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Los europeos castigan con fuerza la corrupción, pero menos si la comete un político ‘de los suyos’

Un macroestudio con 13.000 ciudadanos de 10 Estados de la UE, incluido España, revela que el mal comportamiento de los cargos públicos, sea por mentir, beneficiar a un familiar o aceptar sobornos, se penaliza incluso en los países que se perciben más corruptos

Manifestación contra la corrupción en Madrid, en marzo de 2017.Marcos del Mazo (LightRocket via Getty Images)

Por más corrupción que haya en un país europeo, sus ciudadanos la siguen penalizando. De norte a sur, de este a oeste, los comportamientos negativos de los políticos se pagan caros en la percepción que tienen de ellos los ciudadanos. Y eso incluye las faltas que en principio parecen más veniales, como soltar una mentira en una rueda de prensa, aunque siempre se castigan más las que se perciben peores: beneficiar a un familiar aprovechándose del cargo y aceptar sobornos. Pero con un matiz: si el político es de la misma ideología que su votante, este le castigará menos. Y si el votante es joven , penalizará menos al político que un votante mayor.

Estas son algunas de las conclusiones de un amplio trabajo científico de tres años basado en la opinión de 13.000 ciudadanos de 10 países de la UE, que apunta a que los europeos de los cuatro puntos cardinales comparten una cultura de la penalización a los políticos bastante parecida. Aunque la fuerza de ese castigo varía de país a país, las conductas fuera de lugar se penalizan siempre y en este orden de creciente gravedad: mentir, beneficiar a un familiar y aceptar sobornos. En muchos países, eso sí, la sanción a los dos últimos comportamientos “es muy similar o estadísticamente la diferencia no es significativa”, explica el profesor de Ciencia Política y de la Administración de la UNED Luis Ramiro, que ha participado en el estudio.

Las mujeres castigan algo más que los hombres los enchufes y los pagos ilícitos

“Es muy novedoso que mostremos que hay una similitud relativamente alta en cómo reacciona la ciudadanía ante los comportamientos deshonestos”, asegura del estudio otra de sus autoras, Laura Morales, investigadora del CSIC-IPP y del Centro de Estudios Europeos y Política Comparada de Sciences Po (París). Al principio, reconoce, no estaban “muy seguros de que en todos los países fueran a penalizar comportamientos más leves como el de mentir”. Pero la conclusión del estudio es en cierta medida alentadora. “Teniendo en cuenta la ligereza con la que muchos responsables políticos mienten, el hecho de que los ciudadanos no se hayan acostumbrado y que no lo ‘descuenten’ como ‘lo normal’ es muy importante para los estándares de calidad democrática de la ciudadanía europea”.

Que la corrupción se normaliza allí donde más se percibe es una idea extendida. Pero el estudio la contradice. Ocurre más bien al contrario: en los países cuyos habitantes aseguran que hay más, se puntúa peor al político que obra mal. Baja la medida de cuánto les gusta ese cargo público a los ciudadanos y también cuánto de “representados” por él o ella se sienten.

El informe usa como referencia el índice de Transparencia Internacional de 2023 para ubicar a los 10 países que forman parte del estudio. Dentro de los de menor corrupción percibida incluye a Dinamarca, Finlandia, Alemania, Austria y Francia, y, de mayor, a Grecia, Polonia, Italia, República Checa y España. En general, por países, los ciudadanos que más hostigan por aceptar sobornos son los daneses, griegos e italianos, y los que menos, aun penalizándolo siempre, los austriacos.

La investigación también ha medido cómo el castigo varía dependiendo de que el político sea o no de la misma cuerda que el votante. Cuando “el perfil del político sea de la misma inclinación política (derecha, centro o izquierda) que la persona que responde [a la encuesta], disminuye mucho el efecto penalizante de la deshonestidad”, detalla Ramiro. Es decir, que la valoración que hace un ciudadano del mal comportamiento de un político de su cuerda es siempre más benigna que si el político es de otra ideología.

