Los desalojos de Txema y La Sagrera: una emergencia democrática
La falta de vivienda crea problemas con circunstancias dispares pero igualmente urgentes


Este miércoles por la mañana la Guardia Urbana de Barcelona desalojó un asentamiento en el que malvivían 60 personas junto a las obras de la futura macroestación de La Sagrera. Entre chabolas y escombros, estos habitantes precarios de la zona que está llamada a ser el nuevo escaparate de la ciudad, han pasado muchos meses sin otra expectativa que ser desalojados para buscar otro solar donde instalarse. Muchos son jóvenes inmigrantes pendientes de regularización que trabajan en la economía informal o incluso con contrato, pero que no pueden acceder ni siquiera a un piso social. Peor suerte si cabe han corrido quienes han pasado meses viviendo debajo del puente de la C-31 en Badalona, expulsados del antiguo instituto B9 por un alcalde que se ha jactado públicamente de no hacer nada para ayudarlos. Esta semana han sido definitivamente desalojados (¡de un puente!) con la excusa de sanear la zona.
No tan lejos de estos escenarios, Txema Escorsa, un profesor de instituto era arropado también este miércoles por centenares de personas para evitar que el fondo de inversión que ha comprado el piso donde vive lo sustituya por tres o cuatro inquilinos a los que alquilar habitaciones a 850 euros cada una. El mensaje era igual de demoledor: ni cobrando 2.000 euros al mes puede uno tener la seguridad de que tendrá donde vivir en la ciudad donde trabaja.
Los desalojos de la Sagrera y el de Gràcia son dos caras de la misma moneda que requieren soluciones rápidas. Diferentes pero urgentes. En la Sagrera, y ya no digamos en Badalona, es necesario que se aborde de forma seria un aumento de los recursos para que personas que ya viven entre nosotros, y que a menudo trabajan, puedan tener acceso a un primer lugar digno donde vivir para, posteriormente, espabilarse por su cuenta. Si se consigue desatrancar el ascensor social estas personas son las mismas que en pocos años estarán alquilando un piso y convirtiéndose en aportadores netos a las arcas de la Seguridad Social.
El caso de Txema no es menos complejo. Si el mensaje de las autoridades es que el mercado debe seguir su curso natural y sustituir al vecino profesor por cuatro inquilinos que se pueden permitir pagar un dineral para llenar su Instagram con fotos de Barcelona, entonces la ciudad estará perdida y será una inmensa pista de aterrizaje para los populismos. Solucionar el problema de La Sagrera y de Badalona es una obligación humanitaria. Evitar que haya más Txemas, una urgencia de ciudad. Si no hay salidas razonables para las tres situaciones, lo que tenderemos es una emergencia democrática de primer orden.
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