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“Solo salgo con mujeres que practican Pilates”: cuando el amor exige horas en el gimnasio

Una frase viralizada del concursante de un ‘reality show’ de citas ha puesto de nuevo sobre la mesa el debate de los cuerpos y su relación con el amor: ¿y si no solo no es ciego sino que exige un vientre plano?

La actriz Joan Collins haciendo pilates en un estudio de Beverly Hills en 1976.eddie sanderson (Getty Images)

Love is blind es un controvertido reality de Netflix cuyos participantes conocen a sus futuras parejas con una pared de por medio, es decir, se enamoran y se comprometen antes de verse. Es entonces cuando el programa se pregunta si el amor es realmente ciego o si irá siempre unido a las dioptrías. En la décima edición de la versión estadounidense del programa una conversación se ha viralizado en redes sociales. “Solo salgo con mujeres que practican Pilates cada día”, le dijo uno de los participantes a su pareja. El Pilates, poca gente lo dudó, fue utilizado como eufemismo: el motivo por el que no se sentía atraído por su prometida era su silueta.

“Sé que esto no es como Too Hot to Handle [un programa cuyos participantes presumen de sus cinceladas siluetas enfundados en provocativos trajes de baño]. Se trata de construir una conexión basada primero en las emociones, y eso fue lo que hice con Jessica. Entré en esta experiencia totalmente abierto a la idea porque he visto que funciona para otras personas, pero obviamente no funcionó para mí”, explicó después Chris, el hombre que no ama a las mujeres (que no practican pilates).

La periodista especializada en sexualidad, sexóloga y activista Mara Mariño dedicó un reel enormemente compartido a “el lado oscuro del Pilates”.

“Se ha popularizado el término princesa del pilates con imágenes muy específicas que contribuyen a ese imaginario”, explica en el vídeo. “Vemos transformaciones de cuerpos que pierden peso, una estética de mallas siempre en colores pastel, botellas de agua minimalistas, coletas rubias infinitas perfectamente peinadas… Y esto ha pasado de ser una práctica deportiva a una aspiración donde la exigencia es la feminidad, pero sobre todo, la delgadez”.

En su mismo vídeo, Mariño incluye un corte de un influencer machista que proclama su deseo de que “vuelvan las amas de casa que hacen Pilates. Esto no significa que las mujeres no deban trabajar, sino que deberían tener un trabajo que les permita tomar el sol en la piscina, ir a Pilates, al mercado de agricultores con un vestido de verano y criar a la familia. Sinceramente, creo que esta es la razón por la que hay tantos hogares rotos hoy en día”, añade. Mariño explica sobre este vídeo: “El principal atractivo de la princesa del Pilates es que despacha todas las inseguridades masculinas de golpe. Reduce la amenaza externa al no salir por la noche o al no interactuar con otros hombres y también por su aspecto físico, porque su cuerpo representa una feminidad estéticamente aceptable, deseable y manejable, lo que es sinónimo de comodidad para ellos. Las chicas fuertes, las musculosas, son las que ocupan la sala de pesas y las que compiten contra ellos por las mancuernas”.

El año pasado Calum Marsh publicó en The New York Times un artículo que se preguntaba si el Pilates es político a raíz de un vídeo subido por MaryBeth Monaco-Vavrik. La instructora de barre e influencer lamenta que pese a la abrumadora evidencia científica que demuestra que el entrenamiento de fuerza es una de las formas más efectivas de combatir las enfermedades relacionadas con la edad y de mejorar la composición corporal, favorecer la pérdida de grasa y promover la salud en general, “la sociedad ha vuelto a priorizar las tendencias sobre la ciencia”. “Hemos pasado de la era de las curvas de las Kardashian a la delgadez extrema propia de la época del heroin chic. Y en ese cambio ha aumentado la retórica que elogia a las mujeres por adelgazar, por estar tonificadas pero nunca musculosas y por evitar cualquier cosa que pueda hacerlas parecer voluminosas”, explica.

Nuria Alabao, autora de Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Revista Contexto, 2025) explica que mientras que en los noventa el referente hegemónico era la modelo extremadamente delgada, hoy conviven cuerpos musculados, curvas muy marcadas, la estética fitness y la silueta de bailarina elongada del Pilates. “Hay bastante más diversidad de modelos que hace tres décadas, sí, pero todos comparten algo: exigen un trabajo intenso sobre el cuerpo y la imagen, un nivel de autovigilancia muy alto. No creo que haya un único mensaje detrás, tipo ‘que las mujeres estén controladas y no sean fuertes’, pero sí hay una presión constante por adaptarnos a la mirada masculina y, al mismo tiempo, por encajar en lo que podríamos llamar el capital erótico que muchos empleos ya dan por supuesto. El cuerpo se ha convertido en una credencial más, casi en un currículum visible”, asegura.

