Coleccionistas de camelias: los codiciados santuarios secretos de Galicia que compiten por tener flores únicas
En Pontevedra y A Coruña hay fincas privadas con hasta 4.000 variedades. Muchas no se venden. Hay plantas que viajaron desde California o Vietnam en una carta, pero también ocultas en libros o en los bajos de un coche

Para adentrarse en uno de los santuarios secretos de la camelia en Galicia no hay que pagar entrada ni saberse un santo y seña. Hay que ganarse la confianza del dueño. Y jurar que no robarás, ni semillas ni ramas —aunque durante el paseo él mismo te vaya llenando las manos de flores—, porque el verdadero tesoro, para los coleccionistas de camelias, está en la genética. La caprichosa genética les ha empujado a atravesar continentes, a rastrear la selva, a buscar contactos hasta en el infierno, a pagar miles de euros, o a trabajar paciente, discretamente, durante muchos años para conseguir sus propias variedades. Son flores únicas o casi únicas en el mundo. Por eso robar está tan mal visto y es tan injusto.
Galicia, y sobre todo sus provincias atlánticas, son el paraíso de la camelia en España; también el primer lugar de Europa en el que se ha empezado a cultivar té, procedente de la Camellia sinensis, desde la Estación Fitopatolóxica Areeiro (Pontevedra) y el pazo de Quinteiro da Cruz (Ribadumia, Pontevedra) hasta las plantaciones de la marca de infusiones Orballo, en Betanzos (A Coruña). La camelia es una de esas bellas cosas que traen la lluvia, el clima templado, la tierra ácida, los espacios umbríos. Aquí su floración inaugura todos los inviernos un calendario ritual, con rutas promovidas por la Diputación de Pontevedra y Turismo de Galicia; visitas y excursiones a una quincena de pazos y jardines con ejemplares de hasta 12 metros de altura y casi cuatro siglos; exposiciones en casi 30 localidades y un competitivo concurso en el que el mejor cultivador del año gana la anhelada Camelia de Ouro. Un evento bajo techo en el que también, protestan los contrincantes, se hurtan ramas para hacerse con tal o cual deseada, ignota y exclusiva variedad.
El certamen va rotando entre los ayuntamientos de Pontevedra, Vilagarcía de Arousa y Vigo, y el ganador de una edición no puede presentarse en la siguiente, para alivio de sus rivales, porque ese año le tocará formar parte del jurado. Esta vez, en el 61º Concurso y Exposición Internacional celebrado entre el 7 y el 8 de marzo en Vigo, venció Abelardo Barcala, y cuenta que cuando estaban entregándole el trofeo un hombre se arrimó a la mesa con sus camelias, en la que exponía medio ciento de variedades, y echó mano de varias púas. Si llegasen a prender, conseguiría su propia colección sin más esfuerzo. Barcala, nativo de Rubiáns (Vilagarcía, Pontevedra), iba para futbolista profesional, pero una tozuda lesión de rodilla torció su pasión hacia las flores que ya cultivaba su padre (de igual nombre y apellido, que ya van “15 generaciones de abelardos Barcala”) y que hasta entonces no le interesaban “para nada”.
A sus 36 años, y con varias Camelias de Ouro en su haber, Barcala es posiblemente el coleccionista más joven de Galicia en un colectivo, lamenta él, “muy avejentado y sin relevo”. Con el tiempo, este hombre casado y con dos hijos, que se gana la vida como estibador en el puerto, asegura que lo aprendió “todo” de los “mejores cultivadores de camelias” que conoce y de los que habla con veneración: Eusebio López, viverista de Ortel, Fene, y Begoña Franco, de Boiro, ambos en la provincia de A Coruña. Si Abelardo, que ha invertido ya “más de 90.000 euros” en plantas, cuenta con una colección de 2.000 variedades de camelias en su finca de 5.000 metros cuadrados; Eusebio, considerado un referente mundial de este arbusto originario de Asia, calcula que cultiva “unas 4.000 variedades” en casi cinco hectáreas, además de infinidad de magnolios distintos, hasta de flores azules. Los nombres más exóticos y orientales de las camelias en estos jardines particulares se mezclan con las bautizadas con nombres de mujer (por supuesto, hay también una en homenaje a Lady Di); las referidas a acontecimientos (como Valentine’s Day, que empieza a florecer en esa fecha) y otras mucho más autóctonas, con nombres gallegos, como la Roncudo o la Barrantes.
