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Extra Educación

¿Están los universitarios sobreprotegidos por padres ‘helicópteros’ y ‘quitanieves’?

Entre un alumnado menos autónomo y un sistema cada vez más protector, la universidad reabre el debate sobre su papel como un espacio de madurez o una prolongación del instituto

Una estudiante universitaria lee un mensaje de su madre en el l Espai Vives, con el mural del artista Moisés Mahiques 'Gruipi Camí', al fondo.Monica Torres

En octubre de 2025, un cartel colocado en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada —“El vicedecanato de Prácticas no atiende a madres y padres. Todo el alumnado matriculado es mayor de edad”— se convirtió en un fenómeno viral. No denunciaba una situación generalizada, pero sí apuntaba a algo que empezaba a incomodar: la necesidad de recordar que, en la universidad, la interlocución corresponde al estudiante.

El episodio tuvo impacto porque conectaba con escenas muy concretas que, sin ser mayoritarias, empiezan a sonar familiares. Madres y padres que acuden a la universidad para hablar con docentes, que intentan justificar una ausencia o que cuestionan una calificación. No son muchos, pero existen. Y eso es suficiente para abrir una pregunta de fondo.

Alicia Villar, profesora de Sociología de la Educación en la Universitat de València, sitúa el fenómeno con claridad. “No es algo generalizado”, insiste. La gran mayoría del alumnado gestiona sus estudios de forma autónoma. Sin embargo, reconoce que han aparecido situaciones que antes no formaban parte del paisaje universitario.

“Cuando una madre o un padre interviene para resolver un problema académico, elmensaje que recibe el estudiante es que no necesita enfrentarse a eso”,
Eva María León,profesora de Psicología

Uno de los ejemplos que menciona es especialmente revelador: durante un examen, el teléfono móvil de un estudiante vibra. Es un mensaje de su madre preguntando cómo le está yendo la prueba. No hay intervención directa, pero sí una presencia constante que se cuela incluso en el aula. En otros casos, explica, son correos electrónicos enviados por las familias interesándose por el rendimiento o estudiantes que acuden a tutorías acompañados. “Son casos muy puntuales, pero suficientemente llamativos como para generar debate”, señala Villar.

Raúl Ruiz Collado, sociólogo y vicerrector de Estudiantes de la Universidad de Alicante, coincide en la necesidad de no sobredimensionar. “La mayoría del alumnado es autónomo”, insiste. Pero admite que esos episodios, aunque minoritarios, reflejan un cambio en los márgenes de lo aceptable.

Padres helicóptero y quitanieves

El fenómeno se ha descrito durante años con la figura de las llamadas madres y padres helicóptero, aquellos que supervisan de forma constante la vida de sus hijos. Hoy, algunas voces apuntan a una evolución: las madres y padres quitanieves, que no solo observan, sino que intervienen para eliminar obstáculos antes de que aparezcan. Eva María León, profesora de Psicología en la Universidad Miguel Hernández y vinculada al Col·legi Oficial de Psicologia de la Comunitat Valenciana (COPCV), ha visto trasladarse estas dinámicas al entorno universitario. Describe situaciones en las que las familias no solo acompañan, sino que intentan resolver directamente problemas que corresponden al estudiante: desde consultas sobre notas hasta gestiones que el propio alumno podríarealizar.

“Cuando una madre o un padre interviene para resolver un problema académico, el mensaje que recibe el estudiante es que no necesita enfrentarse a eso”, explica. Y lo ilustra con una imagen tomada del deporte: es como competir sin asumir el esfuerzo ni el error, sin pasar por el proceso que permite mejorar.

No se trata de la mayoría de los casos, insiste, pero sí de dinámicas que tienen impacto en el desarrollo. “La autonomía no se adquiere evitando las dificultades, sinoatravesándolas”.

Raquel Flores, profesora titular del Departamento de Psicología Evolutiva, Educativa, Social y Metodología de la Universitat Jaume I de Castellón, introduce un matiz importante. No toda intervención es negativa. “Hay familias que apoyan sin invadir”, explica. El problema aparece cuando esa ayuda sustituye la acción del estudiante.

Cuando, por ejemplo, un trámite administrativo sencillo —una matrícula o una beca— es completamente gestionado por la familia, el estudiante pierde una oportunidad de aprendizaje cotidiano.

