Año nuevo, cambio de armario
El Museo del Traje renueva su colección permanente


Año nuevo, cambio de armario. Ya, ya, no es así el refrán, y tampoco es época de cambiar las prendas del ropero, eso es más propio de los equinoccios, pero es lo que más se ajusta a la situación del Museo del Traje, que acaba de renovar su colección permanente. ¿Qué significa esto? Pues que se exponen más de 350 piezas que no se mostraban hasta ahora, otras se han guardado en los almacenes; han cambiado 28 vitrinas de 54. ¿Y por qué? Por las características específicas de los materiales que exhibe este museo: fundamentalmente textiles. La conservación de los tejidos requiere un exhaustivo control de la luz y la humedad, ya que si no están en los valores adecuados dañan el material, por tanto, perjudica su conservación. Ese es uno de los motivos por los que nos han llegado más esculturas antiguas que trajes, esto es una manera muy simplista de explicarlo, lo sé, pero es gráfico. Es fácil entender que piedras y metales duran más que fibras vegetales o animales, que es lo que son el lino, el algodón, la lana, la seda... De ahí, que se roten las piezas para no estar expuestas más tiempo del que les conviene. La última gran rotación databa de 2021. Las novedades se presentaron hace menos de un mes y todos los cambios de los que informaron me hicieron pensar: “Año nuevo, museo nuevo”. Pero no.
Es un museo que conozco y al ver la cantidad de novedades que anunciaban me dije: “¡Va a estar irreconocible!”. Me equivoqué al crearme expectativas que se fomentaron al entrar y ver la primera vitrina, ahora dedicada al modelo del mes ―este enero, un traje de chaqueta de Yves Saint Laurent (1969-1970)―, una de las actividades con más solera del museo a la que se le otorga un espacio preferente. Pero según iba adentrándome en las salas, notaba diferencias pero sutiles. No era otro museo, era el Museo del Traje que yo conocía. Me paré y, rodeada de vestidos camisa (los quiero todos), chaquetas de frac, mantillas y cofias, recapacité: “¡Claro!”. No consiste en crear otro museo, es el mismo, el discurso expositivo es el mismo, no es innovar por innovar, es innovar por conservar. Esto se consigue gracias al gran fondo de armario del museo, unas 200.000 piezas. Todo responde a un programa pensado para el bien de las piezas y del visitante. Y ahí radica la grandeza de los trabajadores de esta y de otras tantas instituciones como esta. Profesionales cuya intervención es invisible pero fundamental para que la calidad de la visita sea buena, para que los objetos estén en perfectas condiciones y para que la relación entre las piezas y espectadores sea perfecta: que las primeras comuniquen y que los segundos aprendan, se sorprendan y disfruten.

La vida de los museos y de las personas que los hacen va más allá de los que están en los centros de las ciudades, en los ejes turísticos, de las renombradas exposiciones y de los récords de visitas. Buena fecha para recordarlo, ahora que se están difundiendo las cifras de visitas de 2025 y parece una competición: “Citius, altius, fortius”. Que la entrada del Thyssen parezca el vestíbulo de la estación de metro de Sol o que la galería central del Prado sea comparable a la calle de Preciados en Navidad no son buenas señales, perjudica la visita. Morir de éxito es morir.
El Traje está lejos de eso, situado entre Moncloa y Ciudad Universitaria, no es el lugar más concurrido, allí no se cae por casualidad. Pero tanto si no se conoce el museo como si es para disfrutar de la renovada colección, merece la pena una visita. La indumentaria habla de modas, de materiales, de hábitos y costumbres, de grupos sociales, de evolución, de tradición, de sus creadores, de la cultura de masas, de artesanía, de la revolución industrial, de la producción en serie, del franquismo, de Hollywood... Del pasearse para lucirse y dejarse ver en Paseo del Prado del siglo XVIII; del encorsetar y liberar el cuerpo femenino; de las tarascas; de las revistas de moda del siglo XIX, bastante anteriores a la eterna Anna Wintour; de las capas tan de moda en Nochevieja, las de Ramón García ya son casi objetos de museo, de la última, a bote pronto, recuerdo: la de Amaia Montero, Sandra Barneda, Laura Escanes y, claro, la de Cristina Pedroche. Por las salas hay reminiscencias a Zurbarán, Goya, Federico de Madrazo, abuelo de Mariano Fortuny, cuyas creaciones tienen un área exclusiva. Echo de menos a Balenciaga, solo una vitrina con algunos sombreros y la influencia que tuvo en otros diseñadores no hace justicia a quien fuera una de las figuras más importantes de la moda española, si no la más relevante.
Sin embargo, en la parte final del recorrido por más de tres siglos de historia sí que está muy bien representado Francis Montesinos, uno de los más importantes modistas españoles de los años setenta y ochenta, se exhiben muchas prendas diseñadas por él, pero falta una de sus propuestas características: las faldas masculinas. El museo contó en sus redes sociales que le había pedido alguna a los Reyes Magos, yo me sumé y les pedí más espacio para Balenciaga y que el área didáctica funcione como tal, desde la pandemia no se ha vuelto a abrir. Ojalá nos cuenten pronto qué nos han traído.

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