La clave para la excitación y el buen sexo: identificar y potenciar las zonas erógenas
Los preliminares y las partes sensibles del cuerpo, al margen de los genitales, siempre han estado asociadas a los juegos, pero no a la relación sexual con mayúsculas. Gran error, porque el deseo y la fogosidad tienen mucho que ver con ellas


El seductor de antaño, encarnado en el cine en la figura de James Bond, era un tipo elegante, inteligente, atractivo, refinado y experto en las artes amatorias, como sugerían las tórridas escenas de cama siempre presentes en sus aventuras. Hoy, en cambio, el sex symbol masculino es, para muchas personas, el empotrador. “Yo lo que busco, en realidad, es un empotrador”, dicen algunas concursantes de First Dates, aludiendo al macho alfa. Se le supone un gran vigor y potencia sexual, caracterizado por una actitud dominante y directa, con poco tiempo para la seducción, el flirteo o los preliminares. Recurriendo a un símil gastronómico, hay partidarios de la comida rápida y amantes de los restaurantes con estrella Michelin. Y si la diferencia entre una pizza congelada y un menú degustación está en la elaboración y los ingredientes, lo que distingue a un rapidito de un polvazo es el calentamiento previo, que necesita recrearse en las zonas erógenas. El amante experto no toma atajos, sino el camino más largo, porque su meta no es llegar lo antes posible, sino prolongar al máximo la experiencia.
Es aquí donde los genitales pierden un poco su protagonismo para considerarse una parte más de la anatomía, que hay que descubrir poco a poco, porque el placer puede esconderse en la palma de la mano, la cara interna de la muñeca, la nuca, el lóbulo de la oreja, la parte interna de los muslos, la zona lumbar y otros tantos puntos de acupuntura sexual. “No me gusta mucho la típica clasificación de zonas erógenas primarias y secundarias, porque es como establecer baremos y dividir el cuerpo en partes, cuando funciona como un todo”, señala Bárbara Montes, especialista en sexología clínica y terapia de pareja, además de directora de marketing y comunicación de Diversual, tienda erótica online.
“Lo más erógeno es la persona que tienes delante y luego el cerebro, que es el que procesa las emociones, las sensaciones y el deseo. Y, por supuesto, el cuerpo. La piel, que es el órgano más extenso con todas sus terminaciones nerviosas”, añade Raúl González, sexólogo, psicopedagogo y terapeuta de pareja del gabinete de apoyo terapéutico A la Par, en Madrid. “Sin embargo, desde que nacemos y conforme vamos creciendo, se nos enseña qué partes de nuestro cuerpo podemos mostrar o no. Al mismo tiempo, la sociedad crea un mapa de zonas prohibidas. Estoy pensando, por ejemplo, en los pezones femeninos que tan perseguidos están en las redes sociales. Incluso el cine tiene sus códigos de lo que se puede mostrar y lo que pasa ya a ser porno. Mira, ese sería un buen barómetro para separar las zonas erógenas de los genitales”, cuenta el sexólogo.

De menos a más: la fórmula del éxito
Los malos amantes van directamente al grano y, a menudo, se abalanzan sobre determinadas partes del cuerpo antes de tiempo. “Las zonas erógenas primarias, genitales y pechos, pueden ser abrasivas. Tocarlas puede causar dolor cuando no hay ni la excitación ni la lubricación necesarias”, cuenta Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga clínica, terapeuta del Centro Máxima, en Barcelona, y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología. “¡Cuántas mujeres se quejan de que sus parejas tocan enseguida y muy fuerte! Y no solo los genitales. También les molesta que les toquen otras partes, como pechos o culo, si no hay un contexto erótico o no están receptivas. A los hombres les ocurre lo mismo; si no están suficientemente excitados y no hay líquido preseminal, que actúa como lubricante, puede ser molesto y doloroso tocar determinadas zonas”, avisa.
Los sexólogos mandan siempre como tarea a sus pacientes que hagan un mapa erótico de sus cuerpos. “Se trata de proponerles que vayan explorando su anatomía, muy lentamente, y que la toquen de diferentes formas (caricias, toquecitos, palmadas suaves o algo más fuertes) y con diferentes partes y objetos (mano, labios, pluma, un trozo de tela) para ver sus reacciones. Reacciones que deben puntuar en su mapa particular”, cuenta Montes. “Una vez que lo han hecho consigo mismos, les pedimos que pidan a alguien que se lo haga, porque no es lo mismo tocarse que ser tocado. La sensación varía”, explica.

