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TRABAJAR CANSA
Columna

Demasiadas películas de superhéroes

Las polémicas en redes son microconflictos agotadores que se presentan como si en ellos se jugara el destino de la humanidad y nosotros fuéramos sus salvadores

Redes sociales

En Francia piensan prohibir las redes sociales a los menores de 15 años, pero me pregunto por qué no prohibirlas a partir de los 15 años, pues a menudo es un entretenimiento infantil. Para mí todo lo malo es culpa de las redes sociales y el reguetón, tengo ese prejuicio. Soy cada vez más anacrónico, razono de maneras que ya no pueden ser, pienso qué felices seríamos sin redes sociales, como quien aún traduce euros en pesetas (¡Dios mío, 12 euros un gin-tonic, 2.000 pesetas!). Solo quien lo probó lo sabe (valían 250), pero el mundo ya es así y te ves diciendo cosas de abuelos, todo va muy rápido y se envejece antes, por eso todo el mundo se da más prisa en parecer joven.

Aun así, por mi trabajo, curioseo en redes: se mueven cosas, a veces los medios no hablan de ellas, normal, pero es un mar de fondo que luego explica otras que salen a la superficie y no comprendes. Tienes que preguntar a amigos: sí, hombre, esto empezó cuando no sé quién tuiteó no sé qué y este otro le contestó. Estar al día requiere varias vidas, en medio se va la tuya, pero la gente teme perderse algo. Y eso es lo peor, que se imagina cosas. Si la entrada de las masas en la historia fue uno de los grandes temas del siglo XX, quizá en este sea la entrada de las masas en la histeria. O más bien, masas virtuales. Son multitudes en nuestra cabeza. Ves el numerito de cuánta gente comparte un insulto, millones de personas, y te entra una angustia como si te estuvieran esperando a la puerta de casa, pero luego sales a la calle y no existen. Sin embargo, se crea ese clima, cada vez que me asomo a X están dando una paliza a alguien, metafóricamente hablando, pero ese nivel ya lo hemos aceptado. Un día sin linchamiento es un día aburrido. Esta semana le ha tocado a una librería, a una película, a un documental y a la plataforma que lo ha colgado, a un escritor, a un congreso y sus participantes… Yo, ser anacrónico de la civilización del papel, como los hombres-libro de Fahrenheit 451, fantaseo con que sin redes sociales apenas habría ocurrido nada, ¿no sería maravilloso? Qué semana más tranquila habríamos pasado. Son microconflictos agotadores presentados como si en ellos se jugara el destino de la humanidad. Hay un deseo colectivo de señalamiento, de convertirse en un héroe y que digan: “La hostia que le ha dado se ha oído en Katmandú”. El sueño es que nadie dé las hostias como tú. Demasiadas películas de superhéroes, yo es que ya no puedo con ellas.

Lo de la polarización ha tenido algo de ficción de Hollywood. Unos llamaban comunistas a otros, aunque sabían que el comunismo ya no existe, y otros los llamaban fascistas, pero queriendo que lo fueran, casi contentos de que existieran, daba sentido a sus vidas, como si la realidad por fin se pareciera a las películas y diera la ocasión de demostrar la altura de sus valores. Es igual que cuando se puso de moda ser hípster y dejarse barba, parecían chavales que nunca creyeron que llegaran a tenerla y les hacía muchísima ilusión. Como en los filmes con buenos y malos, parece que el momento de la verdad necesita circunstancias extraordinarias, porque en la vida real no es lo mismo, no hay épica, no te ve nadie. En fin, tanto tiempo hablando del fascismo y ahora que llega en serio hace lo mismo: fabula un caos apocalíptico que exige soluciones excepcionales, alguien con superpoderes, de valores firmes, muy enfadado, que rompe todo, destruye la ciudad, pero hace limpieza, acaba con la temible amenaza. No mitifiquemos a los superhéroes, lo difícil es ser amable todos los puñeteros días de tu vida.

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