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'caso Koldo'
Análisis

Juicio a tres hombres: Aldama, Ábalos y Koldo sentados en un banquillo público y privado

Una mujer joven cuchichea en el pasillo del Supremo, lleva mascarilla negra, gafas de sol negras, ropas negras y una probable peluca negra de pelo liso. Es Jésica Rodríguez y dentro de la sala también se habla de ella

Víctor de Aldama, José Luis Ábalos y Koldo García, este martes en el Supremo.Pool (Pool)

A las 11.30, mientras Ignacio Díaz Tapia, empresario imputado, no declara nada, da respuestas sinuosas y se pega a su abogado buscando protección o calor, quién sabe, un hombre grandullón se repantiga a duras penas en una sillita junto a la puerta de los aseos del Tribunal Supremo, viendo entrar y salir a periodistas apurados. Frente a él, en un pasillo luminoso del edificio, una mujer joven cuchichea junto a otras dos personas, y esos susurros son todo lo que se escucha fuera de la sala. La chica lleva mascarilla negra, gafas de sol negras, ropas negras y una probable peluca negra de pelo muy liso. El primero es Joseba García Aguirre, hermano de Koldo García Aguirre. La segunda es Jésica Rodríguez, expareja de José Luis Ábalos, mujer en el ojo del huracán por muchas razones; la principal en este juicio, ser contratada en un empleo público en atención al afecto que el entonces ministro José Luis Ábalos tenía por ella. Por eso Jésica nunca fue a trabajar: porque a veces uno, con la edad, comprende que cuando te regalan muchas cosas, el trabajo eres tú.

Se juzga en el Supremo la trama de las mascarillas; se juzga al exministro de Transportes y ex secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos; a su exasesor Koldo García y al empresario Víctor de Aldama. Una bomba de relojería en los bajos del Gobierno Sánchez: Ábalos fue el hombre que defendió la moción de censura contra la corrupción del Gobierno Rajoy.

“¿Qué relación tenía usted con Jésica Rodríguez?”, le pregunta el fiscal jefe de Anticorrupción, Alejandro Luzón, a Joseba García Aguirre. “Por consejo de mi abogada no voy a contestar a sus preguntas”, dice una y otra vez el hermano de Koldo. Está sentado de lado, con una mano en un muslo y girado hacia las acusaciones, de una manera que, en lugar de declarar en el Supremo, parece que está a punto de hacerse un Karra Elejalde en Airbag: “¿Le he dicho ya que soy abogado, payaso?”. De hecho, luego lo dice: que es licenciado en Derecho, le cuenta a su abogada defensora. Pero antes, a la acusación, solo le dice esto: “Por consejo de mi abogada no voy a contestar a sus preguntas”. Repite la frase hasta la extenuación y esto siempre causa un cierto desahogo. A veces incluso olvida la frase y tartamudea. Hay un momento en que se mete un dedo directamente en la nariz, sin profundizar mucho, sin enterrar el dedo, se supone que también por consejo de su abogada.

“¿Alguna vez Jésica le dijo que no iba a trabajar?”, le pregunta la defensa de Koldo a Joseba, y Joseba contesta que Jésica tenía cara de tener mucho trabajo. “Yo no sé si Jésica trabajaba mucho o poco, no era su superior. Si ella me pregunta cómo pedir días de vacaciones, entiendo que está trabajando”.

La escena la contemplan tres hombres sentados en el banquillo de los acusados. Parece que viajaron a la cara oculta de la Luna y discutieron en la vuelta. Víctor de Aldama y José Luis Ábalos tienen la espalda pegada a la silla, las orejas tiesas, vigilantes. Aldama, el único en libertad, está más relajado. Pasea la mirada por la sala como una vaca viendo pasar trenes. Aldama ha llegado al juicio bardemizado, en concreto ese papel que Bardem bordó físicamente en Jamón, jamón. Aldama no viene buscando tanto la inocencia como la serie de Netflix. Personaje de astracanada, se sienta en una esquina del banquillo sin hablar con nadie, por fin, después de meses tirando de la manga a gente que se encontraba por la calle al azar: “Mira, te comento, el Gobierno caerá el lunes”, y así cada viernes.

José Luis Ábalos está mucho más delgado. Se pone y se quita las gafas en gesto casi coqueto: las gafas son el sustituto moderno y sano del pitillo: uno puede morder la patilla, juguetear con ellas entre los dedos, hasta clavárselas en el ojo a alguien, como en El Padrino 3. Uno puede incluso hasta ponérselas, como hace Ábalos cuando recuerda para qué sirven. Hay un momento muy cómico que ocurre cuando declara su hijo, Víctor Manuel Ábalos, que físicamente parece siempre a punto de romper en José Luis. Cuando Víctor Manuel Ábalos (que llega vestido como si fuese a romper en Víctor Manuel, de hecho viste igual que Víctor Manuel y también puede cantar “El abuelo fue picador”, pero en torero) le da un zasca a la acusación, Ábalos sonríe satisfecho, hincha el pecho como los padres cuando sus hijos hacen un buen regate en el partido de los domingos; está muy bien eso: uno tiene que estar preparado para estar orgulloso de su hijo en todos los escenarios.

El hijo de Ábalos, por cierto, tiene una empresa llamada External Programmes Consulting. Llama la atención que todavía en España, cuando alguien da de alta una empresa acabada en “consulting” no salte automáticamente una alarma en la UCO. A modo de prevención, como cuando alguien saca del cajero más de 3.000 euros y a la Agencia Tributaria se le humedece el hocico.

Pegado a Ábalos, inclinado hacia delante, con la mano en la sien tapándole la mitad de la cara, al borde del hastío absoluto, se sienta Koldo García Aguirre. Ha aparecido en el juicio con una barba espesa, sus tradicionales gafas de montura gorda, sin boina: el disfraz de El Solitario cuando iba de bancos. Las primeras dos horas apenas cambia el gesto, cabizbajo, abrumado por la luz o por la cámara, agachando, el más grandote de todos, la identidad; con el tiempo, se relaja y se enseña más, pero siempre con la mano paseando por la cara. Está muy abrigado porque dentro de la sala hace frio.

Sigue declarando su hermano Joseba, con el que comparte abogada. Fue a recoger dinero en sobres dos veces a Ferraz para su hermano, declara. Koldo lo mira sin mover un músculo de la cara, sin saber siquiera si quedan ya músculos que mover. Su hermano acaba de decir que le pedía a Koldo que borrase mensajes del móvil porque él, Joseba, estaba soltero y conociendo a alguien, y le reenviaba cositas “subidas de tono” a Koldo. Y Joseba no quería que esos mensajes los viese la mujer de Koldo y su hija. Lo de siempre: la coartada aún más delictiva que el delito.

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