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Bengalas con champán: en el paseo de La Castellana se juega con fuego cada noche

El Ayuntamiento de Madrid carece de una ordenanza específica que prohíba el uso de pirotecnia en el ocio nocturno mientras se suceden las incidencias y cunde la inseguridad

La ruta del fuego madrileño es un paseo de apenas 20 minutos. Este recorre el eje noble de la Castellana, saliendo de la plaza de Colón hasta la estación de Metro de Gregorio Marañón. En estos dos kilómetros, hoy por hoy, se mire hacia donde se mire, es imposible no toparse con bengalas, botellas con luces pirotécnicas y antorchas que danzan entre las mesas de los comensales e iluminan la noche para quienes buscan la foto perfecta para la celebración soñada. De paso, ponen en riesgo la vida de clientes y trabajadores, como comprobaron recientemente en Fanático, el penúltimo local de moda en la capital. Allí, hace apenas unos días, un empleado se vio en la obligación de apagar un conato de incendio con un extintor. Pero las colas en la puerta del negocio continúan. La falta de regulación por parte del Ayuntamiento, que todavía anda pensando qué hacer, completa la tormenta perfecta. Entre quienes lo viven todos los días es más una certeza que un vaticinio: en cualquier momento, habrá una incidencia en la Castellana.

Actualmente, más que la prudencia, cunde cierto disimulo. El recorrido realizado por EL PAÍS este viernes por la noche entre las dos orillas de la Castellana en el tramo que va desde la plaza de Colón hasta la estación de metro de Gregorio Marañón incluye 66 números que terminan en una sucursal de Deutsche Bank. En ese tramo, los locales de ocio se reparten de forma asimétrica, ya que en la zona de los edificios pares se concentran siete bares: Zuma, Mamazzita, Chambao, Castellana 8, Keli y Marieta; mientras que en el lado impar solo se encuentra Fanático.

En algunos locales, como el propio Fanático, el susto de la semana pasada ha llevado a reducir al mínimo la pirotecnia. Para no decepcionar al personal ávido de fuego y espectáculo para sus redes, los trabajadores se ven en la obligación de aludir a una inexistente normativa española que, según ellos, ahora prohíbe el uso de pirotecnia. “Es por lo de Suiza”, se excusan. Pero en conversaciones más informales recuerdan que Madrid ya vivió un momento así: en 2023, después de que ardiera un local en Manuel Becerra a causa del empleo de fuego en un establecimiento plagado de elementos inflamables, los jefes también dieron la orden de prescindir de pirotecnia durante un tiempo. Pasados unos meses, sin embargo, vuelta a las andadas. Al menos, hasta hace apenas una semana.

Con todo, a poco que se pregunte, hay fuego para quien lo quiera. A eso de la una de la mañana, una mujer se acerca a la barra de uno de los lugares más virales del paseo, uno de esos establecimientos para bolsillos holgados donde la copa de vino más barata vale ocho euros. Pide una consumición y le confiesa a un camarero que está de cumpleaños. El barman le sonríe, toma nota y se va. Al cuarto de hora, vuelve con una sonrisa de oreja a oreja y una porción de tarta adornada por cuatro bengalas. Se produce entonces una explosión de luz que convierte al fuego en el verdadero protagonista de la noche. Después, un reguero de velas diminutas recorre todo el establecimiento de punta a punta, de forma que no queda ni un rincón sin iluminar, incluidos los suelos de madera y las lámparas y los techos de mimbre, que podrían prender en cualquier momento. Huele a cera derretida y a pólvora. El espectáculo da una idea a dos o tres clientes que también reclaman su dosis de protagonismo. En menos de una hora, los camareros llegan a distribuir una quincena de bengalas por el recinto en distintas celebraciones. Los comensales las reciben con euforia.

