Ir al contenido
_
_
_
_
¡VAYA, VAYA!
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Año nuevo, cambio de armario

El Museo del Traje renueva su colección permanente

Año nuevo, cambio de armario. Ya, ya, no es así el refrán, y tampoco es época de cambiar las prendas del ropero, eso es más propio de los equinoccios, pero es lo que más se ajusta a la situación del Museo del Traje, que acaba de renovar su colección permanente. ¿Qué significa esto? Pues que se exponen más de 350 piezas que no se mostraban hasta ahora, otras se han guardado en los almacenes; han cambiado 28 vitrinas de 54. ¿Y por qué? Por las características específicas de los materiales que exhibe este museo: fundamentalmente textiles. La conservación de los tejidos requiere un exhaustivo control de la luz y la humedad, ya que si no están en los valores adecuados dañan el material, por tanto, perjudica su conservación. Ese es uno de los motivos por los que nos han llegado más esculturas antiguas que trajes, esto es una manera muy simplista de explicarlo, lo sé, pero es gráfico. Es fácil entender que piedras y metales duran más que fibras vegetales o animales, que es lo que son el lino, el algodón, la lana, la seda... De ahí, que se roten las piezas para no estar expuestas más tiempo del que les conviene. La última gran rotación databa de 2021. Las novedades se presentaron hace menos de un mes y todos los cambios de los que informaron me hicieron pensar: “Año nuevo, museo nuevo”. Pero no.

Es un museo que conozco y al ver la cantidad de novedades que anunciaban me dije: “¡Va a estar irreconocible!”. Me equivoqué al crearme expectativas que se fomentaron al entrar y ver la primera vitrina, ahora dedicada al modelo del mes ―este enero, un traje de chaqueta de Yves Saint Laurent (1969-1970)―, una de las actividades con más solera del museo a la que se le otorga un espacio preferente. Pero según iba adentrándome en las salas, notaba diferencias pero sutiles. No era otro museo, era el Museo del Traje que yo conocía. Me paré y, rodeada de vestidos camisa (los quiero todos), chaquetas de frac, mantillas y cofias, recapacité: “¡Claro!”. No consiste en crear otro museo, es el mismo, el discurso expositivo es el mismo, no es innovar por innovar, es innovar por conservar. Esto se consigue gracias al gran fondo de armario del museo, unas 200.000 piezas. Todo responde a un programa pensado para el bien de las piezas y del visitante. Y ahí radica la grandeza de los trabajadores de esta y de otras tantas instituciones como esta. Profesionales cuya intervención es invisible pero fundamental para que la calidad de la visita sea buena, para que los objetos estén en perfectas condiciones y para que la relación entre las piezas y espectadores sea perfecta: que las primeras comuniquen y que los segundos aprendan, se sorprendan y disfruten.

La vida de los museos y de las personas que los hacen va más allá de los que están en los centros de las ciudades, en los ejes turísticos, de las renombradas exposiciones y de los récords de visitas. Buena fecha para recordarlo, ahora que se están difundiendo las cifras de visitas de 2025 y parece una competición: “Citius, altius, fortius”. Que la entrada del Thyssen parezca el vestíbulo de la estación de metro de Sol o que la galería central del Prado sea comparable a la calle de Preciados en Navidad no son buenas señales, perjudica la visita. Morir de éxito es morir.

El Traje está lejos de eso, situado entre Moncloa y Ciudad Universitaria, no es el lugar más concurrido, allí no se cae por casualidad. Pero tanto si no se conoce el museo como si es para disfrutar de la renovada colección, merece la pena una visita. La indumentaria habla de modas, de materiales, de hábitos y costumbres, de grupos sociales, de evolución, de tradición, de sus creadores, de la cultura de masas, de artesanía, de la revolución industrial, de la producción en serie, del franquismo, de Hollywood... Del pasearse para lucirse y dejarse ver en Paseo del Prado del siglo XVIII; del encorsetar y liberar el cuerpo femenino; de las tarascas; de las revistas de moda del siglo XIX, bastante anteriores a la eterna Anna Wintour; de las capas tan de moda en Nochevieja, las de Ramón García ya son casi objetos de museo, de la última, a bote pronto, recuerdo: la de Amaia Montero, Sandra Barneda, Laura Escanes y, claro, la de Cristina Pedroche. Por las salas hay reminiscencias a Zurbarán, Goya, Federico de Madrazo, abuelo de Mariano Fortuny, cuyas creaciones tienen un área exclusiva. Echo de menos a Balenciaga, solo una vitrina con algunos sombreros y la influencia que tuvo en otros diseñadores no hace justicia a quien fuera una de las figuras más importantes de la moda española, si no la más relevante.

Sin embargo, en la parte final del recorrido por más de tres siglos de historia sí que está muy bien representado Francis Montesinos, uno de los más importantes modistas españoles de los años setenta y ochenta, se exhiben muchas prendas diseñadas por él, pero falta una de sus propuestas características: las faldas masculinas. El museo contó en sus redes sociales que le había pedido alguna a los Reyes Magos, yo me sumé y les pedí más espacio para Balenciaga y que el área didáctica funcione como tal, desde la pandemia no se ha vuelto a abrir. Ojalá nos cuenten pronto qué nos han traído.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Rut de las Heras Bretín
De niña era lectora de 'El pequeño País'. Ahora es editora y redactora de temas culturales. Licenciada en Historia del Arte y máster de Museografía por la UCM; y máster de Periodismo UAM-EL PAÍS. Antes de trabajar en el diario, lo hizo en museos como el Arqueológico Nacional y el Reina Sofía. Cree en la cultura como arma de construcción masiva.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_