Eusebio López, vocal de la Sociedad Española de la Camelia, con sede en Pontevedra y presidida por Carmen Salinero, cuenta que empezó de niño, por pura fascinación, cuando nadie en su familia se lo había inculcado. “A los seis... ocho años iba en bici a comprar plantas, porque era lo que me gustaba” explica este gurú de las camelias, de 51 años. Después de cuatro décadas, ha logrado un patrimonio botánico difícil de igualar, y ha rechazado ofertas tan importantes como la de una marca de perfume, posiblemente la más famosa del mundo, para producir pétalos rojos para sus cosméticos. Sin hacer alarde de ello, ha bautizado muchas variedades propias, de colores inimaginables para el común de los mortales a partir de otras llegadas de Vietnam, Laos, Camboya, Inglaterra, California: del amarillo intenso al morado casi negro, pasando por los blancos, los rosas, los cremas, los rojos y burdeos; con hojas jaspeadas, diminutas o gigantes, aserradas o rematadas en varias puntas; con fragancia, con formas péndulas o capaces de regalar flores desde el otoño hasta el verano.
El viverista de Fene ya no concursa, y no esconde su decepción con la deriva del mundo de la camelia en Galicia. “Llegó a haber nivelón. Entre el 95 y el 2012, más o menos, competían siete u ocho contrincantes muy potentes, gente muy respetada como Pepe Arán [Pontevedra], Leonor Magariños [Cuntis, Pontevedra] o Conchita Sarmiento [Arbo, Pontevedra]”, recuerda con añoranza: “Ahora, sobre todo, son aficionados, no coleccionistas, porque los de antes han ido cumpliendo años, ochenta y pico... noventa..., y desde la pandemia muchos se nos fueron”. Es, pone por ejemplo, el caso de Manuela Couso, también ganadora de las codiciadas insignias de oro en forma de camelia.
“Manuela era una mujer humilde”, describe López, que regentaba el bar de enfrente del Balneario de Cuntis y aprovechaba la llegada de cada turista “británico o alemán” para ponerlos al teléfono y negociar con medio mundo la compra de camelias. Se convirtió, con mucho esfuerzo, en custodia de 900 variedades y llegó a crear híbridos propios. Ahorraba hasta poder pagar “millones de pesetas” para poder importar. “Y en las aduanas le tiraban muchas”, asegura Eusebio López. Pero ella no desfallecía pese a todo aquel gasto perdido por algún problema con el pasaporte fitosanitario. En sus últimos años, una bacteria bloqueó, además, las importaciones desde fuera de Europa. En una ocasión, su amor a las camelias llevó a Manuela a arriesgar la vida: su casa empezó a arder, se convirtió en “un volcán”, describía ella años después. Dentro guardaba los ahorros para una transacción internacional. Sin dudarlo, se adentró en las llamas.
La historia de la camelia en Galicia está indisolublemente asociada a nombres de impulsores como Antonio Odriozola o Alfonso Armada, el general golpista que acabó retirándose a su pazo de Santa Cruz de Rivadulla (Vedra, A Coruña) y fundando el vivero Ortigueira, especializado en este género. Para coleccionar en serio hay que lograr contactos planetarios: “existen expedicionarios, personas que trabajan buscando variedades” todavía desconocidas en reductos aún por explorar, por ejemplo en Vietnam, explica Eusebio López, que periódicamente acude a una convención en Bélgica donde se actualizan los hallazgos. Lo último en llegar a sus manos ha sido “un sobre con unas estaquillas” procedentes de Pensacola, vía Luisiana. “Hoy gracias a internet y a la globalización en seis días puedes tener aquí una camelia nueva”, afirma, “pero en los 80 había que viajar mucho, y a lo mejor costaba 10 años conseguir una planta”. “Para pasar la frontera la gente las traía escondidas en el hueco de la rueda de repuesto”, recuerda el viverista. “Las púas o las semillas” se camuflaban de mil maneras, “por ejemplo, dentro de libros”, apunta Barcala.
De tal manera que cada arbusto vivió su propia aventura, tanto en los jardines seculares de los pazos como en las colecciones particulares que nadie ve. Dos caras distintas de una misma pasión igual de necesarias. Los primeros son “el escaparate”, define Abelardo Barcala senior, en un paseo entre hileras de camelias ordenadas como una biblioteca o un archivo. Los segundos, desde su punto de vista, son un laboratorio y santuario que garantiza la preservación. A la finca de Eusebio López en Ortel ha viajado gente de todo el mundo, pero él teme a determinadas excursiones. “La única forma de conservar es cerrarse a esas visitas... hace poco un grupo de turistas vino arrasando, rompiendo ramas para llevárselas”, se queja, “se nota mucho cuando la gente tiene conocimiento y cultura”. El proceso para registrar una variedad propia dura años. El actual campeón gallego, Barcala junior, tiene ahora una en espera de ser reconocida por la Estación Fitopatolóxica Areeiro. Pero no se da por satisfecho. “Busco algo más especial”, confiesa.
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