La muerte de Henry a manos de un policía en A Coruña: recibió cinco disparos en pleno brote psicótico
La madre de este paciente psiquiátrico intentó sin éxito durante semanas que lo ingresaran. Ahora clama contra la decisión del juzgado que exculpa al agente que lo mató aduciendo que actuó en defensa propia


Henry Carbonell murió acribillado a tiros en la mañana de Navidad de 2023 frente a dos policías y un vigilante de seguridad en un descampado de un polígono industrial de A Coruña en el que no había ni un alma. Él estaba en pleno brote psicótico y blandía una barra de hierro con la que había estado golpeando coches aparcados. Uno de los agentes le disparó 12 tiros y cinco de ellos impactaron en su cuerpo. Henry había llegado a aquel lugar en ese estado un par de días después de pasar por la comisaría y el hospital por otro incidente y con su madre insistiéndoles a la policía y a los sanitarios durante semanas que debían ingresarlo. “Nadie me ayudó. Mi hijo era un enfermo, no un delincuente. El policía le disparó como a un perro”, llora Daysi Casimiro, una vecina de Torrejón de Ardoz de origen cubano que ejerce de médico forense en Madrid desde hace 20 años.
El juzgado de instrucción número 1 de A Coruña lleva dos años investigando al policía que mató a Henry y acaba de concluir que el caso debe ser sobreseído. Sostiene que el agente actuó en “legítima defensa” y cumpliendo su deber. Tanto la familia de la víctima como la acusación popular que ejerce SOS Racismo, que ve una motivación racista en el homicidio, han recurrido esta decisión. La madre de Henry advierte de que si el caso no llega a juicio, el sistema volverá a fallarle a su hijo, que acabó en aquel descampado del polígono de A Grela de A Coruña porque la policía y los médicos ignoraron la desesperada petición de ayuda que ella les hizo durante semanas.
Apenas un mes antes de aquella mañana de Navidad, Henry, de 34 años, vivía en Segovia. Era paciente psiquiátrico y atravesaba días complicados. Un episodio en su vida “lo había desequilibrado”, cuenta Daysi, y había dejado de tomar la medicación. Ella se lo notó y viajó a la ciudad del acueducto desde Torrejón de Ardoz donde reside. Pero cuando llegó, su hijo estaba en paradero desconocido.

Daysi se dio cuenta de que le había dado un brote psicótico y avisó a la policía. Al día siguiente la llamaron de madrugada para avisarle de que habían localizado a Henry en A Coruña. Unos agentes lo habían parado por la noche en la calle. Les explicó a mandos policiales y sanitarios que su hijo estaba sufriendo un brote, aunque en principio no lo pareciera: “No era el típico psicótico que gritara o montara escándalos. Se mantenía educado, hablaba bajo, con buenas maneras, y confundía a la gente”. Su petición de que lo retuvieran hasta que ella llegara a esta ciudad gallega para ingresarlo fue ignorada, lamenta.
La madre de Henry viajó a A Coruña e intentó sin éxito encontrarlo durante dos días, pero tuvo que volver a Torrejón para no faltar al trabajo. “Me cansé de llamar al 061 y no me hicieron caso. Tampoco en el hospital. La policía lo sabía todo. Me pasé un mes sin dormir”, señala. Dos días antes de morir acribillado a tiros, su hijo fue trasladado al hospital porque lo encontraron “con la cabeza ida”. “La doctora de Urgencias puso en el informe que estaba psicótico, pero no lo ingresó”, apunta Daysi. Así fue como Henry acabó en el descampado, con una barra de hierro en las manos con la que había estado destrozando coches aparcados y escapando de dos policías y un vigilante de seguridad.
Los instantes previos al homicidio de Henry fueron grabados por la cámara de la pistola táser del policía que lo mató. Las imágenes recogen cómo los agentes corren detrás de la víctima por el polígono industrial vacío. En un momento él se para y se gira hacia los policías. Empieza a retroceder lentamente mientras estos le ordenan a gritos que tire la barra de hierro. A Henry lo rodean en ese momento dos policías nacionales y un vigilante de seguridad además de otros dos policías locales que presencian la escena desde un poco más lejos. El policía nacional lo apunta con su pistola táser y le dice que si no obedece, disparará. Así lo hace, pero la descarga no hace efecto. Henry sigue en pie y, mientras el agente desenfunda su pistola reglamentaria, echa a correr hacia el policía que no deja de gritar que tire la barra. Es entonces cuando le dispara a Henry los 12 tiros.
La jueza reconoce que la víctima “contaba con un historial de enfermedad mental y había sido diagnosticado de estado psicótico”. También que “en la comisaría en A Coruña, eran conocedores de que éste tenía problemas mentales”. “Es verdad que a posteriori podemos pensar que [el policía acusado] pudo haberse parado previamente disparando a las piernas o también que tal disparo pudo haberlo hecho su compañero, o que el operativo no exigía acceder al lugar donde se encontraba Henry para detenerlo”, admite en su auto de archivo, para luego añadir: “Pero debemos evaluar que el agente también temió por su vida en el momento en que Henry se dirigió hacia él”. Sobre el hecho de que el agente vaciase el cargador, la magistrada lo atribuye a que se cayó hacia atrás cuando comenzó a apretar el gatillo y “perdió el control sobre los disparos”. Cree que “si bien puede existir una imprudencia, ésta sería levísima” y “no imputable” al acusado. Aprecia que en él concurre la eximente de legítima defensa y cumplimiento de un deber y culpa de la tragedia solo “a las deficiencias en el operativo de ese día”.
El abogado de la madre de Henry, en línea con SOS Racismo, esgrime que el auto de archivo “incurre en un claro contrasentido”. Por un lado, la jueza establece que se trató de un homicidio imprudente, una calificación que fue ya ratificada por la Audiencia Provincial de A Coruña cuando optó por tramitar la causa como procedimiento ordinario y no con jurado. “Pero si hay imprudencia, no puede haber intención de defenderse”, argumenta Eduardo García Peña apelando a la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Tampoco puede afirmarse “que cumplía con su deber de forma imprudente”, prosigue el letrado, quien rechaza que el policía no tuviese intención de matar teniendo en cuenta que disparó 12 tiros.
“El chico intentó huir y la policía tenía 50 opciones” para reducirlo sin acabar con su vida, sostiene García Peña, por lo que no hubo “racionalidad (y proporcionalidad) en el medio empleado para repeler la agresión”. “Entiendo que [el policía] sintiera miedo, pero se equivocó y cometió un acto que tiene que tener consecuencias”, añade la madre de la víctima. “Un policía tiene que estar preparado, no puede pegar tiros como un poseso. Ni siquiera le habló [a Henry] para tranquilizarlo”.
El abogado del policía investigado sí ve “un caso claro y evidente de legítima defensa” porque Henry se dirigió hacia el agente con un objeto contundente en las manos. José Ramón Sierra admite que Henry fue víctima de “un fallo del sistema, pero no del policial, sino del sanitario”. “La pobre madre, que es médico forense, lo sabe. Este chico no tenía que haber estado en la calle sino ingresado en un psiquiátrico. Ese fue el fallo, del Sergas [Servizo Galego de Saúde de la Xunta], y no del Ministerio del Interior”, sostiene.
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