Adam Smith, el afán moral del ‘padre del capitalismo’
El pensador escocés fue sobre todo un filósofo preocupado por la empatía. Estudió la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos


Edimburgo es una ciudad que rebosa felicidad y cultura. Un incesante río de turistas, que en verano llegan a ser cientos de miles, recorre cada día la empinada Royal Mile, la principal arteria de la ciudad vieja, que conduce al castillo. La imponente estatua en bronce de Adam Smith, a los pies de la catedral de St. Giles, los observa. El ilustre pensador escocés podría ver, a corta distancia, a su contemporáneo David Hume, también inmortalizado en esas calles.
Smith, autor de La riqueza de las naciones y de la Teoría de los sentimientos morales (en su día mucho más aclamada y leída; hoy objeto de historiadores), formó parte de la llamada “ilustración escocesa”, un breve periodo en la historia, entre 1745 y 1789, en el que se reemplazaron el valor, la lealtad, la religión y la violencia de las dagas por el progreso, la ley, el comercio internacional y el cultivo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. La “Atenas de Gran Bretaña”, fue llamada Edimburgo.
Una ciudad “cuyo clasicismo fue elevado de su frialdad por un gótico que la rescató de lo grotesco”, escribió el historiador James Buchan. Su obra, Capital of the Mind: How Edinburgh Changed the World (capital de la mente: cómo Edimburgo cambió el mundo), dedica amplias páginas a la figura de Smith, tan reivindicada como malinterpretada por unos y por otros.
Cuando Smith regresó a Edimburgo para pasar allí sus últimos años, escribió al rector de la Universidad de Glasgow para confirmar con nostalgia que sus 13 años en esa institución como profesor de Filosofía Moral “habían sido los más honorables y felices de toda su vida”.
El pensador escocés recibe desde hace tiempos los títulos de “padre del capitalismo”, “padre del pensamiento económico moderno” o “padre del libre mercado”. A su nombre irá asociada ya para siempre la metáfora de la mano invisible (y que solo utiliza en una ocasión en La riqueza de las naciones) y esa idea reducida a la expresión mínima que viene a decir que la búsqueda egoísta del interés particular actúa en beneficio de la prosperidad general.
Y sin embargo, el núcleo central del pensamiento moral de Smith es la simpatía o la empatía: la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos. O su brillante aportación de la figura del “espectador imparcial”, un juez imaginario y objetivo de naturaleza mental. En definitiva, nuestra conciencia. Lo que nos permite evaluar nuestras propias acciones para comprobar en qué medida resultan aceptables para los demás.
Smith fue sobre todo un filósofo, preocupado por la moral. Si su mano invisible ha sido interpretada como un mecanismo automático e involuntario cuyo resultado es imponer la armonía en los mercados, el propio filósofo insistió hasta el final en vincular ese bienestar económico con el cumplimiento consciente de normas sociales y morales anteriores. De hecho, uno de sus últimos añadidos a su obra, que nunca dejó de completar, fue la llamada “corrupción de los sentimientos morales”, el resultado no deseado de una admiración excesiva hacia los ricos y un desprecio injusto hacia los pobres.
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