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El crecimiento demográfico ahoga a las ciudades medianas de Cataluña: “Llegar a los 50.000 habitantes no es un éxito”

La saturación de Barcelona centrifuga la población hacia municipios donde los servicios públicos crecen a un ritmo inferior

La estación de FGC en Sant Cugat, donde los vagones llegan llenos en dirección a Barcelona. GIANLUCA BATTISTA

Sin apenas espacio en Barcelona y con el precio de la vivienda disparado también en el área metropolitana, los flujos demográficos en Cataluña se han dirigido en la última década hacia las ciudades medianas. Pero sin poder garantizar un aumento de los recursos al mismo ritmo que la llegada de los nuevos vecinos, algunos ayuntamientos emiten señales de alarma: vivienda escasa, aulas con demasiados alumnos o una alta demanda de los servicios sociales son algunos ejemplos repetidos. “Llegar a 50.000 habitantes no es un éxito”, lamentan desde el ayuntamiento de Figueres (Alt Empordà). Sin ser uno de los municipios que más han crecido, nota la tensión de los servicios públicos. “El crecimiento sostenido puede llegar a ser inasumible si no se dispone de los recursos suficientes para garantizar el bienestar y los servicios públicos de calidad”, recuerda el alcalde, Jordi Masquef (Junts), a través de una nota, días después de superar la barrera de los 50.000.

Los datos del Institut d’Estadística de Catalunya (Idescat) ilustran una diferencia notable entre el crecimiento de los municipios de más de 30.000 habitantes y Barcelona. En la última década, por ejemplo, Calafell (Baix Penedès) ha aumentado más de un 32% su población, Vic (Osona) roza el 20%; y Sant Cugat (Vallès Occidental), el 12%, por encima de la media catalana, que se sitúa en torno al 9%. En cambio, Barcelona apenas ha aumentado un 5,8% en el mismo periodo, un patrón que se repite en buena parte de los municipios del área metropolitana. No parece un caso aislado. Según las previsiones del Idescat a diez años vista, la capital catalana estará a la cola en el crecimiento poblacional de las principales poblaciones catalanas.

Calafell es la ciudad mediana que más crece. Con cerca de 33.000 habitantes, ha ganado unos 8.000 vecinos desde 2015. “Aquí se vive bien”, resume su alcalde, Ramon Ferré (PSC). “A medida que te alejas de Barcelona, el precio de la vivienda baja, y aquí tenemos buena comunicación en tren”. Llega población mayor —muchas veces viudas, explica el alcalde— que encuentra servicios y calidad de vida; y familias jóvenes que buscan espacio. “Pueden comprar un chalet con jardín y piscina por el mismo precio que un piso en Barcelona”, explica. Pero el crecimiento tiene una cara más oscura, principalmente en las escuelas. Solo el año pasado llegaron unos 400 alumnos nuevos durante el curso. “Es casi una escuela entera”, compara Farré. Sin margen para construir nuevos centros educativos, las aulas superan las ratios. “Es un problema para los profesores y los alumnos. Necesitamos una escuela nueva”, reclama el alcalde. En toda la comarca del Baix Penedès no se ha construido ni un centro educativo en una década, según datos del Idescat.

El proceso es inverso en Vic. De no ser por la inmigración, las escuelas perderían líneas, como ya ha ocurrido en un centro; y la pirámide demográfica sería insostenible. “Tenemos unos 6.000 alumnos, de los cuales más de la mitad es de madre extranjera. Sin ellos, no tendríamos jóvenes”, comparte Albert Castells (Junts), el alcalde de esta ciudad (50.000 habitantes) que ha ganado 8.000 vecinos en una década. Pero con una juventud de 113 procedencias distintas, el encaje no es siempre fácil. “Nuestro modelo educativo ha sido un éxito, pero hemos llegado a un punto de saturación muy importante”, admite el edil, que pone el foco en los comedores escolares. ”Hay una tensión enorme. Ni tenemos espacio físico, ni educadores, ni apoyos necesarios para educar en el comedor", sostiene Castells.

Castells y Ferré coinciden en que el aumento poblacional requiere unos plazos que actualmente no se cumplen. Y la capacidad para absorber a la nueva población a veces es insuficiente, especialmente cuando el padrón no refleja la realidad. “Tenemos a unos 33.000 empadronados, pero en Calafell viven entre 45.000 y 50.000 personas”, advierte el edil socialista. Esta diferencia tiene consecuencias directas: menos financiación y más presión sobre los servicios. “Muchos no se empadronan porque mantienen los especialistas sanitarios en Barcelona; pero luego acaban en urgencias del CAP y colapsan el sistema”, lamenta Ferré.

Para Castells, la situación ha llegado a un punto de no retorno. Ahora pide revisar un padrón “volátil”, con hasta 400 altas y 300 bajas mensuales, que refleja la “hipersaturación” actual de Vic. “No podemos ser puerta de entrada para personas que llegan con visado de turista a probar suerte sin vivienda ni trabajo”, avisa. El alcalde, como muchos ediles de Junts de las zonas rurales, reclama a la Generalitat que asuma las competencias en inmigración. “Hay que poner un freno porque no podemos atender adecuadamente las necesidades de todos”, lamenta. Después de Lloret de Mar (38%), Salt (37%) y Salou (33%); Vic (30%) es el municipio de más de 30.000 habitantes con el mayor porcentaje de población extranjera. “El síntoma de estrés es muy alto: los CAP no funcionan igual y los jóvenes no tienen acceso a la vivienda”, insiste el alcalde.

La vivienda y la movilidad son las dos principales preocupaciones de los vecinos de Sant Cugat del Vallès (98.000 habitantes), según el Observatori sociològic de la ciudad. La localidad ha crecido un 12% en la última década, y más del 50% de sus vecinos ve negativo superar próximamente la barrera de los 100.000 habitantes, frente al 38% que lo ve positivo, según la misma memoria. “Queremos un crecimiento vegetativo de la ciudad, mantener una ciudad amable y verde”, pide el alcalde Josep Maria Vallès (Junts).

Situado en la segunda corona del área metropolitana, Sant Cugat sufre los efectos de la centrifugación hacia zonas más lejanas: los trenes de la línea del Vallès de FGC que se dirigen a Barcelona paran en las horas punta en su estación con los vagones llenos. “Si el transporte público funcionase mejor, se usaría menos el coche”, reclama Vallès, que admite que el centro del pueblo también da señales de saturación por la masiva movilidad interna.

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