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El cirujano que nos contó el horror de los quirófanos de Gaza

Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, da voz en su nuevo libro a Ghassan Abu Sitta, médico que operó a muchos niños al inicio del genocidio israelí y denunció que medios como la BBC o el ‘Washington Post’ encubren a Israel. ‘Ideas’ adelanta un extracto de ‘Cuando el mundo duerme’

Algunos creen que este supuesto “conflicto” tiene dos caras en Palestina. Otros consideran que no es así, y que esta historia podría representarse en el escenario de una tragedia griega. Los actores implicados serían, por lo menos, tres: los palestinos, los israelíes y el imperialismo occidental, este último respaldado por un coro de vasallaje y por el egoísmo oligárquico de varios gobiernos árabes.

“Esta ‘guerra’ –argumenta Ghassan Abu Sitta, cirujano nacionalizado británico– ha demostrado que el vínculo entre el imperialismo occidental e Israel es un proceso continuo, sin interrupción. Israel es una parte integrante del proyecto imperialista occidental en aquella zona: una colonia vinculada a Occidente, como todas las colonias de los siglos pasados”.

Ghassan Abu Sitta pasó varias semanas en Gaza, tras el ataque perpetrado por Israel en nombre del derecho a la venganza contra el pueblo considerado absolutamente culpable del sangriento atentado del 7 de octubre. Y colaboró con los hospitales de Gaza mientras materialmente le fue posible operar. Luego, con enormes dificultades, abandonó el país. “Cuando salí de Gaza [en noviembre de 2023] y llegué al Reino Unido, me di cuenta de que el proyecto genocida era como un iceberg. Israel es sólo la punta visible, pero el resto del iceberg —que desde Gaza no se ve con tanta claridad— es todo el aparato que hace posible el genocidio: la BBC, la CNN, el Washington Post, el Wall Street Journal y las organizaciones que lo apoyan”.

Desde que Ghassan fue elegido rector de la Universidad de Glasgow, en marzo de 2024, le sucedieron muchas cosas.

Para empezar, el grupo proisraelí Abogados del Reino Unido por Israel presentó una demanda contra él, en la que se le acusaba de no ser apto para ejercer la medicina debido a supuestos posts en redes sociales. Sin embargo, la solicitud de suspensión de su licencia médica, presentada por el General Medical Council, fue rechazada por el tribunal de órdenes provisorias por falta de pruebas concretas y traducciones poco fiables de los posts, y se acogió a las declaraciones de la defensa, que había destacado que estas acusaciones tenían, en realidad, motivaciones políticas disfrazadas de preocupaciones éticas con el fin de socavar su credibilidad pública y limitar la libertad de expresión.

Algunos periodistas de la BBC le informaron posteriormente que la emisora lo había incluido en una lista de palestinos a los que no se les podía entrevistar y, en la primavera de 2024, se le prohibió la entrada en Francia, Holanda y Alemania, donde tenía previsto impartir una serie de conferencias, debido a que las autoridades alemanas le habían prohibido la entrada en todo el espacio Schengen, medida que luego fue declarada ilegal por el tribunal administrativo de Potsdam.

“Mientras tanto –señala Ghassan–, Alemania multiplica por diez sus suministros de armas, la Fuerza Aérea Británica se hace cargo del espionaje electrónico cuando sobrevuela Gaza con sus aviones, y la aviación italiana suministra los F-35 israelíes que se preparan también para bombardear Saná. Todo esto demuestra que el problema palestino no es un malentendido. La cuestión es que las potencias occidentales se valen de Israel como una herramienta para proteger sus intereses en la zona. Pero estas élites políticas occidentales tendrán que lidiar con el hecho de que la opinión pública está cambiando. Para observar este cambio, basta con medir el nivel de opresión que tiene lugar en Occidente: en Estados Unidos, miles de universitarios han sido arrestados. En Reino Unido, se ha detenido incluso a supervivientes del Holocausto y a los organizadores de las manifestaciones contra la guerra. En Alemania, la brutalidad de las cargas policiales contra los manifestantes se ha vuelto sistémica”.

