La nostalgia no es una estrategia
Es una mala broma vender que la independencia es la solución para la crisis de los trenes. Sería más eficaz vigilar y presionar a las administraciones para que reparen la red

Más puede ser menos. Dos convocatorias para demostrar la indignación por el estado de la red ferroviaria catalana tienen menos fuerza que una sola, unitaria y capaz de reunir a un número elevado de afectados por el caos de Rodalies. La suma de manifestantes que acudieron a una y otra, 8.000 por la mañana y 3.000 por la tarde según la Guardia Urbana (30.000 y 40.000 respectivamente según los convocantes), no refleja el grado de afectación social y económica de la crisis ferroviaria ni la extensión y profundidad de la indignación ciudadana.
Tampoco la reflejan los símbolos y consignas exhibidos en ambas convocatorias, anclados en las fórmulas y tópicos que acompañaron al proceso independentista, olvidando que la mayoría de los afectados por la crisis ferroviaria poco tienen que ver con los sectores sociales y los motivos que movilizaron durante la pasada década a los independentistas. Buen momento para recordar a Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en su ya célebre discurso de Davos: “La nostalgia no es una estrategia”.
Si hace 18 años una crisis de las comunicaciones ferroviarias fue la oportunidad para que el soberanismo descubriera su capacidad para movilizar a la sociedad catalana y convertir la indignación en combustible de arranque para el proceso independentista, este pasado sábado, en cambio, otra crisis más trágica y de mayores dimensiones apenas ha conseguido una reacción que bien puede calificarse de rutinaria por parte de las organizaciones y partidos independentistas, cada vez más divididos y polarizados e incapaces de convertir el enfado en energías políticas útiles.
La regla del éxito populista radica en la capacidad para aglutinar dificultades y problemas heterogéneos bajo una sola reivindicación. A quien sabe reunir todos los malestares en una idea simple, convertida en consigna, lema u objetivo, se le abre un fructífero camino político, tal como han demostrado los populismos de distinto signo surgidos en los últimos decenios y en especial el populismo independentista que demostró mayor capacidad para movilizar a los catalanes que cualquier otra causa.
Con ideas dispersas, división política e incapacidad para conectar con la ciudadanía, esta vez ha sucedido lo contrario. De un lado, dos máquinas de movilización engrasadas, la ANC y el Consell de la República, consiguieron la manifestación más numerosa y militante, casi entera de cabezas grises y añorantes de la victoria que se escapó. De la otra, la convocada por las plataformas de los afectados, menos numerosa, más concreta en sus demandas y plural en cuanto a generaciones y militancias, pero sin atreverse a romper el molde independentista.
Es una mala broma vender que la independencia es la solución al alcance para resolver el desastre ferroviario. Sirvió hace 18 años el derecho a decidir, pero aquella lógica populista fracasó, sustituida por otra peor, la de la xenofobia, abiertamente indeseable. Más eficaz sería concentrar las energías en la vigilancia y la presión sobre las administraciones para que reparen de una vez la red ferroviaria, tal como propugnan acertadamente las plataformas de afectados.
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