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Adultos que coleccionan juguetes infantiles: el fenómeno de los Labubu al desnudo

Estos peluches coleccionables, que se venden en cajas sorpresa y suceden a los famosos Sonny Angels, han desatado una fiebre entre consumidores de 15 a 40 años. Algunos observadores señalan que su éxito obedece a que son una forma de huir del caos y el desconcierto en que estamos inmersos

Labubu
Karelia Vázquez

El ritmo es de vértigo. Aún no nos habíamos hecho del todo con los Sonny Angels cuando fueron arrasados por los Labubu, unos elfos peludos de nueve dientes —tener más o menos es la señal definitiva de que es un fake de los que circulan en Amazon—, revela Cynthia Pavón (24 años), coleccionista residente en Miami. Ella compra los suyos en una tienda física porque que le cuelen un Labubu fake —lafufus, los llama— es “una humillación”. Para asegurarse de la autenticidad muchos encargan los suyos directamente a la web de Pop Mart, la compañía china que los creó en 2015 y que los vende a partir de 12 euros (aunque algunos se revenden por varios centenares). Pero entonces tienen que esperar el envío y temen que cuando los reciban ya estén out y haya otro artefacto cuqui al que perseguir por tierra, mar y aire.

“Podría pasar” —­dice Pavón en conversación por Instagram—. “Hay demasiados Labubu, pronto dejarán de ser un símbolo de estatus”. Se barrunta que podrían ser desplazados por las Crybaby, también de Pop Mart, unas muñecas de ojos grandes con lagrimones que han iniciado una ruta de éxito muy similar, incluido el avistamiento de Lisa, de la banda Blackpink y estrella de The White Lotus, con la Crybaby Cherry colgada de su bolso de Louis Vuitton. La insistencia de la compañía china por asociarse a la casa francesa de lujo es la inspiración de un foro muy popular en Reddit: “Mi Labubu original en mi Vuitton fake”.

Nadie sabe muy bien de dónde salen estas modas, cuánto van a durar, o por qué sus fanes son los coleccionistas más ingratos e infieles de la historia. En 2003 la economista Margo Bergman de la Universidad de Houston estudió el fenómeno de los objetos que inspiraban estos delirios globales de consumo: son productos que mucha gente llega a conocer aunque nunca los haya comprado, lo que facilita que se hagan populares muy rápido, pero durante muy poco tiempo. Han pasado más de 20 años y Bergman asume que las redes sociales y sus algoritmos han acelerado el ciclo entero de las tendencias. “En 2003 una moda tardaba meses en arrancar y duraba varios años. Ahora puede empezar en cuestión de días y morir antes del primer año”, explica por correo electrónico. La economista pone de ejemplo los spinners de 2017. “En términos de ventas máximas, la fiebre solo duró seis meses”. La tecnología “provoca que las novedades tengan que acelerar su ritmo para mantener su nivel de utilidad”, lo que “conduce a una vida mucho más corta de las tendencias”.

Los Labubu son los últimos en una larga lista de personajes coleccionables icónicos de Asia, entre los que se incluyen Hello Kitty, ahora una señora de 50 años, la tribu de Sonny Angel o el huevo Gudetama. Bergman apunta otros cambios que han tenido lugar en estas dos décadas. “En los años ochenta y noventa, estas modas crecían en las temporadas de compras de regalos para otros”, como Navidad. “Ahora jóvenes y adultos las consumen para sí mismos y en cualquier momento del año. Creo que se debe a un mayor acceso al dinero o, quizá, a una mayor disposición a endeudarse con objetos frívolos”. Una breve búsqueda de un producto en internet conduce también a miles de opciones para fraccionar los pagos. No solo hay más disposición a endeudarse, sino que es muy fácil hacerlo en pocos minutos.

Es muy probable que los Labubu agoten pronto la curva ascendente del éxito e inicien su caída libre, pero lo que no cambiará con el próximo artefacto cuqui que llegue será la estrategia de distribución en cajas sorpresa, que se compran sin saber qué muñeco hay dentro. Olvídese de volver a comprar como un adulto viendo el género antes de soltar el dinero. Estos bichos se compran con fe y a caja cerrada, en una técnica de venta que también se ha usado mucho en el sector del juguete, como pasó hace unos años con las muñecas de L.O.L. Surprise.