El salto que nadie entrena

El origen del problema no siempre está en la familia, sino en cómo llegan los estudiantes a la universidad. “El cambio es muy brusco”, explica Flores. De un sistema con seguimiento constante se pasa a otro donde nadie recuerda plazos ni supervisa decisiones. Y no todos llegan preparados para ese salto.

En ese punto, Eva María León, especialista en Psicología de la Actividad Física y del Deporte, introduce una clave desde su ámbito: la autonomía también se entrena. Como en el deporte, no basta con exigir rendimiento si no ha habido un proceso previo de aprendizaje y exposición progresiva a la dificultad. El problema, señala, es que en muchos casos ese entrenamiento no se ha producido antes de llegar a la universidad.

Josué López Pozo, recién graduado en Psicología por la UMH, lo ha visto repetirse en su etapa como delegado de clase. Estudiantes que no saben cómo matricularse correctamente, que pierden convocatorias por no entender los plazos o que no saben a quién dirigirse ante un problema administrativo. “Van a tropezones”, resume.

En algunos casos, ese desconcierto se traduce en dependencia. No necesariamente de las familias, sino de terceros. López Pozo recuerda situaciones en las que compañeros le pedían que intercediera por ellos ante un profesor. No porque el problema fuera grave, sino porque no querían enfrentarse directamente a la conversación. “Me decían: ¿puedes hablar tú con él?”, explica. Incluso en revisiones de examen, algunos estudiantes solicitaban acompañamiento. “No querían ir solos”.

Hablar con un profesor, pedir una revisión o plantear una duda eran, hasta hace poco, situaciones habituales en la universidad. Hoy, en algunos casos, se viven como un momento de tensión. “Se dramatiza algo que siempre ha sido normal”, explica López Pozo.

Ese cambio tiene que ver con la reducción de la exposición a ese tipo de situaciones. La digitalización ha eliminado muchos de los momentos de contacto directo. Ya no es necesario recorrer pasillos, buscar despachos o resolver problemas cara a cara.

Raúl Ruiz Collado señala que esa transformación ha hecho la universidad más accesible, pero también menos exigente en términos de interacción. Y eso tiene efectos cuando aparece el conflicto.

Alicia Villar apunta a una idea de fondo: cuando se reduce la exigencia de autonomía, algunas dinámicas empiezan a recordar a etapas educativas anteriores. No porque la universidad haya dejado de serlo, sino porque ciertas formas de acompañamiento o intermediación no eran habituales hasta ahora.

¿Una universidad que se parece cada vez más al instituto? Ese desplazamiento en las dinámicas cotidianas abre una pregunta de fondo que varios docentes formulan de manera explícita: hasta qué punto la universidad está empezando a parecerse, en algunos aspectos, a etapas educativas anteriores.

La profesora Villar lo plantea con cautela. “No diría que la universidad se ha convertido en un instituto”, matiza. Sin embargo, reconoce que ciertos cambios apuntan en esa dirección. Cuando aumenta el acompañamiento constante, cuando se reduce la exigencia de autonomía o cuando aparecen intermediaciones que antes no existían, “sí se generan dinámicas que recuerdan a etapas previas del sistema educativo”.

Frente a un modelo tradicional más distanciado y jerárquico entre profesorado y alumnado, Villar plantea la necesidad de repensar ese vínculo. “La universidad tiene que seguir siendo un espacio donde el estudiante se responsabiliza de su proceso, pero no se trata de eliminar la exigencia, sino de avanzar hacia formas de relación menos rígidas, más cercanas, que acompañen mejor el proceso sin sustituirlo. El reto no está en elegir entre autoridad y acompañamiento, sino en evitar tanto la distancia excesiva como una sobreprotección que limite la autonomía”, explica.

En la misma línea, el sociólogo Raúl Ruiz Collado rechaza una visión que identifique estos cambios con una “infantilización” del alumnado o una pérdida de identidad de la universidad. “La universidad sigue teniendo unas exigencias y unas dinámicas propias”, subraya.

A su juicio, lo que está cambiando no es tanto la naturaleza de la institución como el perfil del estudiantado y el contexto en el que se desarrolla. “Hay más diversidad, más trayectorias distintas y más situaciones personales complejas”, explica. Y eso obliga a adaptar ciertas formas de acompañamiento sin que eso suponga renunciar a la autonomía.

