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La resistencia para que la lechuza no desaparezca de Madrid: “Sería una tragedia perderla, y vamos camino de ello”

La población de esta rapaz nocturna ha descendido en los últimos años en la Comunidad, a pesar de los intentos para reforzar su presencia

Lechuza Madrid

El vuelo silencioso de las lechuzas se ha alejado de la Comunidad de Madrid. Aficionados del avistamiento de aves les han perdido el rastro pese a que en una época no muy lejana era común verlas en graneros o campanarios, muy cerca de los humanos. Así lo comentan algunas personas en un grupo de Facebook enfocado en la ornitología, la rama de la zoología que se dedica al estudio de las aves. “En Móstoles, hace 20 años que no veo una lechuza. Y se veía alguna dentro de la ciudad”, dice Oliver García. “Hace 30 años, siempre escuchaba una desde mi casa, en Alcalá de Henares. Empezaron a tirar casas antiguas para construir pisos y nunca más se supo”, sigue Lilith. Y aunque organizaciones dedicadas a la conservación animal han intentado reforzar la población de la lechuza en Madrid mediante la liberación de ejemplares criados en centros especializados, el siseo de estos rapaces está dejando de escucharse en las noches. Expertos coinciden en que “sería una tragedia” perder la especie en Madrid, un riesgo que, como el aleteo de la lechuza, sobrevuela silenciosamente.

El último censo que se elaboró en la Comunidad corresponde al 2018 y fue hecho por Brinzal, ONG dedicada a la conservación, el estudio y la recuperación de la biodiversidad. El conteo estimó una población aproximada de entre 25 y 37 parejas reproductoras en la región, lo que reflejó una disminución cercana al 70% en los últimos 20 años. Sin embargo, es probable que la cifra haya bajado desde entonces, según advierten desde la misma organización.

Iván García, madrileño de 47 años, trabaja como técnico de campo en Brinzal y ha estado al frente de varios proyectos con foco en la conservación de las lechuzas. Él recuerda su niñez en Estremera y los recorridos que hacía en bicicleta. Solía encontrar lechuzas y mochuelos atropellados en la carretera. A pesar de ser una imagen impactante, también era muestra de una población mayor de la especie hace tres décadas. “Ahora no les ves nunca. No recuerdo la última lechuza salvaje que haya visto en Madrid y que no sea de las que tenemos localizadas”, lamenta.

Desde el centro de recuperación de Brinzal, ubicado en la Casa de Campo, García destaca que la lechuza es una especie que históricamente ha estado ligada al centro peninsular y advierte de que “sería una tragedia perderla”. El problema, subraya, es que la Comunidad “está en camino de ello”: “Ahora mismo, las lechuzas que quedan en Madrid se cuentan con los dedos. Si no se hace algo, va a terminar desapareciendo. Y el mochuelo, que todavía es más abundante, lleva la misma dinámica”.

En lo que va de año, Brinzal ha liberado 70 ejemplares. Todos nacieron de nidadas puestas por lechuzas irrecuperables ―aves que, por sus condiciones, no pueden valerse por sí mismas en un entorno salvaje―. Son ocho parejas. Las hembras: Onubense, Duna, Charrita, Lagertita, Muñoncita, Codito, La Malhecha y Charra. Y los machos: Secallon, Olaf, Butifarro, Gamusino, Riano, Piratilla, Urtzi y Empordito. Después de que las lechuzas ponen los huevos, estos son llevados a incubadoras para intentar tener una tasa de eclosión cercana al 100%. Cuando nacen, los polluelos son devueltos a sus padres para que los críen.

Las parejas censadas en 2018 estaban principalmente en el sur y el este de la Comunidad de Madrid, en la zona de La Campiña (Talamanca de Jarama, Fuente el Saz y alrededores). Sobre las causas del declive y los factores que limitan a la especie, García explica que los estudios han demostrado varios factores: “El problema más grave que encontramos es la pérdida de calidad de los ecosistemas unidos a la agricultura”. Se trata de la intensificación agraria y el uso de productos químicos ―venenos, herbicidas y pesticidas―. También la reducción de las superficies no productivas que dividen los cultivos.

