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TRABAJAR CANSA
Columna

Besar o no besar, ese es el dilema

Para Trump, el mundo se divide entre quienes deben, perdón, besarle el culo y quienes pueden declinar tan inolvidable invitación

Una protesta en Roma, el pasado 28 de marzo, con carteles contra la primera ministra italiana Giorgia Meloni y el presidente estadounidense Donald Trump. Vincenzo Livieri (REUTERS)

Christopher Hitchens contaba que en su juventud se entusiasmó con la revolución de Cuba y fue a la isla a conocer cómo era la cosa. En una reunión con dirigentes les preguntó si cualquiera podía fundar un periódico y decir lo que quisiera, como criticar a Fidel Castro, y notó risitas nerviosas en sus interlocutores, que querían ser de complicidad y sobreentendido. Pero él no sobreentendía nada, así que empezó a cambiar de opinión. Este ha sido toda la vida el dilema de la izquierda, que periódicamente era puesta a prueba, como con la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, que sucedió mientras Hitchens estaba en Cuba. Los partidos comunistas europeos se desmarcaron, aunque no lo habían hecho en 1956 con la invasión de Hungría. Entonces solo la condenaron intelectuales que iban por libre como Albert Camus, pero salen pocos como él por generación. En general, es difícil salirse del grupo.

Recuerdo la primera vez que fui a China, en su momento de auge, sería por 2010. Escaparates rutilantes, rascacielos que surgían de la noche a la mañana, y quioscos llenos de revistas. Era como cualquier país capitalista, salvo por el pequeño detalle de que en el quiosco no había prensa libre. Pero parecía que se podía vivir sin ese pequeño detalle. Hoy esto lo entendemos mucho mejor, y casi empieza a pasar por aceptable. Por eso se comprende la envidia que debe de sentir Donald Trump por China. Es su auténtico modelo: un capitalismo brutal y autoritario donde quien manda pueda hacer lo que quiera. Con quien se entiende es con Xi o Putin. El mundo se divide para él entre quienes deben, perdón, besarle el culo y quienes pueden declinar tan inolvidable invitación. Es que lo acaba de decir incluso del jeque saudí Bin Salmán (dice que se lo besa), qué no dirá del líder de un país pequeñito. Al margen de que con esta obsesión está pidiendo a gritos un psicoanalista, besar o no besar la anatomía de este señor es ya el dilema existencial de la derecha mundial, planteado tal cual por él mismo ante la opinión pública. No sé qué es peor, lo de la izquierda con Cuba era más intelectualoide. Esto es físico, postural.

Miren Meloni lo perdida que anda. No sé cuántas veces la han dibujado lamiendo los zapatos de Trump, con lo patriota que es ella, y ha acabado perdiendo un referéndum que se suponía que iba a ganar. Ante la guerra de Irán dijo: “Ni la comparto ni la condeno”. Y no siguió porque no hay más alternativas. Luego ha pasado algo curioso. El martes alguien filtró que el Gobierno había impedido repostar en la base siciliana de Sigonella a bombarderos estadounidenses que iban hacia Irán, porque no avisaron antes. De inmediato, sin que tenga mucho que ver, solo por la coincidencia geográfica, sirvió para evocar el célebre incidente de Sigonella de 1985, como si fuera lo mismo. Aquello fue como una de Tarantino: soldados italianos rodearon un avión en círculo, para protegerlo, y apuntaron con sus metralletas a otro círculo de soldados estadounidenses que a su vez les rodeaban a ellos porque querían entrar en el avión. Dentro estaban los cuatro terroristas palestinos que habían secuestrado el crucero Achille Lauro, interceptados mientras huían por cazas de EE UU que les obligaron a aterrizar. Pero el Gobierno italiano dijo que aquello era un asunto italiano. Casi se lían a tiros, pero no cedieron. Eran otros tiempos. Durante unas horas sirvió para elevar la moral, luego Italia fue eliminada del Mundial y el país quedó hundido definitivamente.

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