Líderes que generan un cambio social real
El ESG ya está en los másteres, pero sigue pendiente integrarlo en la toma de decisiones, no solo en los informes


Cuando hace unos años se hablaba de límites planetarios o de triple balance —que una empresa rinda cuentas no solo por sus beneficios, sino también por su impacto en el planeta y en las personas—, aquello sonaba a utopía. Hoy, esa lógica se ha convertido en estándar empresarial: se mide, se reporta y se enseña bajo el paraguas del ESG (medio ambiente, social y gobernanza, según sus siglas en inglés).
La pregunta es cuánto hay de transformación real y cuánto de respuesta a la presión de la parte inversora y reguladora. Y, sobre todo, si desde las escuelas de negocios se forma para cambiar el sistema o para adaptarse a él. Según Ekhi Atutxa, coordinador del área de economía de Deusto Business School, “hay una razón profundamente ética, pero también de mejora de la gestión empresarial”. “El problema no es medir mejor, sino decidir distinto, entender qué actividades dejan de ser viables dentro de límites sociales y ecológicos”. Añade que “durante años esos riesgos estaban ahí, pero no condicionaban las decisiones empresariales”.
La normativa y la presión de grupos de interés, incluidos empleados y consumidores, han impulsado la incorporación del ESG a los programas. Incluso rankings como el de Financial Times evalúan a las escuelas con estos criterios. La transición verde figura entre los principales motores de transformación del mercado laboral en la próxima década, según el World Economic Forum. Sin embargo, en un contexto geopolítico complejo, el resto de dimensiones ESG no tienen el mismo peso. La ambiental cuenta con marcos regulatorios exigentes (como la directiva europea de reporte de sostenibilidad, CSRD), mientras que la social y la de gobernanza resultan más difíciles de medir.
Es lo que señala Juanjo Mestre, cofundador de Dcycle, que encuentra ahí el motivo de que “las escuelas están formando consultores, no operadores”. La empresa de Mestre, en lugar de centrarse en generar informes, construye una capa tecnológica que unifica los datos ESG en un único sistema. “Puedes tener un informe impecable y no haber cambiado nada en cómo opera la empresa”, advierte. Así, cuestiones como el impacto en las personas o en las comunidades quedan diluidas frente a otras más fácilmente medibles.
Tampoco queda claro si la presencia del ESG en los programas refleja una transformación real en la forma de enseñar o simplemente afecta al volumen de contenidos incorporados. Sí se detecta una tendencia a formar perfiles orientados al análisis y la consultoría, que no atraviesan todas las asignaturas. Los más críticos defienden que estos principios deberían impregnar toda la formación y cambiar los criterios de decisión, que la integración de la filosofía ESG empieza en el aula.
Incorporar otras variables
Como ejemplo, una clase de Finanzas Corporativas en la que el alumnado debe decidir entre dos inversiones: una más barata, de tecnología convencional, y otra más cara, con tecnología limpia y proveedores locales. El ejercicio no termina en el cálculo clásico de rentabilidad: incorpora variables ambientales, sociales y de gobernanza, y obliga a rehacer la decisión. El resultado, explica Atutxa, es que la opción más sostenible puede acabar siendo más rentable y menos arriesgada a largo plazo.
Esa lógica se traslada también a proyectos de impacto social. En Advantere, impulsada por la Universidad Pontificia Comillas y la de Deusto, el alumnado trabaja con organizaciones como la empresa social TuTecho y analiza tanto la rentabilidad de su modelo como su impacto en personas sin hogar. El ejercicio obliga a integrar variables financieras y sociales en una misma decisión, poco habitual en los modelos tradicionales.
Este enfoque muestra cómo la derivada social empieza a incorporarse dentro de la lógica empresarial, no al margen de ella. “La sostenibilidad no puede ser una asignatura ni un reclamo. Tiene que estar integrada en cada decisión que tomamos como institución”, explica Consuelo Benito, directora de Sostenibilidad e Impacto Social de Advantere.
Por su parte, Isabela del Alcázar, chief purpose and sustainability officer en IE, sostiene que “el ESG no es solo reporting; es una forma de entender mejor tu negocio”. La sostenibilidad se plantea como palanca de competitividad y resiliencia, integrada en la toma de decisiones. Pone como ejemplo que factores como la disponibilidad o el precio del agua pasan a condicionar la viabilidad empresarial. “El cambio real se produce cuando dejas de medir para cumplir y empiezas a medir para decidir”, sintetiza.
Más que palabras
En Esade, ESG e impacto social se plantean como punto de partida del modelo formativo. Su decana, Lisa Hehenberger, advierte de que “incorporar lenguaje ESG no garantiza por sí solo un cambio real”, y subraya el reto de formar líderes capaces de integrar estas dimensiones en decisiones complejas. El cambio, apunta, se observa en los marcos de decisión de los estudiantes.
La irrupción y generalización de la enseñanza de este tipo de criterios, herederos de aquel triple balance, son un balón de oxígeno para los movimientos de impacto social, pues, a su manera, muestran cómo algunas lógicas asociadas al decrecimiento empiezan a tomar forma dentro del propio capitalismo. Además, el contexto global ha cambiado: una cumbre como la COP25, que marcó el momento en que la acción climática pasó al centro de la agenda pública y empresarial; una pandemia que revalorizó lo local, y un escenario geopolítico que obliga a no desatender lo humano. El alcance de estos estándares no se medirá en rankings, sino en algo más difícil de observar: si son capaces de cambiar no solo lo que las empresas dicen, sino cómo funcionan y qué tipo de sistema económico están reforzando.
Nuevos perfiles
Para Esade, el horizonte del ESG hace emerger “perfiles híbridos, capaces de combinar rigor empresarial con comprensión de los retos sociales y ambientales en ámbitos como la inversión de impacto, la sostenibilidad o la innovación social”. Isabela del Alcázar, de Advantere, señala que aunque la inteligencia artificial ha pasado a ocupar los primeros puestos, perfiles vinculados a sostenibilidad, clima y ESG siguen entre los más demandados, y cita el informe The Future of Jobs 2023 del World Economic Forum. “La regulación en ESG, así como la realidad climática, ha cambiado la demanda de las empresas”, explica, y añade que “el foco se está desplazando hacia lo verdaderamente estratégico: construir negocios más resilientes y competitivos, para lo que se necesitan perfiles capaces de entender a fondo las dependencias, vulnerabilidades y oportunidades del negocio”.
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