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‘Galleteras’, el libro que reivindica la memoria de las trabajadoras de la fábrica de galletas Fontaneda

La antropóloga y escritora Laura Sanz Corada publica una obra, a medio camino entre el ensayo y la novela, que narra la historia de su madre y de tantas otras “galleteras” que lucharon por sus puestos de trabajo en Fontaneda a finales de los años noventa

La escritora Laura Sanz Corada, autora del libro 'Galleteras. La otra memoria de la galleta maría', en una calle del centro de Madrid.Jaime Villanueva

Pensar en las maría Fontaneda es pensar, casi de manera automática, en la infancia. En esos desayunos con el tazón de leche a la altura de la nariz y unas manos diminutas sumergiendo una galleta tras otra, calculando los segundos exactos para que no se rompiera y llegara entera, pero blandita, hasta nuestra boca. Es pensar, quizá, en esa melodía pegadi​​za del anuncio que veíamos por la tele —“qué buenas son las galletas Fontaneda“—, en la caja de color rojo sobre la mesa de la cocina o en los sándwiches que nos montábamos pegando dos de esas galletas con una buena capa de mantequilla, la merienda favorita de los fines de semana.

Pensar en las maría Fontaneda, sin embargo, no suele ir de la mano con pensar en las mujeres que un día empaquetaron esas galletas, que entraban a trabajar a la fábrica siendo niñas y no la abandonaban hasta que se casaban (si es que la abandonaban) y que, cuando los despidos se convirtieron en una amenaza y luego en una realidad a finales de los noventa, defendieron sus puestos de trabajo llegando a encerrarse en esa empresa que fue, al mismo tiempo, sustento, identidad y fuente de alegrías y sufrimientos durante muchos años.

Esa memoria, olvidada o desdibujada, como ocurre en tantos otros ámbitos cuando sus protagonistas son mujeres, es la que ha querido recuperar Laura Sanz Corada en el recién publicado Galleteras. La otra memoria de la galleta maría (La Caja Books). Laura, antropóloga, poeta y escritora, es de Aguilar de Campoo (Palencia), “el pueblo de las galletas”, como lo conocen en buena parte de España, e hija de galletera. Su madre, María Inmaculada —a la que llama María durante todo el libro, estableciendo un paralelismo con el nombre de la galleta—, trabajó en la fábrica de Fontaneda desde los 14 años hasta la treintena. Antes lo hizo su abuelo Domingo. Su abuela, aunque no estuvo en la fábrica, sirvió en casa de los Fontaneda hasta que se casó. Parecía inevitable que Laura acabara escribiendo este libro, un ensayo atípico —o una “novela documental”, como ella lo define—, pero muy ilustrativo, de la memoria obrera de las mujeres que trabajaron en la fábrica de galletas más famosa de nuestro país.

“¿Os acordáis del esparadrapo en los dedos?”. Esta pregunta, formulada por una de las extrabajadoras de Fontaneda con las que Laura se reunió para charlar de sus años en la industria de las galletas, aparece al inicio del libro. Una pregunta que invita a rememorar algo que difícilmente se olvida: el dolor marcado en el cuerpo por el repetitivo trabajo fabril. Los dulzones recuerdos infantiles que la mayoría tenemos asociados a las maría Fontaneda se dan rápidamente de bruces con este otro de aquellas que, sentadas frente a una cinta transportadora, separaban las galletas defectuosas y las ordenaban en esas cajas de color rojo que luego llegaban a los supermercados. “Este libro está escrito desde el impacto que tiene la fábrica: el que recibe la hija de galletera y el que reciben los cuerpos de las propias galleteras que trabajan manualmente. Algo que yo he escuchado siempre en casa y que he visto físicamente en mi madre”, dice Laura.

No fue fácil que estas mujeres le contaran sus historias. Muchas han elegido no recordar, pero sus cuerpos recuerdan por ellas. “De repente, cuando se juntaban varias, una mencionaba algún giro de muñeca específico y todas empezaban a sacar sus dolores. Ellas pueden decir que no recuerdan nada, pero el cuerpo lo trae de vuelta todo el tiempo. La memoria tiene otras formas de emerger”. A la conclusión a la que ha llegado Laura después de cuatro años documentándose y hablando con extrabajadoras de Fontaneda, es que este silencio en torno a lo que vivieron es una especie de respuesta al silencio que recibieron en el 96. Ese año, tras la compra de Fontaneda por parte de la multinacional Nabisco, llegaron los recortes: 123 personas se fueron a la calle, la mayoría de ellas mujeres sindicalistas afiliadas a CC OO. “Todo el tiempo rememoran ese dolor: ‘estuvimos solas, nos encerramos solas, el pueblo no salió a la calle en el 96’”. Sí lo hizo en el 2002, cuando Fontaneda anunció que cerraría definitivamente su fábrica de Aguilar de Campoo y trasladaría su producción a Viana y Orozco. “Siento que el silencio de estas mujeres es como una especie de venganza, una respuesta emocional a lo que ocurrió en el 96”. Todas evitan recordar los malos ratos, el conflicto, pero sí les gusta acordarse de los momentos felices que pasaron en la fábrica. “Allí tuvieron sus primeras vivencias como adolescentes, los primeros amoríos, las primeras salidas de baile, las primeras decepciones... Y todo lo compartían con sus compañeras”.