La estrategia de estas blind boxes (cajas ciegas) ha enganchado tanto al sujeto digital y presuntamente sofisticado que si algo hemos aprendido esta temporada con Sonny Angels y Labubu es que el próximo capricho también vendrá de China, será coleccionable y lo compraremos en una tienda física, con cola y totalmente a ciegas. Quien quiera una serie completa tendrá que pagar y agitar caja tras caja, suspirar ante cada duplicado y rezar porque la siguiente traiga la criatura deseada. La conveniencia del comercio electrónico tradicional ya nos aburre soberanamente. Queremos problemas.

En 2019 Pop Mart hizo una encuesta entre más de mil consumidores y descubrió que alrededor del 70% de los coleccionistas comprarían más de tres cajas ciegas para hacerse con el muñeco específico que les faltaba. “Las cajas sorpresa incentivan la repetición de compra”, escribió la compañía china en un informe de 2020 dirigido a potenciales inversores.

Gamblification lo llaman los expertos porque el chute de dopamina que genera el ritual se acerca bastante a la que produce la adicción al juego (gamble significa apostar). Tampoco es, ni mucho menos, una práctica de niños y adolescentes. Los adultos son la parte más importante de este pastel. En el informe citado también se puede leer: “Mientras los juguetes tradicionales son en primer lugar para los niños, los pop toys (en referencia a Labubu y productos parecidos) se dirigen a adultos jóvenes de entre 15 y 40 años que buscan valor emocional mediante la expresión de su actitud y personalidad”. Según la consultora tecnológica Circana, en Estados Unidos las personas adultas están comprando más juguetes que nunca. En la primera mitad de 2025, el número de juguetes adquiridos por adultos creció un 18%, y en 2024 los adultos compraron por primera vez más juguetes para ellos que para los niños en edad preescolar. En el Reino Unido la nostalgia arrastra a los adultos a Lego y a Pokémon, y las ventas a adultos han aumentado un 8% en lo que va de año. Esta tendencia también va a durar más que los Labubu. Los observadores del fenómeno han creado el término kidults para los consumidores mayores de 12 años y los definen como “adultos que compran cosas de niños para escapar del caos global”. En los Estados Unidos de Trump hablar de Labubu es un terreno neutral para eludir la espinosa discusión política en las familias. “Las crisis, la ecoansiedad, la corrupción, la desinformación… El presente es tan abrumador que queremos volver a un entorno controlado con reglas sencillas como los juegos y la infancia… Hay un sentimiento de no querer crecer”, dice por mensaje Javier Montañés, director de Estrategia en el estudio de diseño Invisible, que se define a sí mismo como “un gamer de 48 años”.

Y apostamos que el próximo artefacto fugaz también será chino porque el Partido Comunista que gobierna el país se ha tomado los Labubu como “una victoria sobre Occidente”. Según la agencia de noticias Xinhua, los Labubu muestran el atractivo y la creatividad china en un idioma comprensible para el mundo y ofrece a todos la oportunidad de conocer la China “cool”. Y en la internet china, vasta y competitiva, sobran criaturas globales para inundar Occidente sin que hubiera sido nunca un empeño del Gobierno. A quienes esperan sus Labubu para septiembre les deseamos que el dios de la aceleración digital esté con ustedes. Con ayuda divina y un poco de suerte podrán presumir de sus elfos de nueve dientes por unas semanas más.

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Sobre la firma

Karelia Vázquez
Escribe desde 2002 en El País Semanal, el suplemento Ideas y la secciones de Tecnología y Salud. Ganadora de una beca internacional J.S. Knigt de la Universidad de Stanford para investigar los nexos entre tecnología y filosofía y los cambios sociales que genera internet. Autora del ensayo 'Aquí sí hay brotes verdes: Españoles en Palo Alto'.
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