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López Ufarte revive la final de Copa de 1987: “Viví la tanda final abrazado a Txiki Begiristain”

Casi cuatro décadas después, la leyenda de la Real Sociedad revive su último partido como ‘txuri urdin’, marcado por el sufrimiento, la despedida y una tanda de penaltis inolvidable

López Ufarte, segundo por la izquierda en la fila de abajo, agarra la Copa del Rey y celebra el título conquistado en la final de 1987.EFE

Hay recuerdos que no se borran por más que pasen los años. Permanecen intactos, como si el tiempo no hubiese pasado. Para Roberto López Ufarte (Fez, Marruecos; 67 años), la final de la Copa del Rey del 27 de junio de 1987 sigue siendo uno de esos momentos suspendidos en la memoria. Aquel día, en La Romareda, la Real Sociedad derrotó al Atlético de Madrid en una agónica tanda de penaltis. Fue un título, sí, pero también una despedida. La suya.

Casi cuatro décadas después, el destino vuelve a cruzar a los mismos protagonistas en una final, esta vez en La Cartuja. López Ufarte estará allí, en la grada del estadio sevillano, como un aficionado más, con la perspectiva que dan los años y la experiencia de quien ya ha vivido algo así. Porque, como él mismo reconoce, no hay nada comparable: “Jugar una final siempre es bonito. Es lo mejor que te puede pasar en un equipo como la Real Sociedad, que no tiene muchas oportunidades de hacerlo”. En su reflexión hay una mezcla de orgullo y realismo, la conciencia de lo difícil que es para un club como la Real alcanzar este tipo de escenarios, incluso en un contexto en el que el nuevo formato de la competición parece abrir algo más el abanico de oportunidades. Aun así, insiste, levantar un título seguiría siendo algo “tremendamente bonito”.

En 1987, el contexto era diferente, pero también lo era todo lo demás. El fútbol, los ritmos, la preparación, incluso las condiciones en las que se jugaban los partidos. Aquella final se disputó un 27 de junio, en el inicio del verano zaragozano, en unas condiciones que hoy serían difíciles de imaginar. “Hacía muchísimo calor”, recuerda. “Era insoportable”. El partido se convirtió en un ejercicio de resistencia física y mental, un desgaste continuo en el que cada esfuerzo parecía el último. Sin embargo, hay algo que el propio López Ufarte subraya con naturalidad: dentro del campo, apenas eran conscientes de ello. “En una final, estás tan metido que no te das cuenta. Solo quieres hacerlo lo mejor posible para que tu equipo salga adelante”. Quienes sí lo sufrieron de verdad fueron los aficionados: “Se acabó el agua, había mosquitos… mucha gente todavía se acuerda de aquello”.

La final, como tantas otras, se decidió por detalles. Un empate que se alargó hasta la prórroga y que terminó resolviéndose desde el punto de penalti. La leyenda blanquiazul fue uno de los que asumió la responsabilidad durante el partido, aunque no pudo participar en la tanda definitiva, pues arrastraba problemas físicos. “Dos meses antes había tenido un problema en el ligamento de la rodilla y llegué muy justo”, recuerda. El esfuerzo terminó por pasarle factura. “Después de los 90 minutos y parte de la prórroga, estaba agotado. Lo lógico era que otros asumieran esa responsabilidad”. Vivió el desenlace desde el banquillo, “abrazado a Txiki Begiristain”, compartiendo la tensión de cada lanzamiento. Hasta que llegó el momento decisivo, el instante que todavía hoy permanece grabado en la retina de toda una generación: la parada de Luis Arconada. “Fue increíble. Yo creo que fue merecido que la Real ganara aquella Copa”, resume.

Pero si aquel partido fue especial por lo deportivo, lo fue aún más por lo personal. “Sabía que iba a ser mi último partido con la camiseta de la Real, pero no dónde iba a ir”. Su salida no fue una decisión buscada, sino una consecuencia de las circunstancias del fútbol profesional. “Siempre digo lo mismo: yo nunca tenía que haber salido de la Real. Me invitaron a salir”. Con el paso del tiempo, la reflexión se ha asentado, pero no ha desaparecido cierta sensación de oportunidad perdida, de historia que podría haber sido diferente. Aun así, el fútbol le tenía reservado un giro inesperado: su siguiente destino sería precisamente el Atlético de Madrid, el rival de aquella final. “Fue una petición de César Luis Menotti. Pensó que podía ser importante en ese nuevo proyecto”.

La experiencia en el conjunto rojiblanco fue, como él mismo la define, “un contraste permanente”. Llegó en un momento de transformación, con Jesús Gil y Gil iniciando una etapa marcada por decisiones imprevisibles. “Era su primer proyecto y venía de fuera del fútbol. Todo era muy cambiante”. En lo deportivo, comenzó bien, con un rendimiento alto y protagonismo. Pero la inestabilidad terminó afectando al equipo y también a su situación personal. “Tuve tres o cuatro entrenadores en un mismo año. Ganabas y había enfado. Eran cosas difíciles de entender”, reflexiona.

Dos zurdas, como la suya, salidas desde Zubieta

En el actual Atlético hay una figura que simboliza el cruce de caminos entre ambos clubes: Antoine Griezmann, formado en la Real y convertido en estrella en el Atlético. López Ufarte destaca su evolución, especialmente en lo táctico y mental. “Ahora es un jugador inteligente, que acepta su rol y siempre aporta. Es una prolongación de Diego Simeone en el campo”. En la Real, el referente sigue siendo Mikel Oyarzabal, al que sitúa como uno de esos jugadores diferenciales que trascienden lo futbolístico. “Por trayectoria y por lo que representa, está por encima de muchos. Siempre hay que contar con él”.

A medida que se acerca la final (sábado, 21.00 horas; La 1), Ufarte no renuncia al optimismo, pero tampoco cae en la euforia. “La gente tiene que ir con la sensación de que se puede ganar, pero sabiendo que pueden pasar las dos cosas”. Sin embargo, hay algo que no admite matices. Algo que permanece inalterable con el paso del tiempo, desde aquel lejano 1987 hasta hoy. “La ilusión no te la puede quitar nadie”, sentencia. Y es precisamente ahí, en esa emoción compartida, donde pasado y presente se encuentran. Porque si algo aprendió López Ufarte aquella noche de verano en Zaragoza es que las finales se sufren, se resisten… y, a veces, también se ganan.

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