Y hacer, hacen la vista gorda todos los votantes, a izquierda y a derecha, incluso los más moderados y centristas. “La ideología es similar a unas gafas que tintan nuestra visión, vemos con otro color a los nuestros”, insiste el profesor de la UNED.

[en comparación con los votantes de derechas a los políticos de su misma cuerda], los votantes de izquierda tienen una fidelidad o preferencia mucho más elevada a políticos de izquierdas y les votan siempre más, incluso cuando se comportan mal”
Laura Morales, coautora del estudio

Con todo, hay matices en los casos de los votantes de izquierda y de los de derechas. Los de izquierdas tienen una probabilidad más alta (80%) de elegir a un político honrado y de su cuerda que los de derecha a uno honrado de los suyos (70%). Pero esa probabilidad baja del 80% al 54% cuando el político de izquierdas acepta sobornos y del 70% al 50% cuando lo hace el de derechas. Al final “los votantes de izquierda tienen una fidelidad o preferencia mucho más elevada a políticos de izquierdas y les votan siempre más, incluso cuando se comportan mal”, aclara Morales.

“Otros estudios han demostrado que la afinidad ideológica o la identificación con el mismo partido pueden llevar a los votantes a aceptar distintos tipos de conductas indebidas por parte de las élites. Y esto también puede ayudar a explicar por qué algunas personas toleran que los dirigentes políticos vulneren normas democráticas”, precisa el investigador Henrik Christensen, otro miembro del equipo.

Pero aunque la afinidad ideológica atenúe la sanción a la hora de votar, la benevolencia de los encuestados es menor cuando se les pregunta cuánto les gusta ese político y cómo de representados se sienten por él o ella. Y esto es una señal de que “incluso si las personas siguen votando a políticos corruptos cuando comparten su ideología, tienden a castigarlos por otras vías y a percibirlos de forma menos favorable. [...] La corrupción no deja nunca de tener efectos negativos”, cree este profesor de ciencia política en la Universidad Åbo Akademi de Turku. “Siempre se prefiere a un político limpio, pero incluso los políticos menos malos resultan más elegibles que los muy malos”.

En general, si no se tiene en cuenta el comportamiento del político, los europeos encuestados prefieren a políticos de centro, en segundo lugar a los de izquierdas y finalmente, aunque no a mucha distancia, a los de derechas.

Los jóvenes castigan menos

El estudio también ha concluido que los jóvenes de 18 a 29 años penalizan menos y con una gradación menor entre los tres modos de deshonestidad (mentira, nepotismo, soborno) que las personas de mayor edad (los de 50 a 59 y 60 a 75). Y los encuestados de todas las edades con un nivel educativo formal menor (con solo la educación primaria o ni siquiera eso) castigan menos las dos formas de deshonestidad más graves (nepotismo y aceptar sobornos).

En cambio, esta investigación no encuentra diferencias relevantes entre hombres y mujeres cuando incurren en comportamientos negativos. Se castiga casi por igual al político deshonesto que a la política deshonesta. Sin embargo, entre los encuestados, las mujeres penalizan algo más que los hombres los enchufes y los pagos ilícitos.

Los autores esperaban que los efectos negativos de un comportamiento deshonesto fueran mayores por parte de los ciudadanos que tienen más confianza política. Lo hacían pensando en que quienes confían en el sistema exigen normas de comportamiento más elevadas y, por tanto, reaccionan peor a la corrupción. El estudio les ha dado otra sorpresa: se encontraron con lo contrario: quienes más castigan —sobre todo los sobornos— son las personas con menos confianza en la política.

“No calificaría de indulgentes o pasivos a quienes muestran más confianza en los políticos, porque estas personas también castigan a quienes mienten, abusan de su poder para favorecer a familiares o aceptan sobornos. Simplemente, ese castigo es menos acusado porque en algunos casos hacen excepciones”, precisa Laura Morales. “En tiempos de descrédito de la democracia, tener confianza política se considera beneficioso, pero sin exceso, porque también puede acarrear demasiada indulgencia y dejar de exigir responsabilidades”.

