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Liberados del campamento sirio de Al Hol que acaba de controlar el ejército: “Para los guardas, todos éramos terroristas”

Dos excautivos relatan sus años en la cárcel al aire libre para miles de familiares de presos del ISIS que las fuerzas kurdas han entregado ante la ofensiva militar de Damasco

En diciembre de 2024 y como otros miles de personas, Ali Mahmud al Kak llevaba cinco años retenido ―sin juicio ni horizonte de libertad― en el campo de Al Hol cuando les llegó la noticia de que una ofensiva rebelde había puesto fin a casi 14 años de guerra en Siria. No estaba cautivo en la parte del país donde se desmoronaba el régimen de Bachar El Asad y los guardas abandonaban las prisiones, sino en el noreste, bajo mando de las fuerzas kurdo-árabes aliadas de Estados Unidos, pero se agarró al clavo ardiente de la esperanza. “Estábamos felices y los guardas tenían miedo. El precio de escapar bajó [de 500] a cien dólares porque estábamos convencidos de que, de un momento a otro, llegarían a liberarnos. Luego pasaron los días, vimos que no sucedía nada y nos sentimos dejados de lado. Pensé que iba a morir allí”. Al Kak, de 53 años, no solo sobrevivió, sino que lo rememora hoy en la otra punta meridional del país, su humildísima casa de la ciudad de Alepo. Es, desde el pasado julio, uno de los escasos 360 sirios liberados por motivos humanitarios.

Los rebeldes no llegaron entonces hasta Al Hol, pero las Fuerzas Armadas de las que se nutren no dejan de ganar estos días posiciones frente a las fuerzas kurdas, en otra rápida y exitosa ofensiva que está cambiando el mapa político del país y ha puesto el foco en el destino de esos miles de presos vinculados al ISIS, bien abajo en la lista de prioridades de la comunidad internacional.

Como la cada día más menguante administración autónoma kurda en el norte estaba a cargo de las 25 cárceles (con unos 9.000 presos, sobre todo hombres) y de los dos campamentos (Al Hol y Al Roj), EE UU ha reaccionado lanzando una campaña “para asegurar que los terroristas sigan en centros de detención seguros”. Ha trasladado esta semana 150 combatientes del ISIS a Irak y se plantea llegar a 7.000. Los militares sirios ya han tomado en pocos días varias cárceles con presos del ISIS (la última, Al Aqtan, en Raqa, este viernes) y decenas de yihadistas han logrado escapar de otra. Además, Al Hol pasó el martes a manos gubernamentales, y el personal de Naciones Unidas rechaza entrar porque la situación dentro es “tensa y volátil”, según explicó Stéphane Dujarric, portavoz del secretario general, António Guterres.

Para miles de personas, en su mayoría niños y mujeres, el avance del ejército es quizás el fin del limbo vital que atraviesan desde 2019, cuando las fuerzas kurdo-sirias acabaron en Baguz con el último bastión del Califato que el ISIS había llegado a extender a buena parte de Siria e Irak. Miles de supuestos yihadistas acabaron entre rejas y decenas de miles de familiares y de otros desplazados en los insalubres y peligrosos Al Hol y Al Roj.

En su punto álgido, a finales de 2019, Al Hol albergó unas 74.000 personas en condiciones espantosas. Hoy son en torno a 26.000, principalmente por la acelerada repatriación de iraquíes, de los que solo quedan unos 3.000. La mayoría son mujeres y un 60%, menores de edad, bastantes de ellos nacidos allí. Al Roj es mucho más pequeño, con 2.400.

Durante años, la atención se ha centrado en los presos yihadistas que llegaron de distintos rincones del planeta para combatir bajo la bandera negra del Estado Islámico, así como las polémicas políticas en torno a su repatriación. Unos 8.000 hoy, de más de 50 países.

Pero la mitad de los retenidos, unos 15.000, son sirios. Como Umm Mohamed (viuda, 44 años, siete hijos), otra de los 360 reintegrados excepcionalmente por motivos humanitarios. Define Al Hol como “el peor campo en el que se podía estar”. “Hemos sufrido mucho. En la tienda de campaña hacía mucho calor. Cuando llovía, se inundaba. Una o dos veces se cayó. Para los guardas, todos éramos terroristas. Nos temían. No querían ni que nos acercásemos”, recuerda en una entrevista el mes pasado, antes de la toma de Al Hol, en el suelo de su casa en Alepo. Por la ranura del niqab (la vestimenta negra que solo muestra los ojos) se adivina la felicidad al abrazar a su hija, a la que dedica frecuentes gestos de cariño.

Hasta cinco veces pronuncia la palabra miedo al recordar Al Hol. Habla de esos años como un intento de pasar desapercibida: evitando el contacto social, sin pronunciar una palabra de más y alejando a sus hijos de quienes imponían su ley y de las malas influencias. “Prefería estar aislada del resto de mundo. Una mujer recibió 18 puñaladas de su marido porque decidió abandonarlo. Era miembro del ISIS”, cuenta.

