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Johanna Von Müller-Klingspor: “Cuando migras, todo lo que sueñas está al otro lado del miedo”

Con un restaurante en Velázquez y un catering de lujo, la austríaco-venezolana se ha convertido en una de las latinas más influyentes de la hostelería madrileña

La venezolana Johanna Von Müller-Klingspor en su restaurante 'El Velázquez 17', en una imagen cedida.
Lucía Franco

Johanna von Müller-Klingspor (Viena, 49 años) avanza a zancadas rápidas entre la cocina de su restaurante en Velázquez 17, la terraza del Campo del Moro y un montaje en el Palacio de Cibeles. Entre medias, responde mensajes, supervisa proveedores y cuelga en redes imágenes de lo que casi nadie muestra: el estrés, los contratiempos y las horas interminables que hay detrás de un cóctel perfecto o de un banquete para cientos de personas. “A mí me gusta mostrar lo que no es tan lindo, porque no todo lo que brilla es fácil”, dice, con esa mezcla de franqueza y cercanía que la caracteriza.

Mitad austríaca, mitad venezolana, se crió entre Caracas, Viena, EE.UU y Asia por el trabajo de su padre. Llegó a Madrid hace 23 años para cursar un posgrado en el Instituto de Empresa (IE), atraída por la idea de una ciudad que —como ella— combina estructura europea y efervescencia latina. “Madrid era lo que yo siempre había buscado. No es Venezuela, no es Austria, es la mezcla perfecta. Tiene orden y sistema, pero también alegría y vida”.

De niña soñaba con trabajar en la ONU. “Quería cambiar el mundo. Luego descubrí que esas organizaciones eran una burocracia enorme, pero me quedó el instinto de hacer algo dirigido hacia la gente”, explica. Lo encontró en la hostelería: “Crear espacios de alegría es también una forma de llegar a muchas personas”.

Su primer negocio no fue un restaurante, sino la organización de eventos en la universidad. “Era muy fiestera”, admite. Aquella semilla —la adrenalina de un montaje que toma forma— marcó su camino. Tras graduarse, se quedó en el IE escribiendo casos de estudio y colaborando en medios como ¡Hola! Living, hasta que un día, junto a una amiga, montó un pequeño catering en casa. De ahí pasó a abrir su primer restaurante, Café Murillo, hace 15 años, y luego el de Velázquez. Durante un tiempo, el catering quedó en pausa.

La venezolana Johanna Von Müller-Klingspor en su restaurante 'El Velázquez 17', en una imagen cedida.

La pandemia lo cambió todo. Con la ayuda de una prima, volvió a apostar por los eventos. “El catering es mi pasión. Esa adrenalina es adictiva”, afirma. La dupla se complementa: Johanna es la expansiva que acepta retos imposibles; Katerina, su prima, la perfeccionista que aterriza las ideas. “Yo puedo decir que sí a 600 personas sentadas y ella se encarga de calcular cuántos platos necesitamos”.

Hace tres meses, la empresa fue adquirida en parte por Ugalsa, un gigante del sector que buscaba entrar en el mundo de los eventos de lujo. El salto les ha permitido crecer y asumir proyectos como el Mad Cool, donde sirvieron a 12.000 personas en tres días. “Desde el último palillo hasta la última aceituna, todo estaba personalizado”, recuerda.

En su filosofía de trabajo, el miedo es gasolina. “Aprendí que el miedo bien gestionado se convierte en impulso. Cuanto más susto he tenido, mejor lo he hecho. Cuando migras, todo lo que sueñas está al otro lado del miedo”. No se planteó trabajar para otros: “Siempre quise mi propio negocio. El venezolano es muy emprendedor porque está todo por hacer. Aquí no tuve más dificultades por ser mujer migrante latina que las que enfrenta cualquier pequeño empresario. Lo que sí encontré fue un folio en blanco para escribir mi historia sin condicionamientos”.

Ese folio en blanco le permitió crear saliéndose del sota, caballo y rey. Su catering destaca por una puesta en escena cuidada y creativa, adaptada al sector de lujo pero capaz de atender a miles de personas sin perder exclusividad. “Lo fácil es volverse cutre cuando creces, pero yo creo que se puede hacer bonito y bien, aunque sean 6.000 clientes a la vez”.

En Madrid, dice, la migración latina ha enriquecido todos los sectores: “En la gastronomía, en la moda, en la estética y en cómo se gasta. El latino gasta distinto, fomenta empleo y eso impulsa a la ciudad”. Su restaurante de Velazquez 17 en pleno barrio Salamanca refleja su propia maleta de viaje: sopa de cebolla francesa, schnitzel austríaco, tequeños venezolanos. “Es ecléctico, como yo”.

Al igual que otras empresarias latinas en Madrid, Johanna dedica parte de su tiempo a tejer redes organizando cenas y encuentros con mujeres de distintos países, edades y sectores. “Cuando emigras, caen todas las barreras y estereotipos. Aquí tienes amigas mayores y menores, de lugares que en tu país nunca habrías imaginado. Escuchar otras historias te enriquece y te conecta”.

Su comunidad incluye desde tecnólogas hasta escritoras, pasando por agentes inmobiliarias y chefs. “Al final, juntas somos más fuertes. Yo creo que conectando crece todo el mundo: las que se conocen, las que colaboran y tú misma”.

No le atrae la idea de retirarse. “Mientras lo disfrute, seguiré trabajando. Este es un trabajo duro, pero también es mi vida. Me da energía”. Su agenda está marcada por eventos que requieren precisión milimétrica y, al mismo tiempo, la flexibilidad de improvisar cuando algo falla. “Es como tirarse al vacío sin paracaídas y confiar en que vas a aterrizar bien”.

Madrid, asegura, le ha dado tanto como ella ha invertido en la ciudad. “Aquí aprendí que se puede empezar de cero y llegar lejos. El truco está en no quedarse quieta”. En su caso, eso significa alternar reuniones con clientes, supervisar cocinas, probar menús, visitar montajes y cerrar el día con una copa de vino y una nueva idea para el próximo evento.

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Sobre la firma

Lucía Franco
Es reportera de la sección de Madrid. Anteriormente trabajó en EL PAÍS Colombia y en El Confidencial. Es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Javeriana de Bogotá y máster en Periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y EL PAÍS. Ha recibido el Premio APM al Periodista Joven del Año 2021.
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