El lado oscuro de la Tierra
Nuestra historia está en los dos extremos de ’2001: una odisea en el espacio’, humanos violentos en la Tierra y orfebrería técnica en el cielo, de camino a la Luna


No hay ya límites para la expresión, cualquier artículo de una banalidad aspira a ser una tesis doctoral (“Qué quiere decir exactamente cuando uno tose y por qué debemos valorarlo como una intromisión violenta”, cosas así), así que es saludable recordar una de las elipsis que nos han ahorrado más tiempo en la historia del cine, la de 2001: Una odisea del espacio. Un homínido prehistórico que acaba de matar a otro lanza un hueso al aire y, hop, se convierte en una nave espacial. La historia de la humanidad está entre esos dos extremos: humanos primitivos violentos en la Tierra y orfebrería técnica en los cielos. No salimos de ahí, hemos vivido una secuencia parecida esta semana.
Por un lado, teníamos por aquí grandes simios dando muestras de brutalidad raramente vistas, sobre todo en países que dicen ser democracias, pues incluso los dictadores suelen disimular. Pero ahí está esa frase de Trump: “Esta noche morirá una civilización”. Aunque terminaba diciendo: “Dios bendiga al gran pueblo de Irán”. No hay quien entienda nada, este hombre se estudiará en breve como una rama psiquiátrica propia. Otro sapiens evolucionado, el ministro de Seguridad de Israel, Itamar Ben Gvir, celebró con champán la aprobación de la pena de muerte para todo aquel palestino condenado por terrorismo. Hablando de terror, ¿soy el único al que le parece que las orejas de Netanyahu son cada vez más grandes? Juraría que crecen de una rueda de prensa a otra. Podría ser un fenómeno tipo Pinocho, relacionado con la mentira y la maldad, o que esa parte de su cuerpo las absorbe y se deforma pero el resto sigue igual, como en El retrato de Dorian Gray. Si esto sigue así, un día saldrán ya solo dos orejas a hacer declaraciones.
Con el anuncio de Trump no sabías si quedarte despierto hasta las dos de la madrugada, como con los Oscar, a ver una bomba atómica en directo y cómo desaparece una civilización (bueno, dos, también la estadounidense), o decir: “Bueno, mañana ya me enteraré cuando me levante”, que si uno lo piensa es una frase terrible. Encierra la aceptación rutinaria de una catástrofe inimaginable que en el fondo no te quita el sueño, porque lo peor es que podías decirte, con razón: “Bah, al final no pasará nada”. Y así fue, luego era broma.
Mientras tanto, tenemos cuatro astronautas viajando por el espacio, lo más lejos de casa que ha llegado nunca un humano. Es entrañable ver que esa cápsula de lata flotando en la nada es un pequeño universo con todos nuestros afanes y debilidades: se les estropea el retrete y el fontanero no puede venir, hay un bote de Nutella flotando por ahí para momentos de bajón. Solo me faltaba el tendedero en medio, como en todas las casas, y que pasaran un rato por la noche emparejando calcetines, preguntándose cómo demonios es posible que falten algunos. Seguro que volverán, desmontarán la nave para buscarlos y habrán desaparecido, sin que la NASA sea capaz de explicarlo, como tampoco serían capaces de explicarlo en mi propia casa. Es uno de esos enigmas del universo que nunca tendrán respuesta. En alguna galaxia hay un agujero negro, un vacío espaciotemporal, donde acaban todos nuestros calcetines desparejados.
No sé qué pudieron sentir estos cuatro humanos al ver por la ventanilla la Tierra, una esfera azul suspendida en la oscuridad, sabiendo la que se estaba liando allá abajo con esos presuntuosos reyes mono. Ni cuando la nave rodeó la Luna y dejaron de ver nuestro planeta. Desaparecieron 43 minutos en el espacio profundo, sin comunicación con la Tierra. Eso les preguntó luego Trump, qué habían sentido, y uno contestó: “Tengo que decir que en realidad ha sido bastante agradable”. Cómo no comprenderlos.
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