En su conjunto, esto provoca que “cada vez haya menos vida”, según expone el técnico, y deriva en que depredadores como la lechuza no tengan disponibilidad de presas. “En muchos sitios, con los herbicidas, se acaba con la vegetación silvestre. Eso provoca que haya menos insectos o que desaparezcan. También hay menos roedores y pájaros. Es una cadena. En el momento en que va faltando todo, la lechuza tiene mucha menos disponibilidad de comida para garantizar el recambio poblacional (aproximadamente el 75% de los pollos no llegan a reproducirse al año siguiente y mueren durante el primer invierno). Esto se repite año tras año y las poblaciones colapsan”, detalla García.

Virginia Escandell, técnica de la Unidad de Especies y Espacios de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife), subraya que la lechuza es la especie nocturna que más descenso ha tenido: un 70% entre 2006 y 2024, según los últimos datos analizados. Escandell coincide con García en los factores que han incidido en el declive de la lechuza en la Comunidad de Madrid. “A causa de los productos químicos que se usan para acabar con las plagas en el campo, hay un déficit de alimento para las rapaces. Si no hay depredadores, hay más plagas. Si hay más plagas, se usan más productos químicos para acabar con ellas. Es un círculo que se mantiene a las malas”, alerta.

En el panorama continental, según cifras de la Lista Roja Europea de Aves 2021, la población reproductora de la lechuza común se estima entre 164.000 y 356.000 ejemplares maduros, con tendencia decreciente. Con los programas de conservación, Brinzal ha invitado a los agricultores a no utilizar veneno para el control de plagas y, en su lugar, colaborar con la instalación de cajas nido en sus predios para que rapaces como las lechuzas o los mochuelos se encarguen de ese control.

Una ruta incierta

Esta entidad calcula que una pareja reproductora de lechuza común, dependiendo del número de puestas y del número de pollos por puesta, puede comer entre 3.000 y 4.000 roedores al año. En los últimos cinco años, Brinzal ha liberado 207 lechuzas, pero no dispone de datos respecto al sexo de las mismas. También han instalado 58 cajas nido. Las liberaciones han tenido lugar en zonas como Algete, Daganzo, Camarma de Esteruelas o Colmenar Viejo, aunque suelen cambiar anualmente. El inconveniente es que, después de la liberación, la ruta que siguen las lechuzas es incierta.

“Estas aves, de forma natural, se dispersan entre tres y 400 kilómetros. Es muchísimo. El problema es que liberamos lechuzas y luego no volvemos a saber nada de ellas. No sabemos si mueren, si se van a otras provincias o si están en Madrid, pero no están localizadas”, reconoce el experto. Un seguimiento a largo plazo es complicado. El único método aplicable para rapaces nocturnas es por radio, con transmisores de VHF. Sin embargo, requiere demasiado esfuerzo. Básicamente, para detectar la zona en la que está el animal hay que perseguirlo con unas antenas.

En estado salvaje resulta insostenible, pues la lechuza puede cambiar de posición rápidamente y el entorno también obstaculiza la señal de los transmisores. Para que este seguimiento valga la pena, habría que hacerlo todos los meses porque lo ideal es cuantificar los ejemplares que llegan al año siguiente a reproducirse.

Aunque hay tecnología para seguir aves pequeñas con GPS o GSM, su aplicación a las lechuzas no es viable. La alimentación de estos emisores es con una placa solar, que funcionan bien de día, pero no aplica igual para aves nocturnas. Organizaciones como Brinzal y SEO/BirdLife forman parte de la resistencia para que la lechuza no desaparezca de Madrid. El centro de recuperación de Brinzal consta de nueve naves, ocho trabajadores y un centenar de voluntarios, y se financia con recursos privados y públicos, con el aporte del Ministerio para la Transición Ecológica y de la Consejería de Medio Ambiente.

Poco a poco, ha adaptado sus instalaciones para causar menos impacto en las aves. Una de las adecuaciones más recientes es la instalación de cámaras en las naves para vigilar a las especies. Así pueden estudiar su comportamiento y verificar en qué condición se encuentran sin necesidad de incomodarlas continuamente.

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