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ENSAYOS DE PERSUASIÓN
Columna

Estamos metidos en un lío: escalar en el conflicto o abandonarlo

La guerra en Irán ha resucitado el peligro setentero de la estanflación: estancamiento e inflación

Un surfista frente a buques petrolíferos en la costa de Francia, en una fotografía del pasado 14 de abril.GUILLAUME HORCAJUELO ( EPA / EFE )

Ni siquiera una estructura tan sólida como el Fondo Monetario Internacional (FMI), una de las decanas de las organizaciones multilaterales, se puede escapar de la incertidumbre en el momento de presentar sus perspectivas económicas de primavera. A sus técnicos les faltan dos variables centrales para cerrar las horquillas (crecimiento, inflación, paro…) de lo que va a suceder: la magnitud (profundidad) de la guerra en Oriente Próximo y su duración. En lo único que hay consenso es en definir esta tijera más o menos abierta: reducción del crecimiento económico y aumento de precios. Así, solo así, es como ha resucitado aquel neologismo tan setentero de estanflación: estancamiento y más inflación. En menos de dos meses el mundo ha pasado de resistir con perplejidad las andanadas arancelarias de Trump, a tambalearse con fenómenos como la escasez y las disfunciones en la cadena de suministros.

El 6 de octubre de 1973, las fuerzas armadas egipcias cruzaron el canal de Suez hacia la península del Sinaí, ocupada por Israel. El ejército sirio abandonó su país para enfrentarse con los israelíes que ocupaban los altos del Golán. Durante tres semanas, la coalición árabe y las fuerzas israelíes libraron batallas campales en lo que se conocería, a posteriori, como la guerra del Yom Kipur. En los primeros días de la contienda, la Unión Soviética abasteció a sus aliados árabes y, poco después, EE UU hizo lo propio con Israel. Ya estaban plantadas las zonas de influencia que, con algunos cambios, han definido lo sucedido en el último medio siglo.

Para los países árabes del Golfo que acompañaban la escalada egipciosiria, el apoyo americano a sus oponentes exigía una respuesta de altura. Así, sellaron los barriles de petróleo y aumentaron unilateralmente un 70% su precio. Había comenzado a utilizarse el petróleo como arma de guerra. Poco después anunciaron un embargo continuado pero parcial contra aquellos que ayudaban a Israel. Después de que Richard Nixon donase un nuevo paquete económico a Israel, el rey Faisal de Arabia Saudí, principal productor, subió la apuesta, imponiendo el embargo total de petróleo a EE UU. Entonces, los países árabes eran casi monopolistas en la producción de crudo.

A finales de octubre de aquel año, las armas habían callado. Israel había ganado la guerra, pero los efectos de la subida de precios (y la escasez) no habían hecho más que empezar. La bonanza para los productos del petróleo supuso una quiebra en el mundo desarrollado de una magnitud desconocida desde los años de la posguerra. Comenzó la estanflación. Entre 1974 y 1975, Occidente sufrió la peor recesión desde la Gran Depresión. Se había acabado la “edad dorada del capitalismo”.

Desde entonces, el mundo se hizo más inestable. A finales de la década de los años setenta comenzó una época de sucesivas crisis económicas y recesiones que, por lo visto estos días, todavía no ha acabado: la segunda crisis del petróleo provocada por la revolución iraní y la subida de tipos de interés en EE UU; a principios de los noventa las consecuencias de la guerra del Golfo y la entrada, al tiempo, de EE UU, Europa y Japón en recesión; poco después, la crisis financiera asiática; ya en el actual siglo, el estallido de la burbuja tecnológica, el colapso de las punto.com y las consecuencias de los atentados del 11-S; y finalmente la Gran Recesión de 2008, y la pandemia de covid con el confinamiento y la parálisis del mundo entero.

El FMI, en su peor escenario, piensa que lo que está ocurriendo ahora podría llegar a ser otra gran recesión global. En este pronóstico le acompaña la Agencia Internacional de la Energía y hasta la Unión Europea, que se apresta a tomar medidas como flexibilizar las ayudas de Estado a las empresas, u otras como rebajar el precio del transporte público, cerrar centros oficiales, viajar menos en avión o un día obligatorio de teletrabajo.

La situación recuerda a la canción de Los Secretos: “Estoy metido en un lío y no sé cómo voy a salir”.

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