana podría celebrarse una reunión entre Estados Unidos e Irán en Turquía, un país que, con Egipto y Qatar, está desplegando una intensa actividad para evitar una guerra en la región.

Sin embargo, ese pacto sigue pareciendo lejano, si bien la disposición de Teherán a negociarlo le ha permitido ganar tiempo y postergar un ataque que, de nuevo y como sucedió hace dos semanas, se consideraba ya inminente el pasado fin de semana. La razón que complica que ese pacto llegue a firmarse es que la Casa Blanca exige a Teherán que abandone el enriquecimiento de uranio tras el que EE UU ve el propósito de fabricar armas nucleares (Irán lo niega), pero también limitar el alcance y el número de sus misiles -lo que lo dejaría a merced de Israel- y cesar en el apoyo a su debilitada red de aliados regionales. La República Islámica ya ha dejado claro que esas condiciones, especialmente la relativa a su capacidad misilística, son inasumibles.

El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchí, lo dejó entrever este domingo de forma implícita en una entrevista con la CNN, en la que afirmó que ambos países podían alcanzar un “acuerdo justo y equitativo”, pero recalcando que su fin sería “garantizar que no haya armas nucleares”, sin aludir a ninguna otra de las exigencias de Washington Luego dijo que su país está preparado si finalmente se produce una “agresión”.

Horas antes el líder supremo del país, Ali Jameneí, había advertido en su cuenta de X: “Los americanos deben saber que si empiezan una guerra, esta vez será una guerra regional”.

Asediado por el abrumador dispositivo militar de EE UU y sometido a fuertes sanciones, hundido en el abismo económico que desató las recientes protestas y con su legitimidad ahogada en la sangre de los al menos 6.500 muertos en las manifestaciones que calcula la ONG HRANA —la cifra oficial es 3.117—, la República Islámica no tiene “un plan B” que no sea o rebajar las exigencias de Washington para un posible acuerdo nuclear, o resistir, como advertía hace días el exjefe de la inteligencia militar israelí Danny Citrinowicz. Sus jerarcas no solo carecen de un exilio seguro como el que ofreció Rusia al dictador sirio Bachar el Asad. Tampoco es probable que Jameneí —un clérigo chií formado en la cultura del martirio— planee a sus 86 años marcharse a otro sitio que no sea “reunirse con su Creador”, ironizaba el analista.

El guion venezolano

Sobre todo, destaca Haizam Amirah Fernández, director ejecutivo del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), es difícil imaginar que el guion de Venezuela, el modelo evocado por el presidente de Estados Unidos si se produce una arremetida militar, pueda “someter” a ese régimen acorralado con un ataque “corto, espectacular, que se pueda contar a la opinión pública de forma fácil y de riesgo reducido”. Para que Teherán capitulara, sería probablemente necesaria una intervención militar más larga y ambiciosa. El republicano juró su cargo hace un año y prometió acabar con las “guerras eternas”.

Irán es, subraya el experto, un “avispero” al que Trump pretende dar una patada sin tener “un plan para el día después”.

Si bien mermadas por los bombardeos israelíes y estadounidenses de junio contra el programa nuclear de Teherán, las capacidades militares iraníes no son desdeñables. Antes de esa arremetida, Washington calculaba en unos 3.000 los misiles iraníes, y de ellos unos 2.000 con capacidad para alcanzar Israel. En los 12 días que duraron esos ataques, Teherán lanzó unos 500 y desde entonces ha producido más. También posee miles de drones. Con todo ello, amenaza una réplica a un posible ataque que “esta vez no será simbólica”, como lo fue el bombardeo iraní de la base de Al Udeid (Qatar) en junio, apunta Eldar Mamedov, investigador no residente del centro de estudios Quincy Institute.

Orgullo

Irán es una vieja herida en el orgullo de Estados Unidos. En una entrevista con The New York Times, Trump comparó su actuación en Venezuela con las acciones del expresidente demócrata Jimmy Carter, de quien dijo que había ido “estrellando helicópteros por todas partes”. Aludía al fallido rescate de los rehenes estadounidenses en la Embajada estadounidense en Teherán en 1980, una de esas ocasiones en las que la superpotencia se topó con un enemigo que resultó no ser tan pequeño.

“Los analistas estadounidenses suelen subestimar la fuerza de un Estado estructurado para la supervivencia”, argumentaba en junio la antropóloga Narges Bajoghli en Time. Las potencias occidentales, decía, ven a Irán como una “casa en ruinas” que solo necesita “una serie de ataques aéreos antes de caer en nuevas manos”.

En realidad, el país cuenta con dos ejércitos. Uno regular, el Artesh, con unos 420.000 efectivos, y otro de élite para defender al régimen, la Guardia Revolucionaria, que dispone de unos 190.000 hombres. De ese ejército paralelo depende una milicia utilizada como fuerza auxiliar para reprimir las protestas: los Basij, que cuenta con hasta un millón de afiliados en todo el país, muchos de ellos con entrenamiento militar.