“Frente a un modelo tradicional más distanciado y jerárquico entre profesorado yalumnado, la universidad tiene que repensar ese vínculo sin renunciar a la autonomía delestudiante”
Alicia Villar, profesora de Sociología

También Josué López Pozo introduce un contrapunto desde la experiencia estudiantil. “La universidad sigue teniendo algo que no tiene el instituto”, explica. “Nadie te obliga a hacer nada”. Esa falta de control externo, señala, sigue marcando una diferencia esencial. “Es como dejar a alguien en un campo lleno de gente que quiere jugar al mismo juego. Si no te implicas, te quedas fuera”.

El error bajo sospecha

Uno de los cambios más profundos aparece en la gestión del error. La profesora León observa que algunos estudiantes tienen más dificultades para tolerar la frustración. Describe situaciones en las que una mala nota no se interpreta como parte del proceso, sino como un problema que hay que resolver de inmediato.

Josué López Pozo lo ha visto en primera línea. Tras un examen, algunos estudiantes no acuden a revisar para entender qué ha fallado, sino para intentar cambiar el resultado. “Hay quien llega con una actitud de exigencia muy alta”, explica.

Frente a esa reacción, Elena Orts, estudiante de primer curso de Psicología en la UMH, describe otra forma de afrontarlo. Cuando suspende o no obtiene el resultado esperado, revisa su método de estudio. “Intento ver qué puedo hacer diferente”, explica. No busca intermediarios ni soluciones externas. Dos formas de entender el aprendizaje que conviven en el mismo espacio.

¿Más protegidos o solo distintos?

El análisis, en realidad, no permite respuestas simples ni diagnósticos cerrados. Más que una generación homogénea, lo que aparece es un mosaico de situaciones y trayectorias. Raúl Ruiz Collado insiste en esa idea: “Hay más diversidad”.

En la misma línea, Villar evita generalizaciones, pero introduce un matiz relevante. “No es un fenómeno masivo, pero sí significativo”, señala. A ese diagnóstico se suma otra variable que ayuda a explicar el contexto.

La profesora Flores apunta a la presión creciente sobre los jóvenes. “El contexto es más incierto”, explica. El género es un fenómeno complejo. En su análisis, Flores también detecta diferencias de género. Las estudiantes tienden a mostrar mayores niveles de autoexigencia y preocupación por el rendimiento, lo que puede traducirse en más ansiedad. En algunos perfiles masculinos, en cambio, observa una mayor dependencia en la gestión práctica o una menor implicación inicial. Sin embargo, insiste en que son tendencias, no reglas. “No se puede simplificar”, advierte.

“Hay estudiantes que no quieren ir solos a una tutoría o a una revisión de examen yprefieren que otra persona hable por ellos, incluso cuando se trata de cuestiones que lesafectan directamente”
Josué López Pozo, graduado en Psicología

El alumnado, de hecho, introduce matices. La estudiante Orts no percibe diferencias claras en su entorno y atribuye las variaciones a factores individuales más que al género.

El fenómeno no puede entenderse sin el contexto social. La emancipación se retrasa, la dependencia económica se prolonga y la familia sigue siendo un apoyo fundamental durante más tiempo. “Si siguen viviendo en casa, es lógico que las familias sigan presentes”, explica Raúl Ruiz Collado.

Ese cambio transforma el papel de la universidad. Ya no es una ruptura clara con la etapa anterior, sino un espacio intermedio donde se negocian autonomía y dependencia.El equilibrio que está en juego.

El debate sobre la sobreprotección universitaria no enfrenta posiciones opuestas, sino una tensión constante entre acompañar y dejar hacer, entre sostener y soltar a tiempo. “Se trata de acompañar sin sustituir”, resume Flores.

Porque, como advierte Eva María León, “si evitamos que se enfrenten a las dificultades, estamos limitando su desarrollo”. La autonomía, en ese sentido, no se protege: se construye precisamente en la exposición al error, a la duda y a la incertidumbre.

Desde la experiencia cotidiana del aula, Josué López Pozo lo aterriza en una idea sencillapero decisiva: “La universidad no es solo un lugar donde aprender contenidos, sino dondeaprender a desenvolverte en la vida”.

Alicia Villar lo formula desde una perspectiva más estructural: “La universidad no puede perder su función como espacio de autonomía”. Entre todas esas miradas se dibuja una misma conclusión: la autonomía no se enseña desde fuera ni se delega, se construye desde dentro. Y es precisamente ahí, en ese margen incómodo donde nadie intermedia y no hay garantías de acierto, donde la universidad sigue jugando su papel más decisivo. No tanto como un lugar que protege,sino como un espacio donde, por primera vez, aprender también implica hacerseresponsable.

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