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Amor en Madrid: tres planes irresistibles para celebrar San Valentín en pareja

Planes para celebrar (o esquivar) el 14 de febrero: una cena con vistas, un carnaval centenario y una barra para comer con las manos

Las vistas desde la azotea de Cornamusa en el Palacio de Cibeles. Cedida

Por mucho que el calendario insista, San Valentín no significa lo mismo para todos. Algunos lo celebran con entusiasmo, otros lo sortean como pueden. Hay quienes reservan mesa con semanas de antelación y quienes cancelan hasta los grupos de WhatsApp. Pero Madrid te enreda, como siempre, ofrece alternativas para todos los casos: para los que brindan, para los que bailan y para los que cenan solos y sin cubiertos.

Este año, el 14 de febrero cae en sábado, pero no será una noche cualquiera. En la ciudad habrá velas, máscaras, música y barras sin mantel. Un plan para cada tipo de emoción, porque en Madrid el amor se enreda, pero también se baila, se olvida o se transforma. Y si hace falta, se sirve con sushi.

Una cena con velas en la sexta planta

Lo primero que uno nota al entrar en Cornamusa (Palacio de Cibeles, planta seis) estos días no es el menú, sino la luz. O mejor dicho, la ausencia de ella. En su versión más romántica —Noches en Vela(s)— el restaurante se apaga y se llena de luces: más de 400 iluminan la sala con ese tono que vuelve todo más lento, más íntimo y, por momentos, cinematográfico.

La experiencia empieza con una copa de bienvenida y continúa con cinco pases firmados por el chef Manuel Berganza, que apuesta por una cocina elegante pero sin artificios. No hay violinistas en la mesa ni postres en forma de corazón, sino silencio bien llevado, platos que invitan a la conversación y una panorámica de Madrid —la Gran Vía, Cibeles, el caos ahí abajo— que recuerda por qué subir a un sexto piso a veces lo cambia todo.

Ideal para parejas, sí. Pero también para reconciliaciones, declaraciones de intenciones o, simplemente, para regalarse una noche en la que todo está pensado para que no haga falta mirar el móvil. Menú cerrado: 85 euros por persona

Máscaras en lugar de rosas

La entrada al Círculo de Bellas Artes (calle Alcalá, 42) esa noche se parece menos a un carnaval y más a una película de Fellini. Escaleras monumentales, gente disfrazada con convicción, luces de colores filtradas entre columnas y un hilo musical que cambia cada vez que uno cruza una puerta.

Este año, el Carnaval del Círculo celebra su centenario. Cien años de fiestas, máscaras, excesos y resacas de altos vuelos que ya son parte del archivo sentimental de Madrid. La edición de 2026 lleva por título Un Carnaval legendario, y tiene cartel de Ricardo Cavolo, DJs seleccionados por El Cuerpo del Disco y una promesa implícita: que aquí nadie se va antes de las cuatro.

En la pista suena desde afrobeat hasta electrónica queer, y en los pasillos conviven plumas, glitter y personajes que solo se ven una vez al año. “Aquí la gente no viene disfrazada de cualquier cosa. Viene disfrazada de lo que no puede ser durante el resto del año”, decía una asistente en la pasada edición.

No es un lugar para buscar pareja, pero si alguien la encuentra, suele ser en la tercera planta, cuando el maquillaje ya no es perfecto, pero el ritmo sí. Ticket medio: 50 euros.

Una barra sin manteles (ni excusas)

En MYO (Calle García de Paredes, 63) no hay manteles ni reservas ni postres que digan “te quiero” en sirope. En su lugar, lo que hay es una barra larga, cocina a la vista y temakis servidos con la temperatura y el ritmo exactos: uno a uno, recién enrollados, sin prisa pero sin pausa.

Este hand roll bar situado en Chamberí recupera la barra como centro social. A mediodía es ágil, pero por la noche se convierte en otra cosa: la luz baja, la música sube y los propios temakis —el de lubina con grasa de vaca, el de atún con regañás, el de ensaladilla con huevas de trucha— se alternan con cócteles prebatch servidos en grifo.

Detrás están tres socios —Markel Azurmendi, Pedro García y Álvaro Laca— y en cocina, Álvar Fernández, ex de Ugo Chan, que ha conseguido mezclar técnica japonesa con sabor mediterráneo sin que parezca una ocurrencia.

Es fácil entrar sin plan y quedarse. Perfecto para primeras citas, grupos que improvisan o almas solitarias en misión de reconocimiento. El ticket medio va de 35 a 40 euros, y no hace falta reservar.

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