Una ‘fondue’ en un iglú, una clase de ‘barré’ y una sesión de fotos con ‘matcha’
El Bless Hotel, Esbarre y Unography son tres planes imprescindibles para hacer en Madrid


Madrid en invierno tiene algo que no se encuentra en otras estaciones: una mezcla de recogimiento y ganas de plan. La ciudad baja el ritmo, al menos un poco, pero no se detiene. Los días son más cortos, sí, pero también más propicios para probar cosas nuevas: lugares que invitan a resguardarse del frío sin perder de vista la vida urbana.
Tres espacios lo confirman. En el rooftop del Bless Hotel han convertido los iglús en espacios transparentes donde se sirven fondues y cócteles al abrigo del fuego. En los estudios de Esbarre, el barré —esa mezcla de ballet, pilates y cardio— se convierte en excusa para un brunch o una copa entre semana. Y en Chueca, Unography propone sesiones de autorretrato sin fotógrafo donde la cámara está encendida pero quien manda es el botón del mando.
Los tres comparten algo: invitan a salir de casa sin prisa, a ocupar la ciudad desde lo pequeño, a convertir el invierno en una estación para el disfrute.
Una ‘fondue’ en un iglú (sin salir de Madrid)
Desde noviembre, el rooftop del Bless Hotel (Calle de Velázquez, 62) cuenta de nuevo sus iglús de invierno: estructuras transparentes con calefacción, pensadas para comer o cenar con vistas a la ciudad. Están disponibles para distintos tamaños de grupo y también se pueden reservar al atardecer. La propuesta, enmarcada en su campaña Picos Pardos Winter Edition, incluye fondues, carnes y cócteles de autor.
“Es una forma diferente de disfrutar del invierno en Madrid”, explican desde el hotel. Dentro de los iglús —instalados en el barrio de Salamanca— se sirven platos pensados para compartir: destacan la fondue de queso, el lomo bajo, las berenjenas crujientes, las croquetas y la fondue de chocolate. También hay una zona acristalada y climatizada para quienes prefieren un espacio más amplio, pero con las mismas vistas. Ir un día de lluvia puede sumar puntos. “Ver las gotas caer sobre el cristal, con el fuego encendido y Madrid al fondo, tiene algo hipnótico”, comentan.
Una clase de barré (y luego, vinos o brunch)
Ana Merello descubrió el barré —una disciplina que mezcla ballet, pilates y entrenamiento funcional— buscando una alternativa más estimulante para cuidar su espalda. “Tengo una escoliosis bastante pronunciada y necesitaba algo que me motivara. Cuando probé el barré, fue un flechazo”, cuenta. Hoy dirige Esbarre, un estudio con sedes en la calle de Trafalgar, 14, y de López de Hoyos, 13, donde se entrena con música alta, luz cuidada y detalles pensados para el confort: toalla, productos de ducha y secadores Dyson incluidos.

Las clases, centradas en el trabajo postural y de fuerza, enganchan a públicos muy diversos. “Es apto para distintas edades, embarazadas o personas con lesiones. Pero lo que más sorprende es el trabajo de brazos con pesas: se tonifica muchísimo y se notan resultados rápidos”, explica. El método, creado por Jimena Villegas, está en constante evolución.
Los fines de semana son el momento favorito de muchas clientas. “El plan ideal es clase por la mañana y luego brunch. Queremos potenciar esas combinaciones con colaboraciones cercanas”, dice. Entre semana, también hay quien lo combina con la oficina o con un vino al salir. “Nosotras lo llamamos jueves de barré y vinos”. Las clases requieren reserva previa y cuestan desde ocho euros por sesión, según el bono elegido. Hay horarios de mañana, mediodía y tarde.
Una sesión de fotos (con matcha después)
En un estudio minimalista en Chueca, las cámaras están encendidas, pero no hay fotógrafos. En Unography (Calle de Pelayo, 7), los clientes se hacen las fotos a sí mismos con un mando y dos pantallas que permiten ver en directo cómo va quedando la sesión. “Queríamos romper con la rigidez de la fotografía profesional tradicional y crear un espacio donde cada persona pudiera expresarse sin presiones”, explican.

El sistema es sencillo: se elige fondo, se acciona la cámara y se posa sin límite. Las imágenes se entregan todas en digital y, en algunos casos, también impresas. “Nos interesaba ofrecer una experiencia divertida, libre y sin intermediarios, donde cada uno tenga el control de cómo quiere verse”, cuentan. El local, equipado con luz profesional y accesorios, busca ser un lugar cómodo para quienes quieren fotos solos, en pareja, en familia o con amigos.
Aunque abren todos los días de 12.00 a 21.00, recomiendan evitar los sábados para una sesión más tranquila. El precio medio va de 25 a 40 euros, según el tiempo reservado. Después, el plan puede seguir por la zona: “Dar un paseo por Augusto Figueroa, tomar un matcha o pasar por el mercado de San Antón es lo que más nos gusta recomendar”, dicen.
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