Los empresarios de la noche explican la nueva tendencia. “Bailar o tomar copas ya no es suficiente. Hoy la gente paga por sentir que es parte de algo especial”, asegura Gonzalo López-Hermida, director de operaciones de GLH Singular Restaurants. Pablo Rodríguez, el responsable de marketing de Mandala Group España —dueños de Sala de Despecho y la sala Houdinni—, llegó hace poco con su grupo de restauración a Madrid y ha apostado por esta zona. “Actualmente, la mayor parte del ocio nocturno y de restauración gira en torno a Colón, Serrano y la Castellana. Está muy bien ubicado respecto a las zonas de interés para el público turista y ofrece una mayor tranquilidad que Malasaña o la zona cercana a la Puerta del Sol”, afirma.

En la ciudad de Madrid hay más de 1.698 locales de ocio nocturno, de los que 299 son discotecas y 1.309 bares. Unas cifras que aumentan constantemente. Más de una decena de locales de ocio nocturno se alinean en este tramo, convertidos en templos del postureo del Madrid adinerado. Todos tienen algo en común: allí no basta con dispensar comida y bebida. El grupo GLH, que tiene más de seis locales en la zona, lo tiene claro: “La música en directo, las performances y las coreografías ayudan a crear momentos increíbles. El cliente quiere vivir algo y contarlo”. Coincide con él Vicente Pizcueta, portavoz de Noche Madrid, la patronal del sector, que explica que hay dos razones detrás de la fiebre por las discotecas y los restaurantes de esa calle del barrio de Salamanca: “Por un lado, el fenómeno del tardeo, que ha adelantado la agenda social a las seis de la tarde y que ha atraído a un público de entre 45 y 65 años que antes no era tan habitual en los locales de ocio, y por otro, los inversores latinos —particularmente mexicanos—, que han transformado la oferta de Salamanca”.

El problema es que entre esas performances figuran muchas veces los mismos elementos pirotécnicos que fueron culpables de la tragedia de Año Nuevo en una discoteca de Crans-Montana (Suiza). Allí, una bengala desencadenó un incendio que mató a 40 personas, la mitad de ellas menores. El incidente ha traído también a la memoria otros sucesos recientes, como el ya mencionado de abril de 2023: tres personas murieron en el restaurante madrileño Burro Canaglia, donde las llamas de un plato flambeado alcanzaron la decoración de plástico del techo. Seis meses después, 13 personas perdieron la vida en un incendio en una discoteca de Murcia. Ambos casos siguen bajo investigación judicial.

Vía libre para las bengalas en Madrid

El Ayuntamiento de Madrid carece de una ordenanza específica que prohíba el uso de artefactos de pirotecnia en locales de hostelería nocturna, tal y como reconocen fuentes municipales. Ahora el Consistorio está estudiando prohibir el uso de bengalas en locales de hostelería. Así lo anunció, esta semana, la vicealcaldesa de la capital, Inma Sanz: “No parece adecuado que haya algunos elementos, como las bengalas, que se están utilizando en ciertos sitios. El camino parece ir hacia la prohibición, pero veremos exactamente en qué tipo de espectáculos puede tener sentido. Quizá no en lo que tiene que ver con la hostelería generalizada”.

Mientras el Ayuntamiento se lo sigue pensando, no hay ley ni normativa alguna que prohíba por ejemplo que 50 clientes enciendan cada uno su correspondiente bengala en un restaurante a medianoche, aún a riesgo de ser pasto de las llamas en cuestión de minutos, tal y como sucedió en Fanático. “Actualmente, no se puede limitar al propietario el uso de bengalas, pero sin duda es un asunto que vamos a abordar en la futura ordenanza de prevención de incendios, en la que ya se han producido avances significativos. Esta es una cuestión que preocupa especialmente a los bomberos, dado el riesgo potencial que conlleva”, aseguran desde Noche Madrid.

El extrabajador de Fanático Luis Carlos Ríos, de 30 años, sostiene que lo ocurrido el domingo pasado no le sorprendió lo más mínimo. El incendio, explica, fue la consecuencia lógica de un proceder irresponsable, algo que tarde o temprano tenía que suceder. “Siempre comentábamos entre los trabajadores que, después del incendio de un local en Manuel Becerra, los siguientes podríamos ser nosotros”, afirma. Según su relato, tras aquel suceso se interrumpió de forma temporal el uso de pirotecnia en el restaurante, pero al poco tiempo volvió a implantarse sin que se introdujeran cambios sustanciales en las medidas de prevención.

