¿Subir (mucho) el alquiler es de malas personas?
El problema de la vivienda también tiene una dimensión moral: los propietarios son libres de no obedecer al mercado ni exprimir a sus semejantes. Algunos lo hacen


Circulaba por las redes un meme tragicómico. En la primera viñeta aparecía un señor, así muy agreste y random, supuestamente un casero, que decía: “No soy yo… ¡Es el mercado!”. Se refería a las subidas abusivas del alquiler... ¡Qué podía hacer él! En la siguiente viñeta se retrataba al “mercado”: era el mismo tío replicado al infinito, repitiendo la misma frase.
El chiste era simple y certero: el mercado sube porque mucha gente encarece los pisos escudándose en que el mercado sube. Hay presión, hay fiebre del oro, porque lo avisan los colegas en el bar (“¡Súbelo, no seas tonto!“) y aprieta el de la inmobiliaria (“¡La cosa está calentita!”). Porque el mercado no es una entelequia metafísica ni un Dios todopoderoso que dictamina la realidad: el mercado es un montón de gente tomando decisiones.
Supongo que el funcionamiento del mercado no es tan sencillo, y que obedece también a otros factores; pero el meme era agudo al señalar una dimensión del problema de la vivienda que no se suele señalar: la dimensión moral. La responsabilidad individual de los propietarios. Precisamente, para Marx, el capitalismo es el sistema en el que el capital pone a los seres humanos al servicio de su reproducción, y no a la inversa (recuerda al gen egoísta de Dawkins). Y, como vemos, hay quien es un perfecto sirviente de esa reproducción del dinero.
Ahora que la “libertad” mola tanto, habría que recordar que los propietarios —particulares, fondos, bancos, empresas—, también son perfectamente libres de poner precios por debajo de mercado, son libres de abstenerse de subidas abusivas que expulsan o exprimen a los vecinos. De hecho, se pueden encontrar caseros que ejercen esa libertad y que mantienen precios razonables, porque entienden que la vivienda no es un huerto del que sacar la máxima rentabilidad posible apretando al personal, sino un sitio donde la gente radica sus vidas y de la que no hay que abusar. Porque está mal.

Por supuesto, no podemos ser tan ingenuos de pensar que la forma de acabar con el problema de la vivienda sea apelar a la ética y dejándolo a la buena voluntad de los que poseen España. Son precisas soluciones colectivas, es precisa la regulación, es precisa la intervención de ese mercado formado por señores random diciendo que no pueden hacer nada contra la triste realidad —esa que, vaya, les hace forrarse. Es precisa, en fin, la política.
Resulta inquietante que la emergencia habitacional en España se pueda ver cada día en la tele, en la radio, en este periódico, y más inquietante que a muchos les resbale. No va con ellos un desastre social que nos rodea y que genera sufrimiento e incertidumbre, que cercena el futuro de la juventud y amplía la brecha entre las clases sociales, entre los rentistas y los inquilinos.
Resulta inquietante que, no siendo ningún secreto —siendo, más bien, el gran asunto—, aun así, haya muchos señores y señoras y entidades que hacen oídos sordos y siguen aumentando los alquileres o acaparando pisos turísticos. No son ellos… ¡es el mercado! Algunos, intuyo, hincharán el pecho como patriotas —porque es tiempo de patriotas—, ignorando que la patria no es una bandera o un himno, sino que la patria son los demás. Incluso los inquilinos.

En fin: habitamos —como podemos— la era del individualismo extremo y de la crueldad, en todo nivel y ámbito, y apelar a la solidaridad y al cuidado suena naíf. Hoy somos peña chunga, hoy la maldad no solo hay que darla por descontada, como comportamiento natural del ser humano, sino que tampoco se debe criticar si sucede conforme a la lógica del beneficio. Lo contrario, plantear las cuestiones éticas, resulta hoy buenista. Pero, como dice Mauro Entrialgo, vivimos chapoteando en la charca del malismo.
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