Vivan las lentejas y la comida marrón: reivindicación de los platos para comer, no para hacerles fotos
En un mundo lleno de estímulos en el que los platos se piensan para ser fotografiados y no para ser comidos, le deseamos una larga vida a la cocina lenta, rica y a veces un poco fea

Mi sobrina de trece años se vuelve loca cada vez que nos cruzamos por la calle con una tienda de bubble tea. Se agarra del cuello con las manos, retuerce su torso como una anguila y me mira con cara de llevar diez días de travesía por el Sahara sin ingerir ni una sola gota de agua. “¡Me muero de sed!, ¡por favor!, ¡necesiiiitooooo…!”. Esa bebida de origen taiwanés que mezcla perlas de tapioca con leche, frutas, jarabes y té, adquiere unas tonalidades lisérgicas que me recuerdan a las setas venenosas que afloran alrededor de los árboles con colores llamativos. Mientras que, para mí –un señor nacido en el 1900– beberme un líquido rosa con bolitas negras es un peligro que alerta de una muerte inminente, mi sobrina piensa que se trata de un brebaje divertido y un consumo de fantasía.
Vivimos en la era de engullir estímulos sin parar; de hacer scroll infinito hasta que la cuenca de los ojos se nos tiña de blanco y la mente se nos nuble como un martes cualquiera en la provincia de Lleida. Ansiamos tragar contenido a través de todos nuestros sentidos. Queremos saborear, ver, tocar y oír hasta empacharnos de emociones y experiencias; hasta llegar al clímax de no sentir nada.
Ante este contexto de hiperestimulación sensorial, no hay cabida para las emociones planas: los colores deben ser vivos, las texturas, irregulares al tacto, y los sabores tienen que estar cargados de matices casi impredecibles que abracen la rareza. La sociedad se arrodilla frente a una oferta gastronómica cada vez más homogeneizada; una realidad acuñada por algunos medios con el término “gastrificación”, pero que voy a evitar usar porque a mí me suena más a problemas digestivos.
Las calles están gobernadas por steak tartares, tequeños, aguacates, cosas con trufa, cebolla morada encurtida, ralladura de lima y milanesas de berenjena sobre camas de salsa de yogur. Comida colorida; pero siempre la misma comida. Ya lo decían Kortatu en 1985: “siempre lo mismo, mierda de ciudad”. Amiga, álzate junto a mí para plantarle cara a la dictadura del algoritmo colorido y reivindiquemos juntos la belleza de la comida marrón.

¿Qué pasa con el marrón?
Según Michel Pastoreau, posiblemente la persona con más autoridad para hablar de colores, solo existen seis tonos básicos: negro, blanco, rojo, azul, amarillo y verde. A continuación, vienen los cinco colores de “segunda fila”: gris, marrón, rosa, violeta y naranja. Pastoreau, además, añade que “el resto de tonalidades son sólo matices o matices de matices”.
Quedémonos con lo que nos dice este señor parisino que ha vivido a todo color y que nadie –o al menos yo– va a poner en duda: el marrón es un color de “segunda fila”. Si echamos la vista atrás, colores como el rojo o el azul han tenido una condición cultural más elevada y aspiracional a lo largo de la historia. El marrón ha sido siempre un color secundario desde el prisma de occidente, porque se asociaba a materiales humildes y cotidianos, como la tierra o las pieles curtidas. En definitiva, era un color que no presentaba ningún tipo de interés para las élites artísticas del pasado.
Si analizamos este color desde la psicología, desde cómo su percepción influye en nuestras emociones y comportamientos, el marrón es un color que se vincula directamente con la tierra, la estabilidad, la seguridad y la autenticidad. Pero, al mismo tiempo, las cosas de color marrón también transmiten sobriedad, modestia e, incluso, aspectos negativos. Por ejemplo, cuando asumimos la responsabilidad o las consecuencias de una situación complicada, decimos que “nos hemos comido un marrón”.

Revaloricemos la expresión coloquial y vayamos a comernos un buen marrón
Para Verònica Fuerte, fundadora y directora creativa de HEY, “el marrón es un color que no brilla, que no grita. Es silencioso, neutro; como un gris. Es honesto, pero poco memorable”. Vamos que, visto lo visto, si estuviésemos en la fiesta de los colores, el marrón sería el amigo que pasa desapercibido. Ese que siempre está cuando le necesitas, que es fiel y leal; pero que también es un poco soso y carece de chispa. Es el que observa desde una esquina cómo el amarillo chillón que va puesto de speed morrea con el rojo embriagado de ron barato.
Aquí, desde lo alto de esta atalaya Comidística, vengo a reivindicar a las personas marrones y, por ende, la comida marrón. No voy a ser yo quien te diga que dejes de liarte con tipos dinámicos y coloridos que ondean más red flags que un desfile militar chino, pero sí voy a animarte a que te alimentes de cosas marrones.
Cuando me refiero a comida marrón, no hablo solamente del color que tienen los alimentos una vez guisados: el marrón es el resultado de una cocina desacelerada que va contracorriente a los tiempos que vivimos. Es la reivindicación de un buen sofrito de cebolla, tomate, pimentón rojo y un toque pulpa de ñora. Cuando lo que estás cocinando dentro de la cazuela se transforme en un tono cobrizo, significa que lo estás logrando; que has conectado con la tierra, la tradición y la herencia culinaria de nuestros antepasados.
Un plato de fricandó, unas lentejas o un guiso con setas son mucho más que alimentos de color marrón: son un recuerdo ancestral de lo que fuimos y de lo que somos. Son nuestras madres y abuelas recordándonos que mantengamos los pies en la tierra, a pesar de los focos.

Comida para comer, no para hacerle fotos
Ya sabemos que las cosas marrones no han sido atractivas a lo largo de la historia. Suelen ser aburridas y poco llamativas, sobre todo en un mundo en el que la sociedad necesita sorprenderse de forma constante. Hasta la fecha, jamás hemos visto un neón de color marrón y nadie hace fotos a un plato menos estético que una nevera por detrás.
Esta es otra de las victorias de nuestra homenajeada: no necesita entrar por los ojos y no vende en redes sociales, pero solo con olerla la felicidad anticipada de un festival de sabores se instala en tu pituitaria. En tiempos de Tinder y postureo, ella sigue triunfando en las distancias cortas, con el contacto directo, puro olfato y gusto, casi un manifiesto antisistema.
La comida marrón es, de nuevo, como ese amigo al que nadie hace caso en la fiesta. Sabes que es majo, pero es poco hablador y crees que no mola tanto como los demás. Acércate, quizás te llevas una sorpresa y te das cuenta de que la autenticidad es una cualidad tan profunda como discreta, que no hace ruido ni alboroto. Lo genuino se encuentra en la honestidad de un plato de albóndigas con sepia, un estofado de ternera o unos michirones murcianos.
Ha llegado el momento de despertar: no te dejes engañar más por la cremosidad del huevo benedictino o el verde artificial del aguacate. Coge un buen trozo de pan y acércate a la comida marrón. Conócela, disfrútala y haz que sea memorable.
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