Monserrat, el desamparo de una vida entre campos de chabolas
A la espera de un nuevo desalojo, las personas que viven en precarios refugios en el Poblenou denuncian que no desaparecen cada vez que la policía tira sus barracas


La Guardia Urbana de Barcelona procedió el miércoles, poco antes de las ocho de la mañana, a desalojar las 40 barracas y tiendas de campaña donde vivían 126 personas en el Pont del Treball Digne, en el barrio de Sant Andreu. Montserrat Hernández, de 25 años, no fue una de las desalojadas. No lo fue porque días antes ella y su marido Mohammed Zeghari, de 28, discutieron con algunos de los acampados en esa zona y se marcharon. Se fueron no muy lejos. A una barraca situada en el barrio del Poblenou, en un pequeño campamento cercano a la antigua fábrica La Escocesa. Allí vive el matrimonio junto a una veintena de personas más. El miércoles, Hernández y Zeghari se salvaron del desalojo del Pont del Treball pero ni mucho menos cantan victoria, ya que les han comunicado que hoy lunes serán expulsados de la barraca donde duermen.
El matrimonio, si la amenaza se cumple, volverá a abandonar sus cuatro harapos, dormirá en la calle y buscará otro lugar. “Las personas no desaparecemos cuando nos echan de los sitios. Seguimos vivas y lo que consiguen es complicarnos todavía más la existencia”, denuncia Hernández. Esta historia nada excepcional constata que el ascensor social no siempre funciona. Para algunos, salir de la supervivencia se ha convertido en un imposible
Hernández, Zeghari y el perro de ambos, Ragna, llevaban cinco meses viviendo en un campamento en el puente de Calatrava cuando el pasado 19 de noviembre la Urbana les echó. Malvivieron un par de noches, “sobre cartones”, y se trasladaron —junto con otros de los expulsados— hasta el campamento del Pont del Treball. Desde entonces, la vida no ha ido mucho mejor, aunque el punto de partida tampoco era bueno.
Hernández, cubierta con un hiyab, tiene mucha tos. “Estos últimos diluvios me han hecho mucho daño. El agua me caía en la cara mientras dormía”, asegura al pie de una chabola escondida en un descampado, con paredes pero sin techo, del barrio de Poblenou. “Por favor no digáis dónde estamos por que nos desalojarán antes. Lo único que hacen es echarnos”, denuncia con rabia. La joven lleva 25 años soportando las desigualdades de una vida en la que parece que siempre le toca perder. “No hacemos daño a nadie. Si estamos en una barraca, nos echan, también si ocupamos un edificio, en tiendas de campaña no nos quieren y sobre un cartón viene la policía y te echa”, resume.
Hernández nació hace 25 años. “Mi madre era prostituta y toxicómana. Dormíamos en la calle, en el Raval, hasta que las administraciones se dieron cuenta de que mi madre estaba con un bebé. Acabé en un orfanato en Zamora. Luego me reclamó la familia paterna, donde un familiar acabó abusando de mí y con cuatro años ingresé en un centro de la DGAIA (Dirección General de Atención a la Infancia y Adolescencia) en Sant Andreu”, revela como si contara la vida de alguien ajeno a ella.
Con ocho años fue a parar a una familia de acogida en Montcada i Reixac, donde vivía con otros 12 menores. “Con 13 años me escapé saltando por la ventana. Me reencontré con mi padre, que acabó prostituyéndome a cambio de droga. De allí fui a otro centro, y luego a otro, hasta que con 18 acabé en un piso tutelado del que acabaron echándome”, recuerda.
Mayoría de edad y la calle
Fue entonces cuando aprendió la ruta de los comedores sociales, a dormir sobre cartones en la calle y a seguir malviviendo. “Dormía cerca de plaza de Espanya y robaba comida en los supermercados. Fui ocupa. Decidí rezar a todos los dioses. Cuando lo hice a Alá, al día siguiente unos jóvenes marroquíes me ayudaron. Hace tres años me convertí”, revela tocándose el velo.
Hace dos años conoció a Zeghari, un electricista marroquí sin papeles que venía de Bélgica, y se casaron. Desde entonces han sido varios los campamentos urbanos en los que han malvivido. “Cada vez nos echan más lejos pero, aunque les pese, seguimos sin desaparecer. No sabemos nunca qué va a pasar con nosotros. Es una situación muy injusta. No nos quieren, no nos dan trabajo, no tenemos dónde vivir, somos los que sobramos en esta ciudad”, maldice.
“Mira, esta es nuestra cocina”, señala Hernández hacia un cubo situado en el exterior de la chabola y cubierto con una sábana a modo de cortina. Hernández ha trabajado en varias producciones audiovisuales, que nunca ha conseguido ver, como figurante. Ese dinero y lo que recogen de la chatarra les sirve para subsistir. Hace unos meses le bloquearon el ingreso mínimo vital por viajar a Marruecos a ver a algunos familiares. Este lunes, si nadie lo remedia, expulsarán a quienes malviven sin alternativa en este pequeño campamento de Poblenou. Hernández, como el resto de sin techo de la ciudad, no desaparece cada vez que son expulsados de sus barracas, tiendas de campaña o los cartones donde duermen en mitad de las calles de una Barcelona que no les quiere.
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