La desconfianza, instalada en España

¿Ha ido a peor esta desconfianza? En otro informe derivado del mismo proyecto, los investigadores comprobaron que la confianza política sufrió un declive considerable en los años posteriores a la Gran Recesión que comenzó en 2008, pero que empezó a notarse en muchos países a partir de 2010-2011 y que poco a poco se ha ido recuperando en muchos países (y en el global para el conjunto de países europeos).

Pero en España fue diferente. “En el caso español, observamos una diferencia importante entre la evolución de la confianza en instituciones europeas (Parlamento Europeo y Comisión Europea) y en instituciones y actores nacionales (ejecutivo, legislativo, judicial, los políticos y los partidos). En el primer caso, se han recuperado aproximadamente los niveles iniciales de confianza anteriores a la recesión; en el caso de la política nacional, el declive en la confianza ha continuado incluso tras la recuperación económica”, apunta Laura Morales.

Y no hay visos de que la situación mejore. “En ausencia de una verdadera regeneración democrática de los partidos y de los políticos, y en ausencia de controles más efectivos —tanto autocontrol en el seno de los partidos políticos como desde instancias externas a los partidos, como los medios, el sistema judicial u organismos de vigilancia—, la espiral de desafección continuará aumentando con el más que probable aumento de la volatilidad electoral, porque los votantes más desconfiados son más proclives a dejar de votar a quienes se comportan mal”.

“La única solución para romper la espiral negativa es regenerar la política, asegurar mecanismos efectivos de control interno y externo”, entiende la experta. De hecho, el informe concluye con una lista de recomendaciones que se remiten a la Comisión Europea, que animan a que Europa establezca reglas comunes y claras que fijen qué conductas son inapropiadas y cómo se van a penalizar, ampliar lo que se considera normalmente comportamiento indebido a sus manifestaciones más aparentemente benignas, como la mentira, y que, dado que la cultura del castigo es ya paneuropea, las acciones se fijen desde Europa. Así lo destaca Henrik Christensen: “La recomendación más importante es subrayar la similitud entre países. Creo y espero que eso indique que es posible hallar una solución común. Si queremos democracias que funcionen bien, debemos exigir a todos los políticos los mismos estándares. Incluidos los nuestros”.

En qué consistió el experimento

El estudio forma parte del proyecto de investigación europeo sobre actitudes políticas y comportamiento ciudadano en la UE “Hacia una nueva era de la democracia representativa”, que incluye un experimento con 13.000 ciudadanos de 10 países de la UE (Alemania, Austria, República Checa, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Grecia, Italia y Polonia) a razón de 1.300 encuestados por cada país. En el experimento los autores hicieron análisis conjunto experimental, una técnica de investigación muy utilizada en ciencias sociales y ciencia política para estudiar cómo las personas adoptan decisiones cuando deben elegir entre varias opciones con diferentes características. Así, en lugar de preguntar directamente qué opinan de la corrupción, los investigadores optaron por un experimento más cercano a las decisiones reales de los votantes: mostraron a los participantes distintos perfiles ficticios de políticos —con diferentes ideologías, aparentes orígenes étnicos distintos y comportamientos— y les pidieron que eligieran entre ellos. Analizando miles de esas elecciones, es posible medir con bastante precisión qué atributos pesan más en el juicio de los ciudadanos. . se presentaban a los participantes perfiles hipotéticos de políticos con distintas características —atributos personales como sexo u origen étnico, orientación ideológica y posibles comportamientos indebidos— y se les pedía que eligieran entre ellos y que los evaluaran. A partir de esas decisiones, el estudio observa qué político prefieren los ciudadanos cuando comparan entre varios, cuánto les gusta cada uno y hasta qué punto sienten que ese político los representa.

Los autores sostienen que, combinando estas tres medidas, puede captarse de forma bastante completa el impacto de esos comportamientos en dos dimensiones clave: el apoyo político —si los ciudadanos respaldan o elegirían a ese político— y la confianza política, es decir, si lo consideran digno de confianza y representación.


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