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De vender pollo asado a seducir hasta a Albert Adrià: la explosiva historia del Colmado Carpanta

Dos amigos de toda la vida le pegan un bocado a la zona alta de Barcelona con una propuesta disfrutona

Adrián López y Guillem Pico, del Colmado Carpanta en Barcelona.Massimiliano Minocri

El pollo asado es un ritual sagrado en la Ciudad Condal: el fin de semana es un plato que puede degustarse en muchas mesas y no entiende de barrios o filias. Las rostisseries han crecido como setas a lo largo y ancho de la capital catalana y aunque el pollo sea el rey, la comida para llevar siempre ha ejercido de complemento directo en los banquetes dominicales. Algunos negocios empiezan vendiendo el pollastre a l’ast y siguen fieles a ello hasta que el tiempo les pulso y otros arrancan con él y hasta se atreven a ir más lejos.

El Colmado Carpanta (Passeig de Sant Joan Bosco, 51, Barcelona) es de estos últimos: empezaron hace unos meses con el bendito pollo en la parte alta de Barcelona y gozaron de un éxito tan inmediato que decidieron cambiar de planes, reformaron su almacén y abrieron un restaurante en un local pensado para que el personal se llevara la comida a casa. No solo eso: es difícil encontrar mesa y hasta leyendas de la cocina catalana como Albert Adriá se han sumado a la clientela.

“Somos amigos desde que tenemos tres años, fuimos al colegio juntos hasta los 18. Después, muy jóvenes, con 19 empezamos a trabajar juntos en el mismo sitio y desde ese momento acabábamos pensando ideas de qué hacer para abrir algo. Teníamos ideas, pero todas caras… hasta que ya con 30 pensamos al revés: qué dinero tenemos y qué podemos abrir, y así salió el local actual” cuenta Adrián López, que junto a Guillem Pico abrieron el Carpanta con las ganas y la energía del que lleva toda la vida persiguiendo algo. “Los pollos surgieron como idea para no arruinarnos. La pregunta que nos hacíamos era: “¿qué venderemos sí o sí y podremos hacer mano a mano?”. La respuesta: pollos. “Hay que ser muy burro para no vender pollos al menos el domingo, así que no nos arruinamos seguro, pensamos”, dice Guillem entre risas.

Los pollos resultaron ser el cómplice perfecto: “El primer domingo vimos que al menos no nos arruinaríamos (objetivo cumplido). Tuvimos una cola de escándalo y no nos conocía nadie. Esto fue en junio de 2024. Después, poco a poco, fue mucho más lento, vimos que una mini barrita que teníamos (la actual de la entrada) se iba llenando, hasta marzo de 2025 que ya se nos hacía cola para la barra. No lo entendíamos, era increíblemente incómodo, pero aun así teníamos gente, así que fuimos haciendo caja para reformar la parte del local que nos faltaba para hacer el comedor. Para entenderlo: donde ahora tenemos el comedor, al abrir no nos daban los números para reformarlo ni para contratar gente, así que lo dejamos de almacén”, relatan.

La oferta no varió ni un ápice y todo lo que hacían para llevar lo metieron tal cual en una carta llena de clásicos inmortales de los bares de tapas y platillos. Los macarrones (con pollo asado, naturalmente; a 10,50 euros), la rusa (6,75 euros), los canelones (12,50 euros), los buñuelos (3,50 euros las 2 unidades), las croquetas (1,95 euros), el fricandó (11,50 euros) o un flan (3,90 euros), producto estrella del Carpanta y cortesía de la pastelera Ariadna Bordes, que no desentonaría en un gastronómico de primera clase.

El producto es el gran protagonista en un comedor para 30 personas con look de colmado, sin florituras, con una abrumadora mayoría de locales y los mismos objetivos: “Somos disfrutones. No tenemos ningún tipo de pretensión gastronómica, de hecho, a veces nos viene algún cliente que creemos que se ha equivocado de sitio (risas). Buscamos sabores reconocibles, que hagan disfrutar. Nos gusta que mojen pan, con todas las imperfecciones que uno puede tener al cocinar casero. Desgraciadamente (o por suerte para nosotros) cada vez cocinamos menos en casa, y es eso lo que queremos transmitir: para nosotros la cocina es, sobre todo, tiempo y cariño”, confiesan.

Cuando se les pregunta sobre la ambición que genera el éxito o las ganas de expandirse que sufren muchísimos chefs cuando les visita la diosa fortuna en forma de mesas llenas y lista de espera, no se lo piensan demasiado: “Hemos pedido dinero a las abuelas para abrir el restaurante, y si hay un segundo será ahorrando o volviendo a ver a la abuela. Se nos acerca gente para abrir algo más, pero preferimos hacerlo a nuestro ritmo y con libertad, que para algo nos hemos hecho autónomos… ¡Ah! Y es la forma de seguir siendo amigos, que eso es lo más importante”, cuentan a dos voces.

Uno de los últimos visitantes del local fue uno de los grandes chefs del país: Albert Adrià, seguramente para comprobar si el tremendo boca-oído que arrastra el local es merecido. “Le flipó el flan, pero le flipó aún más la croqueta. Seguro que como pastelero tiene el estándar muy, pero que muy alto. También nos dio un consejo que no vamos a seguir de momento: subir un eurito por plato”, explican entre risas.

Por supuesto, queda preguntar por el nombre del local, que puede tener una lectura nostálgica para el lector veterano al que —sin duda— le vendrá a a la memoria el comic de Francisco Ibáñez sobre un tipo que pasa mucha hambre, o ser casi críptico para las nuevas generaciones. “Bueno, vamos allá (risas): se llama Carpanta por nosotros. En honor a los gordos. Cuando pensábamos el nombre del local caímos en que nuestras respectivas abuelas de pequeños nos llamaban Carpantas. Éramos unos niños muy monos, con sus michelines y todo. Una delicia. Así que no lo pensamos dos veces. “Colmado Carpanta era perfecto”, rematan.

Colmado Carpanta

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