No está de más señalar que Liv Schmidt, la polémica creadora de contenido de Skinni Society, una cuenta donde da consejos a sus seguidoras para estar delgadas, subió a sus redes sociales un vídeo en el que explica “por qué a los hombres les gustan las mujeres delgadas”. “En Skinni Society hacemos que los hombres nos acompañen a hacer nuestras actividades porque no es solo estéticamente atractivo estar delgadas, sino que cuando lo estás, eres más disciplinada y estás más motivada. Cuando salimos de fiesta, nos despertamos de todas formas temprano para hacer Pilates”, explica.

“Entrena demasiado”

El grupo MTMG publicó en 2018 un tema titulado She Works Out Too Much en el que, el clave de sátira, se da la vuelta a esta situación y es la mujer la que deja a un hombre que no hacía tanto ejercicio como ella (“el único motivo por lo que lo nuestro no funcionó es porque él no entrenaba lo suficiente”). Y seguro que hay más casos así en la vida real, pero la historia nos ha enseñado que estructuralmente, es la mirada masculina se posa sobre el cuerpo femenino para exigir un modelo aceptable y canónico. Por buscar otro ejemplo en la telerrealidad, una de las estrellas de La Vida Secreta de las Esposas Mormonas, Jessi Draper, acudió al podcast Call Her Daddy para hablar de su divorcio. Allí explicó que poco antes de separarse el año pasado, su ex pareja, Jordan Ngatikaura, le dijo que tenía que hacer Pilates cada día.

“En una sociedad donde la mayoría de los legisladores son hombres y aprueban leyes para prohibir el aborto y restringir el acceso a los anticonceptivos, y donde comentaristas conservadores instan a las jóvenes a ser obedientes, servir a sus maridos y tener hijos, que los hombres quieran opinar sobre el cuerpo de una mujer —y cómo deciden usarlo— se ha normalizado de forma alarmante”, comenta al respecto Julianna Marie en Her Campus. “Utilizar el ejercicio físico como arma, especialmente las rutinas de moda como el Pilates, es solo otra táctica para intentar arrebatarles a las mujeres su autonomía. Y es repugnante”, añade.

Jennifer Gerson, Grace Panetta y Jasmine Mithani explican en The 19th News que el comentario del marido de Draper tiene raíces misóginas mucho más profundas que una simple crítica a su apariencia. “Sirve como una forma abreviada de transmitir instrucciones y expectativas sobre cómo debería ser una mujer buena y deseable. Esta lógica coincide con los mensajes de ciertos sectores de la manosfera que promueven la idea de que los hombres se han convertido en víctimas del surgimiento y el auge del feminismo”. Señalan, además, que la Pilates princess responde a un estereotipo muy concreto: una mujer joven, delgada y tonificada, con un cuerpo esbelto, pocas curvas, abdomen plano y musculatura definida. Por ello, cuando un hombre asegura buscar a una mujer que practique Pilates, en realidad está diciendo que busca una mujer como la definida anteriormente.

Nuria Alabao asegura que hay una tipología social del cuerpo que, aunque siempre ha funcionado como un marcador social, en las últimas décadas la normatividad se ha vuelto aún más exigente. “Toda normatividad corporal es opresiva: te dice lo que deberías ser y te castiga si no llegas. Lo que ha cambiado en los últimos tiempos es que esa opresión, que históricamente ha recaído de forma mucho más brutal sobre las mujeres, empieza a alcanzar también a los hombres. Los gymbros son un ejemplo claro: chavales que invierten horas, dinero, suplementos y disciplina en una transformación muscular que funciona como prueba de virilidad y mérito personal”, explica. “El cuerpo trabajado se convierte en signo de valor en un momento en que otras formas de construir ese valor —el trabajo estable, el lugar en la comunidad— están en crisis”, añade la periodista y doctora en Antropología Social.

Pese a que siempre ha habido deportes asociados a la clase trabajadora, continúa Alabao, hoy el fitness se ha convertido en parte de la cultura de la clase media y sobre todo, de las clases profesionales. “El cuidado del cuerpo es casi una exigencia implícita en ciertos entornos laborales, una forma de señalar disciplina y autocontrol. Y al mismo tiempo, requiere recursos y tiempo que no todo el mundo tiene. Pensemos en las mujeres de clase media con hijos que pueden hacer deporte varias veces a la semana: en muchos casos es porque pueden externalizar los cuidados, pagar a alguien que recoja a los niños o que limpie la casa”, explica. “El acceso al cuerpo trabajado depende de condiciones materiales que se dan por invisibles. El crossfit, el barre, el Pilates reformer a cuarenta euros la clase... todo eso marca una frontera de clase que además se presenta como elección personal y estilo de vida”, dice para terminar. Tal vez haya ciertos tipos de amor que no solo exigen un cuerpo perfecto: también exigen el poder adquisitivo que hay detrás.

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