Alí ​​Jameneí líder supremo iraní

Esta doble arquitectura militar y paramilitar, descentralizada y tentacular, está diseñada para evitar golpes de Estado e invasiones terrestres como esa en la Trump quiere evitar enfangar a su país. También dificulta que una campaña corta de bombardeos aéreos a sedes emblemáticas del régimen o de sus cuerpos de seguridad sea tan “rápida y decisiva” como pretende el mandatario. Incluso si van acompañados de sabotajes o de operaciones de fuerzas especiales estadounidenses contra “objetivos de alto valor”, como avanzó el viernes The New York Times.

Uno de esos objetivos evocados por Trump es asesinar a Jameneí. Sin embargo, aunque no se conoce un sucesor del líder supremo, parece inverosímil que, a su provecta edad, su muerte no haya sido prevista por un sistema que ya ha demostrado tener reemplazo para sus altos cargos. Cuando Israel mató al jefe del Estado Mayor del ejército regular y al líder de la Guardia Revolucionaria en Teherán en junio, ambos cuerpos siguieron funcionando con un liderazgo renovado.

La República Islámica no es solo ese “régimen de los ayatolás” del que habla el tópico. Es un sistema autoritario basado en una compleja alianza de diversos estamentos que colaboran pero también compiten por el poder: el clero, la Guardia Revolucionaria, las élites burocráticas. No está gobernado por un solo hombre cuya eliminación vaya a forzar al sistema a capitular.

“La estructura de liderazgo descentralizada de la República Islámica hace que sea mucho más difícil para Estados Unidos derrocar al régimen mediante una campaña aérea como en Libia”, explica desde Washington Ali Alfoneh, investigador del Instituto de Estados Árabes del Golfo. “A menos que Estados Unidos invada Irán por tierra, es probable que el régimen sobreviva” a corto plazo.

Irán no es Venezuela, pero tampoco es Irak. Si Trump se viera arrastrado a una invasión similar a la de ese país en 2003, las consecuencias podrían ser aún más catastróficas. Irak tenía entonces unos 25 millones de habitantes; se calcula que medio millón murieron y otros dos millones quedaron desplazados. De esas cenizas surgió el Estado Islámico.

La República Islámica de Irán tiene 92 millones de habitantes, un territorio casi cuatro veces más grande que el iraquí, dos ejércitos y décadas de experiencia organizando y entrenando a milicias, nacionales y regionales, en tácticas de guerra asimétrica: emboscadas, sabotajes o guerra urbana contra fuerzas regulares superiores. Si Trump da luz verde a una intervención militar, la República Islámica previsiblemente dará “órdenes de incendiar la región” para “elevar el coste de ese ataque”, subraya el director ejecutivo del CEARC. De ahí la intensa actividad diplomática para evitar esa arremetida militar de países como Omán, Qatar, Turquía y Egipto.

EE UU tiene bases y tropas en Qatar, Baréin, Kuwait, Irak, Siria y Emiratos Árabes Unidos, a “tiro de piedra”, asegura el experto, de unos misiles iraníes también capaces de alcanzar Tel Aviv. El portavoz del ejército regular iraní, Mohammad Akraminiia, lo recordó el jueves en la televisión estatal. Teherán podría a su vez atacar la infraestructura energética del golfo Pérsico y bloquear o sembrar de minas el estrecho de Ormuz, la arteria por donde pasa el 20% del comercio mundial de crudo.

En caso de guerra en Irán y/o de una extensión regional del conflicto, las minorías chiíes repartidas en los Estados de la región podrían apoyar al régimen. En Irak y Baréin esa rama del islam es mayoritaria. Otra baza en manos de Teherán es activar lo que queda del Eje de la Resistencia, su red de aliados regionales. Aunque Hamás en Gaza y Hezbolá en Líbano tienen un margen de actuación casi nulo, las milicias chiíes en Irak y los hutíes de Yemen probablemente respaldarían a Teherán.

“La República Islámica todavía mantiene sus fuerzas armadas cohesionadas, y si se produce una guerra, no beneficiará a nuestros intereses nacionales. Este régimen, completamente corrupto, no es reformable, pero debemos cambiarlo nosotros mismos”, escribe desde París el opositor Taghi Rahmani, esposo de la encarcelada premio Nobel Narges Mohammadi.

Como Rahmani y Mohammadi; como el cineasta Jafar Panahi, el exlíder de la facción reformista de la República Islámica, Mir Hossein Mousaví se opone a una intervención militar extranjera. El jueves, desde el arresto domiciliario en el que lleva casi 15 años, abogó por una transición pacífica y democrática en una carta abierta. “¡Ya basta! Se acabó el juego”, le espetó a un régimen a quien instó a dejar “las armas y el poder” para que “la nación misma pueda conducir a esta tierra hacia la libertad y la prosperidad”.

Ese sería para muchos iraníes el mejor final de un régimen que parece estar al final de su ciclo vital. Estados Unidos tiene sin duda la capacidad militar de someter o derrocar a la República Islámica si se empeña en ello, pero lo que esos opositores están recordando es que las guerras no suelen conducir a la democracia, sino al caos.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_