Tras el cierre de Fontaneda en Aguilar de Campoo, las instalaciones serían adquiridas por el Grupo Siro, que cambiaría el nombre a Horno de Galletas de Aguilar, hasta el derribo del edificio en 2014. Hoy, en este municipio palentino, siguen en funcionamiento varias fábricas de galletas, entre ellas, la de Gullón. “Aquí, lo de Fontaneda se recuerda desde lo amoroso, desde lo simbólico, quizá. Pero las trabajadoras lo tienen más presente desde otro lugar, el que yo también he intentado traer al libro, que es ese dolor de un conflicto del que no se habla”.

Una galleta para hablar de un pueblo

Aguilar de Campoo es, desde hace más de un siglo, “el pueblo que huele a galletas”, aunque como dice Laura, quienes viven allí han dejado de percibir el olor por la costumbre. La historia de este dulce en la localidad se remonta a 1881, con la apertura del pequeño colmado de Eugenio Fontaneda, que cuatro décadas después se convertiría en una fábrica en expansión de la mano de su hijo Rafael. Otras fábricas surgirán en el pueblo de forma paralela a Fontaneda, lo que hará que Aguilar de Campoo acabe siendo conocido como “el pueblo de las galletas”. Laura explica que, en su libro, ha querido “agotar la galleta desde todas las perspectivas, porque me parecía una historia local que, en realidad, es superuniversal”. La galleta se convierte en un símbolo gastronómico del que la autora se sirve para hablar de su pueblo, de la relación con el propio territorio, pero también del contexto geopolítico que permitió el desarrollo de la industria galletera, remontándose a la época colonial y a la esclavitud vinculada a las plantaciones azucareras.

Para documentarse, ha estudiado mucha antropología de la comida para entender cómo nos relacionamos con lo que nos alimenta. Ha tirado de hemeroteca, pero también de archivo familiar, que ha sido lo más importante a la hora de construir las conexiones personales con la historia de la galleta. “Mi madre guardaba los periódicos de todo lo que pasó en el 96, pero también las actas del comité de empresa e incluso las nóminas”. El libro combina testimonios de las trabajadoras con una narración más social y otra de autoficción. Esta mezcla de registros ha sido la apuesta de Laura para tejer todos esos relatos fragmentarios que ha unido como piezas de un puzle.

Si bien en Fontaneda también trabajaron muchos hombres, la autora ha elegido centrarse en las mujeres y, más concretamente, en las galleteras de la generación de su madre y en las que estuvieron vinculadas a los sindicatos, porque ellas marcan un cambio de época. “Entran a trabajar en plena Transición, cuando los sindicatos se legalizan y se empiezan a debatir ciertos derechos, también para las mujeres. Las que estaban afiliadas al sindicato tenían un discurso político muy claro con respecto al trabajo. Sentían que algo importante estaba sucediendo”. Durante muchos años, en Aguilar de Campoo, ser galletera significó ser una mujer “echada para adelante”, pero esto no era necesariamente algo positivo. Se decía que eran mujeres “bastas” y el término “galletera” se convirtió casi en un insulto. Pocas veces, las mujeres que se echan para adelante acaban saliendo bien paradas en términos de imagen.

“Mi madre tenía una triple jornada: en la fábrica, en el hogar y en la militancia. No sé cómo lo hacía, pero para mí ha sido un ejemplo increíble. Yo lo que he mamado de mi madre son esos ideales y esa dedicación. También he visto lo cansada que ha podido llegar a estar y eso es devastador”, rememora Laura. Por eso, en este libro, ha querido reivindicar su legado, el de su madre y el de las otras “marías” que forman ese conglomerado de mujeres galleteras. También el de las hijas de galleteras, concretamente las que, como ella, se fueron de Aguilar y viven entre el desarraigo y la obsesión por su propia historia. La hermana de Laura, 12 años mayor, trabaja en la industria galletera, pero ella dice que si en algún momento tuvo el deseo de trabajar allí, se lo arrancaron de cuajo. “Mi madre lo tenía clarísimo: yo no iba a trabajar en la fábrica”. Sin embargo, años después, “estoy escribiendo sobre la fábrica, así que tan lejos no me he ido”.

Cuando demolieron el edificio de Fontaneda en 2014, Laura estaba estudiando en Granada, así que lo vivió a través de su madre. “Después de la demolición hicieron un parking provisional, que ahora mismo está cerrado porque van a hacer viviendas, y ella me contaba que tardó mucho en aparcar ahí por las sensaciones que le provocaba. La primera vez que aparcó, le vino todo de golpe. Le parecía mentira, después de tantos años. Creo que Aguilar tiene una deuda con esto. No le hemos sabido dar la importancia que ha tenido al edificio y al entorno de la fábrica”. Aunque son las galletas las que siguen dando de comer al pueblo, Laura cree que “deberíamos hacer el ejercicio de imaginar quiénes somos sin las galletas, simplemente por pensar en lo que pueda venir. Ya tenemos el ejemplo de que las fábricas pueden cerrar. Quizá este libro sirva para abrir esa conversación”.

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