Su vida, explica, “fue mejorando poco a poco” cuando comenzó a comprar ayuda humanitaria de otros para hacer falafel y venderlo a 100 libras (alrededor de un euro) 10 piezas. “Era el único momento en el que me veía obligada a superar mi miedo e interactuar con la gente”.

El regreso a la vida en libertad, sin embargo, tampoco está siendo fácil. Conserva las ideas fundamentalistas que la llevaron a Raqa y ―tras pasar por el Califato y luego por Al Hol― se siente fuera de lugar en una Alepo donde no impera la ley islámica. “No nos sumamos al ISIS, pero fuimos a la zona que controlaba porque allí se aplicaba la ley islámica. Si sabes algo sobre Islam, sabrás que lo que hace ISIS es implementar la ley de Dios. Si alguien insulta a Dios, merece morir. Si alguien roba, se le cortan las manos. Y si alguien practica la zina (el término que define las relaciones sexuales prohibidas, como la fornicación, el adulterio o la sodomía), se le castiga” (con 100 latigazos o la lapidación).

Ahora siente el rechazo de la comunidad, donde todo el barrio sabe de dónde viene y cómo piensa. “Hay gente que me recomienda que vista distinto, que voy a tener problemas. Yo les explico que es mi forma de seguir la voluntad de Dios. El propio marido de mi hermana me dice: ‘Eres del ISIS, uno de ellos’. Como cuando les pedí que no fumaran shisha frente a mí y mis hijos”.

Casos específicos

Reintegraciones como las de Al Kak o Umm Mohamed han sido, de momento, exitosas, explica Gonzalo Vargas Llosa, máximo responsable de la misión en Siria de la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), en una entrevista en la sede nacional, en Damasco. Unas 360 en cuatro meses, sobre todo a Alepo “y en su mayoría casos a los que era muy difícil dar un tratamiento médico dentro de los campos”. Al Kak da cuenta de un problema renal que le hace retorcerse de dolor en cada movimiento y Umm Mohamed, de un hijo con necesidades especiales.

Las autoridades kurdas han permitido el regreso de personas a sus territorios desde 2020, con autorización previa de seguridad. Y en mayo, acordaron con el Gobierno de Damasco un “mecanismo conjunto” (que la nueva ofensiva militar parece convertir en innecesario) para que más familias sirias abandonasen el campo.

“El retorno ha ido bastante bien. No ha habido incidentes de violencia, que era una preocupación para el Gobierno interino [de Damasco] y para nosotros. Es por el hecho de que esta población tiene un perfil muy específico. En general, las comunidades los han recibido bien”, señala Vargas Llosa. “La clave ahora es poder dar suficiente ayuda, tanto a los individuos que han regresado como a las comunidades a las que lo han hecho. Incluido ayuda psicológica: han estado encerradas durante muchos años. Literalmente, ya que no hay libertad para entrar y salir de esos dos campos”.

Es la sensación que transmite Al Kak. Abatido, no ofrece café o té porque no está su segunda mujer para prepararlo. Le duelen las heridas del bombardeo que mató a la primera y a tres de sus hijos. Echa a llorar al final de la conversación, al recordar cuánto añora a la gente de Al Hol. “Aquí nadie se preocupa de los demás”, lamenta junto a un generador solar y una esterilla con el logo de Acnur.

Recuerda, no obstante, momentos duros como cautivo número 25.849. Al llegar, tras la rendición de Baguz, “a veces solo comía un dátil o el pienso que daban a los animales”. “Luego”, prosigue, “dos piezas de pan por persona, bulgur, humus, aceite… así siete años”. Las fuerzas estadounidenses les preguntaban directamente: “¿Eres del Estado [Islámico]? “Muchos decían que sí porque estaban heridos y solo querían que los atendiesen. Otros que no, pero se notaba que mentían”. Los guardas kurdos, añade, “eran agradables con nosotros delante de los estadounidenses, pero cuando se iban, cambiaban la actitud. Uno me dijo: ‘Si por mi fuera, rociaría esto de gasolina y os quemaría a todos”. Intentar escapar costaba 500 dólares por persona; o 3.000, toda la familia, que no tenía.

El relato contrasta con su recuerdo de la vida en Raqa, la capital del autoproclamado Califato del Estado Islámico. “En todos los sitios hay gente buena y mala, pero la vida era muy tranquila. Para nosotros, como musulmanes, era mejor. Dentro de tu casa podías hacer lo que quisieras. Luego, si estabas lejos de la mezquita a la hora de rezo, te recordaban que no está bien. Y si cometías un error, pagabas las consecuencias”, asegura. Cuenta que su nombre estaba en la lista del zakat (la obligación de dar a los necesitados, uno de los cinco pilares del islam) y que los yihadistas llegados desde el Golfo con más dinero solían ayudar a los pobres. “Soy una persona que reza, come y trabaja”, resume. “En el régimen [de El Asad], me habrían arrancado la barba con las manos y mi mujer no habría podido llevar niqab y la habrían violado”.

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