El estudio titulado Informes de contacto íntimo: zonas erógenas y organización cortical somatosensorial, publicado en la revista Cortex en 2014, ahondaba en la sensualidad de la anatomía humana. El trabajo buscaba responder a la pregunta de si las zonas erógenas del cuerpo coinciden con la representación de las mismas en la corteza somatosensorial primaria del cerebro, para lo que se seleccionaron a 800 participantes de distintos sexos, orientaciones sexuales, edades y culturas, a los que se les evaluaron 41 partes del cuerpo. Cada zona fue puntuada por su capacidad para generar excitación sexual cuando era estimulada. Las conclusiones generales fueron que las zonas con mayor puntuación erógena eran, por este orden: genitales, labios, pezones y cuello. Las valoraciones fueron muy consistentes y similares, a pesar de las culturas y géneros, lo que sugirió una cierta universalidad biológica.
Sin embargo, el hallazgo más sorprendente fue descubrir que las zonas erógenas no se correlacionan directamente con el tamaño de su representación somatosensorial en el homúnculo cortical del cerebro. Este es una representación visual y distorsionada del cuerpo humano que mapea qué partes de la corteza cerebral controlan la sensibilidad (corteza somatosensorial) y el movimiento (corteza motora) de zonas específicas, con áreas como manos y labios desproporcionadamente grandes, debido a su alta inervación. Según este estudio, el placer erótico no depende solo de la sensibilidad táctil básica, sino de otros factores. Por ejemplo, el pie obtuvo una puntuación erógena muy baja, a pesar de todo el fetichismo que hay en torno a esta extremidad y a pesar de que su representación cortical es bastante notable, muy cercana a los genitales. Se llegó a la conclusión de que en la sensibilidad erógena de una determinada parte del cuerpo intervienen también otras áreas cerebrales más relacionadas con las emociones o las motivaciones. Lo que también puede explicar que el mapa erótico, aunque con puntos en común, varía de unas personas a otras y cambia a lo largo de la existencia. Lo que nos volvía locos a los 20, ya no nos gusta tanto a los 50 o viceversa. He aquí la gran versatilidad de la propia sexualidad, siempre cambiante y ofreciendo nuevos matices a cualquiera que dedique tiempo a explorarlos.
“El erotismo corporal se aprende”, sostiene Molero, “y la percepción de cada parte del cuerpo va cambiando con la edad”. El experto asegura que el mapa sensorial se renueva continuamente. “Conocer a fondo nuestras zonas erógenas es importantísimo para el placer, para la conexión con el otro, y nos da recursos y herramientas para enfrentar épocas difíciles o para adaptar la sexualidad al paso del tiempo o a determinadas enfermedades como la fibromialgia, el cáncer o la polineuropatía diabética, donde hay problemas para sentir porque los nervios periféricos están dañados”.

Tal vez los genitales vean con preocupación cómo las zonas erógenas van cobrando protagonismo y robándoles su papel de actores principales, pero no se trata de eso, sino de integrar el cuerpo en un todo sensible y erógeno que aumentará la calidad de las relaciones. “No es lo mismo masturbarse viendo porno, de una manera habitual, más o menos rápida y eficaz, que hacerlo paulatina y progresivamente, estimulándose las zonas erógenas. La calidad del orgasmo es mayor”, garantiza González. “A la relación sexual hay que llegar con deseo y, cuanta más excitación haya, mejor será la respuesta. En este proceso de calentamiento, las zonas erógenas son clave”, señala Montes.
Otra gran ventaja de las zonas erógenas es que pueden estimularse en cualquier momento, fuera de la relación sexual y hasta en público, lo que contribuye a la formación del deseo y el vínculo entre las personas. Las manos, por ejemplo, tienen la gran capacidad de pasar, en cuestión de segundos, de modo funcional a modo erótico. “Veo que están un poco olvidadas”, subraya González. “Antes se veía a más personas cogidas de la mano o haciendo manitas en el restaurante o el cine. Pienso, por ejemplo, en la imagen de una pareja tumbada en la playa en la que uno le está haciendo al otro caracolillos en el pelo. Deberíamos recuperar estos gestos, aparentemente insignificantes, que tanto contribuyen a la construcción del deseo, el vínculo y la liberación de endorfinas y neurotransmisores. Y el buen sexo tiene mucho que ver con todo esto”, advierte.
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