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bocata de calamares
Columna

Donald Trump en el salón de mi casa

Qué raro es el contraste entre una situación global distópica y la vida cotidiana paralela: criar a una niña o tener que ir a trabajar

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, el 2 de febrero de 2026, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.FRANCIS CHUNG / POOL (EFE)

Hey, el mundo está tan tremendo que la banda sonora taquicárdica que pone Ferreras en su tertulia ya no suena exagerada. Algunos días, los mejores, me coge Al rojo vivo en casa y aprovecho para hacer gimnasia en el salón —debería llamarlo salita—, porque sobreimpresionan un reloj con segundero, que lo hace todo más frenético, pero con el que, además, puedo controlar los 40 segundos de ejercicio de alta intensidad y los 20 segundos de descanso.

Así que Ferreras dice que Trump amenaza con tomar Groenlandia y yo hago burpees, así que Ferreras dice que el ICE está matando a gente por ahí y yo me pongo con las sentadillas, así que Ferreras dice que Putin presume de potencia nuclear y yo practico el peso muerto rumano con las mancuernas que me trajeron los Reyes, doblando convenientemente las rodillas para no dañarme la lumbar.

Mens pútrida in corpore sano.

Qué raro es vivir con esta sensación de futuro abolido —me jode sobre todo por mi hijita, que todavía cree que el mundo es bueno: nos esforzamos en que aún lo sea para ella— y seguir haciendo vida normal, y que la vida, en cierto modo, lo siga siendo —si es que es normal, por ejemplo, la estafa de la vivienda—. Circula un meme en el que se intersecan tres círculos. Uno dice: “catástrofe climática inevitable”; otro dice “preludio de la Tercera Guerra Mundial”; otro dice “colapso del capitalismo tardío”. Y en la intersección de los tres se lee: “Tener que ir a trabajar”.

Es difícil situar el límite entre lo público y lo privado, entre lo individual y lo colectivo, entre lo macroscópico y lo microscópico, y entre la geopolítica y la vida cotidiana. Uno se asoma al balcón al acabar Ferreras (y la sesión de High Intensity Interval Training) esperando ver el Fin del Mundo desplegarse ante sus ojos, pero en el barrio a esas horas pasea un señor, reparte uno de Amazon, la gente vuelve con las bolsas de la compra y solo pasa un coche, de esos que no hacen ruido. Aquí tenemos nuestros propios problemas: los desahucios, el turismo masivo, la adicción a drogas chungas, los pequeños vertederos que permite el Ayuntamiento. Pero algún día estallará una bomba nuclear en algún sitio mientras un gorrión se posa suavemente sobre la rama de la acacia que toca mi balcón.

Mientras tanto, mientras vamos embutidos en el metro en pos de la oficina, los autócratas se engorilan con gigantescas ideas imperiales, con recuperar grandezas pasadas, con alimentar un ego narcisista y dejar huella en la Historia, con petarlo al Risk y todo eso; cosas muy alejadas de ese señor que pasea por mi calle, del repartidor de Amazon, de los que vuelven de la compra, del gorrión, de la acacia, de mi rutina de ejercicios de alta intensidad que en solo 18 minutos ponen mi metabolismo al rojo vivo.

Añoro los tiempos en los que observaba la situación internacional como los niños que ven un avión cruzando el cielo: lo señalan, se asombran y vuelven a sus juegos, porque no les influye para nada. Ahora es difícil separar la vivencia cotidiana de lo que pasa en los periódicos —qué cosa tan horrenda— porque el mundo es global, hiperconectado, y porque vivimos enganchados a unos aparatos que nos dicen en tiempo real dónde y cuánto se mata, se persigue, se destruye, en cada preciso momento: Irán, Gaza, Minnesota. Nos llega todo lo que pasa, sobre todo si lo que pasa es apocalíptico, como la muerte lenta de la democracia.

Estaría bien apagar el móvil y que las malas noticias desapareciesen. Por lo demás, ahora, cuando la gente mira a los aviones que cruzan el firmamento, allá a lo lejos, no ve asombro: ve maléficos chemtrails.

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