Las nuevas vidas de los hórreos, declarados Patrimonio Cultural Inmaterial y reconvertidos en tabernas, queserías, telares y obradores artesanos
El Consejo de Ministros ha aprobado este mes el Real Decreto por el que se reconocen los hórreos del norte de la península ibérica como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial

Nadie queda impasible ante un hórreo. Son parte del paisaje y la memoria colectiva. “Orgullosos y nobles como un soñador austero” en los versos de González Prieto; refugio de Perucho en Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán; bastión de la hidalguía gallega en Las Comedias Bárbaras, de Valle-Inclán o el hogar para Álvaro Cunqueiro: “El maíz que duerme en los hórreos es promesa de pan y de historias contadas al calor del fuego”. Por eso, y mucho más, el Consejo de Ministros ha aprobado este mes el Real Decreto por el que se reconocen los hórreos del norte de la Península Ibérica —presentes en Galicia, Asturias, León, Cantabria, Navarra y País Vasco— como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.
La conservación de este elemento de la arquitectura popular ligada estrechamente a la historia de la alimentación conduce, sin embargo, a preguntas a veces incómodas como si son los hórreos simples vestigios del pasado, qué nuevos usos les permitirán sobrevivir al futuro o si comprenderemos su valor más allá de una inerte muestra etnográfica. La noticia de su reconocimiento viene a corroborar el buen trabajo que han hecho asociaciones y particulares en diferentes puntos del norte peninsular.

La Asociación del Hórreo Asturiano, o la Asociación del Hórreo Leonés, por ejemplo, son algunas de ellas, enmarcadas dentro de la Red Internacional de Graneros Elevados Tradicionales dado que su existencia abarca otras regiones agrícolas del mundo como Portugal, Noruega o Suecia. De ahí que no exista un único término para denominarlos: cabazos, paneras, pallozas o canastros son algunas de las variantes de estos graneros edificados sobre pilares de piedra que los elevan del suelo húmedo y los roedores.

Sus orígenes
Según el historiador y artesano, Julio César Zapico Alonso, su origen está en las villas romanas que aseguraban la comida a través de los horreum y, por tanto, la paz social. En la zona de Asturias, sin embargo, los alimentos respondían a una versión más montañosa y norteña de la cultura alimentaria mediterránea del trigo, aceite y vino y se adaptaban al territorio con predominio de la castaña, la bellota, sidra, manteca de leche y la escanda hasta la introducción del maíz y la patata entre los siglos XVI y XVIII. El más antiguo que se conserva es del siglo XVI y está en la localidad leonesa de Boñar, construido en madera y sin ningún clavo.
Cruceiros y hórreos jalonan el camino de la Mariña Lucense, de Vilanova de Lourenzá a Mondoñedo. Elemento imprescindible de la cultura de los pazos, símbolo de riqueza de la nobleza gallega, es parte imprescindible del castillo del siglo XVI que ocupa el restaurante O Forno de Tovar (Lourenzá, Lugo). En la comarca, la mayoría están en desuso, salvo, como indica Jorge López, cocinero del restaurante, para acabar de curar algún tipo de embutido. “Hoy no se cosecha el tipo de maíz que antes se secaba en los hórreos —explica— y en Galicia no tenemos paneras. Los gallegos son alargados y estrechos e implican un gran esfuerzo físico: subir a lomo para dejar el grano y luego volver a bajarlo desde esa misma altura. Nuestro hórreo es del XVIII, cuando se empieza a usar el maíz para consumo animal y humano. Actualmente preferimos guardar las patatas y las fabas en lugares más oscuros que un hórreo”. El viejo horno de leña, sin embargo, funciona como si el tiempo no hubiera pasado por él, engullendo empanadas de masas densas y lechazos tiernos.

Nuevas iniciativas
La situación en Asturias difiere bastante de la gallega, habida cuenta de que son construcciones más amplias, lo que ha dado pie a varias iniciativas. Marta Fernández, de la Quesería Ca Sanchu, en Ambás (Asturias), maduran Afuega’l pitu en un hórreo “como se ha hecho siempre. No es una innovación. No todos los quesos tradicionales asturianos tenían cuevas para madurar. En los hórreos en los que se guardaban las fabas, patatas, manzanas, maíz o verduras de la huerta había una viga horizontal que sujeta el tejado: la viga del quesu. Así se hacía el queso pa casa, al aire, en la vieja quesería o en el hórreo”, cuenta Marta. “La madera centenaria, de casi quinientos años de antigüedad, le aporta unos hongos distintos a los de las cuevas, diferentes en verano o en invierno, según el clima y el nivel de humedad, resultado del territorio y la biodiversidad. Trabajamos localmente, vendemos directamente en los mercados. Nos sentimos arraigados a la tierra”.
Xandru González y Paz González (Les Regueres, Asturias) viven en una casería con huerta y ovellas xaldas de las que aprovechan la lana que Paz trabaja en su telar bajo el hórreo. Contundente, Xandru dice: “No quiero ver convertido un hórreo en un bungalow. No es la primera vez que ocurre. Considerado un mueble, los hórreos se pueden mover y tener otros usos. Un hórreo es como un puzzle, marcas las piezas y las montas en otro lugar. La mayoría están trasladados. En los sesenta y setenta del siglo XX fueron habitados por trabajadores temporales de las minas en condiciones ínfimas de habitabilidad. Durante los ochenta se trasladaron y reformaron hasta perder su esencia a las zonas costeras convirtiéndose en viviendas vacacionales porque al no ser considerados inmuebles escapaban de la legalidad. Nuestro hórreo, premiado por la Asociación Amigos del Hórreo, es del siglo XVI y está restaurado con pigmentos recreados ex profeso. No puedes hacer lo que quieras con él, vandalizarlo, alterarlo. Forma parte del patrimonio”.

Así lo entendió José María Suárez, de san Antolín, en Cornellana (Asturias), quien dedica buena parte de su tiempo a preparar riestras de maíz que cuelga en las fachadas de las paneras como antaño. “Las hice toda la vida porque siempre vi prepararlas a mi abuelo y a mi padre y no quiero que se pierdan estas tradiciones.” Jóvenes emprendedores como Jonathan González, de la pastelería Cabo Busto, en Luarca, volvieron al pueblo en busca de sus raíces y vieron en el hórreo la matriz de buena parte de su trabajo. Bajo su techo remodelado elabora desde hace trece años la tarta Asturias, el chocolate orbayu y la tableta de casadielles. “Para mí significa volver al origen, es mi identidad”. Vanessa Díaz y José Manuel Fernández, de la Tabierna Alborada, en Premoño, crearon un chigre en la antigua cuadra situada bajo el hórreo donde hoy sirven comidas a los peregrinos y a los noventa habitantes de su pueblo. “Somos unos enamorados de los hórreos y entre todos tenemos que buscar opciones para seguir disfrutando de ellos” afirman.
Y lo mismo podría decir Christian de Diego, el chef del restaurante Casa Pedro, en el Concello de san Juan de Parres, cuyos recuerdos se entremezclan con las mazorcas de maíz. “En nuestro hórreo compartido, con dos entradas, yo he llegado a tener junto a la cosecha y el grano mi Scalectrix”. ¡Qué puede haber más evocador que la memoria del pan! Eso es el hórreo.







































