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Votar con resignación en la Castilla despoblada: “Yo no tengo duda, pero al final son todos iguales”

Los pueblos de Tierra de Campos, entre Valladolid y León, coinciden en el apoyo tradicional al PP, aunque el descontento ha dado alas a Vox

Un hombre estudia las papeletas en el colegio electoral de Mayorga de Campos (Valladolid)Juan Navarro

Si el cielo de Castilla es alto será porque lo han levantado los políticos de tanto mirarlo. Los dirigentes sustituyen hoy a los campesinos de la cita de Miguel Delibes en estas tierras agrarias donde el sol baña la jornada electoral autonómica, alivio para los partidos porque el frío o la lluvia dejarían muchas papeletas en casa. La despoblación también se ha llevado a esos campesinos que ahora apenas se ven con sus tractores y el éxodo deja casas cerradas y muros derrumbándose. Este escenario de Tierra de Campos, una comarca que comprende Valladolid, Palencia, León y Zamora, se asemeja a la gran parte de la Castilla y León rural, pasto del olvido que bosteza ante las urnas: se acude con pereza y resignación sabiéndose secundarios pero con fidelidad hacia la derecha. El PP, al mando desde 1987, reina, aunque ahora con competencia en su estribor ideológico. Hay zozobra de marca Vox entre el océano del PP.

La agrietada carretera nacional entre Valladolid y León pasa por inmensas llanuras sazonadas con molinos de viento y placas eólicas, energía para muchos metropolitanos y riqueza para pocos rurales más que los bendecidos por sus estratégicas tierras. Gasolinera de Medina de Rioseco (4.600 habitantes, Valladolid). La empleada resopla ante el carísimo panel de precios: “La gente se queja, nos han metido la guerra por los ojos… Pero es lo que hay”. Es lo que hay, el gran mantra rural pese a la decadencia de décadas. Los mapas estadísticos ponen siempre en rojo sangre el descenso demográfico, socioeconómico, juvenil y de trabajadores en pueblos como los anejos a esa carretera según asciende por la meseta. En lo electoral, siempre marea azul.

Mayorga de Campos (1.400 habitantes, Valladolid) acoge un festival de bastones ante su colegio electoral. Hay cachabas de madera y palos de trekking, hay sillas de ruedas necesitando ayuda en la rampa del edificio. Florencio Crispín tiene 66 años, ojea las papeletas de Podemos, pero selecciona una del PP. “¡Aunque nos va dar igual, hacen lo que quieren! Yo no tengo duda, pero son todos iguales”, analiza el señor. Al lado, una votante discreta corre la cortina de la cabina y solo muestra sus pies.

Más jovencitos son unos chavales que cotejan las opciones. “¡Si está Alvise!”, exclama uno, al leer Se Acabó La Fiesta; otra musita “Partido Castellano-Tierra Comunera” como si fuese algo marciano. Un chico, que pide anonimato, se expresa: “Aquí ganará la derecha, no te voy a engañar, hay mucho PP pero Vox puede subir, la cosa está mal”. El votante clama por un cambio y evidencia su interés nacional en una comunidad de poco arraigo porque en ella llevan los mismos desde que a él le quedaban 22 años para nacer. Cambio, la palabra más escuchada junto a despoblación, pueblos vacíos o pueblos sin trabajo. En las charletas se reclaman oportunidades laborales en estos lugares desfavorecidos, se pide “arreglar las cosas” o “defender el trabajo contra la corrupción y que no nos engañen”. “No estoy satisfecho con los políticos, he votado al que veo menos malo”, proclama Samuel, sin dar apellidos. Juanita San Cirilo y Patricio Cuadrado, de 70 y 75 años, vienen con las ideas claras: “Hace falta más trabajo para los jóvenes, pero qué vamos a pedir, estamos bien”. Cambio pero no mucho.

Lidia Testera, de 31 años, proclama su voto al PP y admite que en materia migratoria coincide con Vox. “Si están tanto tiempo es porque algo harán bien, es el partido que más se asemeja a mí”, arguye. Su amiga Laura García, de 32, vota como ella y expone problemas comunes: vivienda, sueldos, pueblos desfavorecidos. Ninguna, ni en toda la comarca visitada, alude al PSOE más que para afirmar que bajan. Muchos jóvenes, añaden, irán para Vox.

El asfalto desgastado conduce a León. Mismos cielos límpidos, campos verdes, montañas nevadas al fondo. Izagre (133 habitantes). Tres mujeres y un hombre sentados al sol comentando la jugada. La pareja, octogenaria, disfruta de la primavera. Pérez Pérez, Abundio, como ponía en la hoja de votos donde ha sido tachado a primerita hora de la mañana, se explaya: “Como español hay que votar y así tengo derecho a quejarme gobiernen los que me gusten o los que no”. Pérez, de 90 años, denuncia “el abandono de los pueblos” y juega al despiste: “El PP lleva 40 años… Pero si comes lentejas todos los días te aburres y acabas comiendo patatas aunque te gusten menos”. Asunción Crespo luce sus 92, siempre votando desde que adquirió ese derecho. Su hija, al lado, comenta que “siempre ha votado lo mismo”. Ella tiene otro criterio, aunque respeta su tradición cuando le prepara la papeleta: “No quiero hacer trampas”. Como ella, muchos ancianos van a las urnas asistidos por los suyos, residentes en la ciudad. Frente al bar, tres hombres: Manuel Muñoz, de 38, José Fernández, de 30, y Luis Fernández, de 61. Todos de Vox. “Tampoco me escondo, la cosa tiene que cambiar”, proclama Muñoz. “Yo era apolítico, en Cataluña voté a Ciudadanos cuando la independencia”, desgrana el elector. El trío coincide contra “las ayudas” discrecionales, en “mantener a los de fuera” y en que PP y PSOE “son lo mismo”.

En el bar La Hermandad, Albires (León, 55 habitantes) vuelan los vermús y las sopas de ajo en un local que ejerce de biblioteca, ágora y tablón de anuncios: se venden huevos, gallinas, faisanes y palomas. Lo regentan Arline Guerra, panameña de 30 años, y su esposo, Luis Degouveia, venezolano de 44. Llevan año y pico en España. No pueden votar aún, ha de pasar más tiempo. Tras esa barra escuchan el clamor político popular: muchas quejas sobre las miserias agrarias y mucho Vox, aunque con dudas sobre aquello de echar a los extranjeros, que sostienen en buena medida el medio rural con hijos como el de estos camareros, ayudados por el Ayuntamiento a abrir el bar. “Están divididos entre Vox y PP… Pero se llevan bien”, observa el hombre, aún sin criterio político para votar si pudiera.

Sonia Miguel, de 27, ha venido a votar con su madre, esta casi obligada, abstencionista frustrada por la hija, cuyos amigos no votan pero consciente de que mucho “chico de 18 o 19 años” irá por Vox. La Hermandad critica que casualmente se ha mejorado el asfalto a unos días de las urnas, maquillaje entre escaseces rurales. Miguel, enfermera, sin grandes esperanzas de mejora, clama por mojarse, pase lo que pase después: “¡Todos mal, pero algo habrá que votar!”.

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