Este coctelero venezolano trabajó durante dos años, de 2022 a 2024, en el restaurante tras haber pasado por otros locales de lujo en Madrid, y cuenta que durante ese tiempo no recibió ninguna formación específica sobre el uso de bengalas ni sobre prevención de incendios, algo que recomienda la Guía de buenas prácticas de la Comunidad de Madrid. “La formación que se proporcione a los empleados no solo debe ir encaminada a una actuación correcta en caso de emergencia, sino a identificar, comunicar, y si está en su mano, solucionar situaciones de riesgo”, se puede leer en el documento. Nada más lejos de la realidad. “Cuando se vendía una botella entera, la bengala iba atada al cuello, y los postres salían con una bengala clavada en lugar de una vela para los cumpleaños”, explica el coctelero. Ríos añade que durante su etapa en el restaurante no se realizó ningún simulacro de incendio y que no existía un botiquín de emergencia en sala. “No había ni siquiera una crema para quemaduras”, subraya.

En aquel manual de autorregulación, que la Comunidad de Madrid presentó el 26 de diciembre de 2023, ya se recomendaba que “los elementos y técnicas con llama viva deben evitarse en el interior de los establecimientos”. Como consecuencia, en discotecas como el teatro Kapital y Oh My Club optan por bengalas LED.

Rios recuerda un incidente ocurrido durante un servicio de tarde, cuando una bengala colocada en una tarta de cumpleaños se deslizó y cayó hacia la mano de un compañero. “Le provocó quemaduras de tercer grado y tuvo que coger la baja”, relata. Según afirma, tras ese accidente tampoco se implantaron cambios ni nuevos protocolos de seguridad.

Ríos no es el único que ha tenido malas experiencias con el fuego en la hostelería nocturna. Antonio (nombre ficticio) trabajó durante un año y medio en un restaurante del paseo de la Castellana como jefe de rango, un puesto orientado a asegurar que el cliente tuviera una experiencia impecable. En ese tiempo presenció varios incidentes relacionados con el uso de bengalas. “Un día no la sostuve bien y me quemé la mano. Era peligroso sobre todo cuando las tenía que cargar en las botellas”, recuerda. El relato de más de seis trabajadores de la zona coincide con su testimonio.

Sobre el manejo del fuego, Alberto, otro ex trabajador, subraya la ausencia total de formación. “No nos enseñaban ni a nosotros ni a nadie a usar las bengalas. Al cliente solo se le indicaba dónde se encendían. Un camarero iba pasando rápidamente de mesa en mesa encendiéndolas y ya está”, explica. Aunque asegura que no sentía miedo, sí reconoce el riesgo que implicaban: “Cuando se apaga la llama, el borde sigue ardiendo. Y una vez apagadas, los clientes las dejaban donde les daba la gana”.

Para Antonio de Juan, director del grupo Rosa Negra en Europa, propietario de restaurantes como Chambao y otras 12 marcas repartidas por el mundo, el uso de bengalas formaba parte de algunos de los “momentos wow” de sus locales. Asegura que, hoy por hoy, su presencia se ha reducido ya “a un 10%” tras la polémica generada en torno a la seguridad. “Estamos buscando alternativas, como bengalas LED”, explica. De Juan defiende que la experiencia gastronómica del grupo se apoya también en rituales en mesa, como el llamado Tomahawk de Cristón, una carne “muy exclusiva” que recibe un golpe de calor ante el comensal y que el maître trincha a la temperatura adecuada. Aun así, subraya que la compañía quiere adelantarse a la normativa: “Queremos tener prudencia en este tipo de actos, aunque ahora no exista una regulación específica. Se trata de usar el sentido común”, afirma De Juan.

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