A su regreso al Reino Unido, Ghassan decidió colaborar con Scotland Yard y brindó su testimonio sobre los crímenes de guerra que acusa a Israel de cometer. El médico calificó la situación actual como una ola de destrucción sin precedentes comparada con las guerras de los últimos tiempos, y afirmó que los ataques del último año y medio constituyen “un verdadero tsunami de violencia”. Por ejemplo, contó que había visto heridas claramente causadas por el uso del fósforo blanco, heridas que conocía bien, puesto que ya las había tratado durante la guerra de Gaza en 2009. “El uso de fósforo blanco está prohibido por el derecho internacional. Reconocí estas quemaduras de inmediato, ya las había tratado en 2009”.

Una noche, en Londres, coincidí con Ghassan en una conferencia en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y pude escuchar de su viva voz las aterradoras historias que me quitaron el sueño durante meses. Explicó que, durante su estancia en los hospitales al-Shifa y al-Ahli, donde operaba a víctimas de los bombardeos israelíes, llegó a practicar hasta doce cirugías al día, muchas de ellas a niños, y me contó que una triste noche tuvo que realizar seis amputaciones a menores. Según sus estimaciones, en los primeros meses del “conflicto” en Gaza, cerca de novecientos niños fueron sometidos a amputaciones. “Cuando empiezas a operar a menores, sabes que esos niños tendrán que someterse al menos a diez o quince operaciones más hasta alcanzar la edad adulta”, nos explicó aquella noche. ¿Quién lo hará?, ¿dónde se realizarán estas intervenciones si no queda nada del sistema sanitario en Gaza?, ¿qué será del futuro de esos niños, en el caso de que consigan sobrevivir?

El argumento con el que Israel justificó el bombardeo de los hospitales se sustenta en la presunta afirmación de que al-Shifa era un centro de operaciones de Hamás, algo que Ghassan negó rotundamente aquella noche. “En los hospitales, sólo vi heridos y muertos. De Hamás ni rastro”. Esto es algo sabido, incluso entre los profesionales y los medios de comunicación, y el propio ejército israelí no ha podido aportar ni una sola prueba que no pareciera inventada a propósito. Por ejemplo, una imagen difundida por las llamadas Fuerzas de Defensa de Israel –que en realidad deberían llamarse fuerzas de ocupación israelíes– mostraba cómo un oficial israelí señalaba una hoja de papel que había pegada a la pared del hospital, de la que se dijo que era un plan operativo de Hamás; pero luego se descubrió que simplemente se trataba de la planificación de los turnos del personal sanitario. Así lo demuestran también las imágenes que recopiló Ghassan –y que los medios consideraron demasiado crudas para difundirlas–, que no muestran nada más que pasillos abarrotados de gente que grita, desesperada, miembros mutilados y cuerpos carbonizados. “Cuando los israelíes sitiaron el hospital al-Shifa –nos contó–, me quedé atrapado en el al-Ahli, que era el único hospital que estaba en funcionamiento en Gaza, pese a haber sufrido graves daños. En otros hospitales del sur de Gaza, vi a mis colegas sentados sin poder hacer nada porque no había electricidad y no se podía operar en los quirófanos. Al menos, en al-Ahli seguían activos dos quirófanos y una sala de rayos X, aunque ya no podíamos usar el TAC. Además de mí, había un cirujano ortopédico y un par de cirujanos generales, pero los bombardeos aéreos eran tan brutales y la cantidad de pacientes que llegaban tan desmesurada que nos vimos obligados a operar durante veintidós horas sin parar. Sin embargo, en ese momento, se acabó todo. A las cinco de la mañana el anestesista salió del quirófano y anunció: “Basta, ya no queda nada, no hay propofol, no hay oxígeno, no hay nada con lo que se pueda sedar a la gente”. El hospital Al-Ahli también tuvo que parar. No teníamos fármacos que administrar.

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