Un lugar donde llorar, uno para tomar vino y otro para comer suflé: planazos para este fin de semana en Madrid
Tres lugares donde dejarse llevar en la capital: Minut, Querido Martínez y Llorería Club


En redes sociales se ha hecho viral una idea que muchos han compartido con sus mejores fotos de la ciudad: no nos enamoramos de una ciudad, sino de la versión de nosotros mismos que por fin se siente posible allí. Por eso, Madrid te Enreda propone tres planes para compartir con quienes nos ayudan a ser nuestro mejor yo: un lugar donde llorar, otro donde tomar vino y otro donde cenar un suflé. Tres experiencias diferentes en una ciudad que sabe cuidar los estados de ánimo como pocas.
Suflé y café para darse un capricho
En la calle no se divisan cartel ni vitrinas, solo un pequeño local que huele a caramelo y café recién molido. Adentro, una barra, un horno encendido y suflés subiendo. Minut (Cava de San Miguel, 6b) no parece un templo de la alta pastelería, pero lo es. “Quise democratizar la alta gastronomía y servir algo distinto, bueno y de calidad, sin protocolo ni complicaciones”, explica su fundadora, Daniela Baquerizo, criada entre cocinas en Ibiza y formada en el Basque Culinary Center.
En Minut no hay stock. Todo se hace al momento. Cada suflé —sin gluten, bajo en calorías, dulce en su justa medida— se hornea al pedirlo. Tampoco hay reservas. Solo tres mesas en la terraza y una invitación: parar, disfrutar y seguir. “Queremos ser un lujo rápido. Una pausa breve pero especial”.
El producto principal es un suflé con base de técnica francesa, difícil de encontrar en Madrid. “Muchos no saben qué es, pero lo ven y lo quieren”, dice Baquerizo. A eso se suma una carta flexible en la que el cliente puede elegir toppings y guarniciones. “Escuchamos mucho a quienes vienen. Nos piden algo nuevo, pero también sabores familiares: pistacho, Nutella, Oreo, fresa... Lo desconocido combinado con lo conocido”.
Minut busca que el cliente repita. Y ocurre. “Algunos vienen tres días seguidos. Otros lo recomiendan a familiares que visitan Madrid. Nos gusta pensar que esto ya no es solo un antojo: es el gustito de todos los días”. El ticket medio va de dos euros —si se pide solo café— a 15 si se prueba el suflé completo con acompañamiento.
Un bar de vinos con cocina que sorprende
Tres amigos, una pasión por la gastronomía y el vino y un deseo común: tener un lugar propio donde compartir lo que les gusta comer y beber. Así nació Querido Martínez (Calle de Caracas, 1), un wine bar en el centro de Madrid que funciona como un salón de casa con mejor iluminación.
“La idea surgió hace casi dos años. Siempre fantaseábamos con abrir algo juntos”, cuentan. Dos de ellos tienen experiencia en el sector alimentario y en emprendimientos anteriores, como una cervecería artesanal en Argentina. “La confianza entre nosotros, la experiencia y las ganas fueron clave para lanzarnos”, asegura uno de los socios, Federico Morano.
La fachada llama la atención: grandes ventanales permiten ver el interior, con velas, flores frescas y una iluminación pensada para quedarse. “Queremos que la experiencia gire en torno a dos pilares: la comida y el ambiente”, afirma Morano.
La carta combina productos locales con internacionales. Hay patatas bravas con salsa kimchi y soja —las patatas brasiáticas—, embutidos españoles, quesos franceses, focaccia y grisines italianos. “Queremos que lo cotidiano tenga un giro. Que la experiencia no sea solo correcta, sino diferente”, explica Morano. También hay platos que enamoran como la milanesa o el pulpo. La carta de vinos mezcla denominaciones españolas con referencias de Italia, Argentina y otras partes del mundo.
El ambiente cambia según el día. Mesas para grupos, barra junto al ventanal, sillones bajos para una experiencia más distendida. “Cuidamos cada detalle: las luces, la música, la acústica, la decoración. Y queremos que el espacio evolucione, con exposiciones de arte itinerantes y eventos culturales”, concluye Morano. El ticket medio ronda los 30 euros con vino.
Un bar para quejarse con dignidad
Madrid puede ser una ciudad agotadora. Reuniones absurdas, estrés crónico, trabajo precario. Llorería Club (Calle de las huertas,51) ofrece una respuesta inusual: “Si llorar es inevitable, hagámoslo bien”, dicen desde el local. El concepto —más que un bar— funciona como una oficina emocional donde la queja se convierte en experiencia compartida.
“La idea era crear un lugar donde uno pudiera desahogarse sin que le manden a terapia. Donde el drama se transforme en humor, ironía y cócteles”, explican. El público madrileño entendió rápido de qué iba la cosa. “Muchos entran riéndose y salen diciendo que lo necesitaban”, aseguran desde la empresa.
La experiencia va más allá de pedir una copa. La carta, el mobiliario, los objetos y los mensajes giran en torno al desahogo cotidiano. No hay promesas de felicidad, solo comprensión, ambiente relajado y humor incómodo. “No somos un bar temático clásico. Esto es una experiencia emocional con narrativa propia”, asegura su portavoz.
Quienes quieran formar parte del club pueden hacerse socios y recibir el carnet de Llorón, una identificación simbólica con beneficios como descuentos, objetos del Kit de Supervivencia Emocional y acceso a eventos especiales. “Queremos crear comunidad alrededor del drama, pero tratado con ligereza”, cuentan sus dueños. El ticket medio ronda los 15 euros.
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