Alcaraz y Sinner, dos relámpagos: un visto y no visto para resolver su estreno en Montecarlo
El número uno supera a Báez en 69 minutos (6-1 y 6-3) y italiano emplea solo 64 para rendir a Humbert (6-3 y 6-0)


¿Adaptación? ¿Qué adaptación? Ahí, a todo gas, lanzados, van dos relámpagos que no entienden de registros, superficies, condiciones ni códigos; ambos un todo que en un abrir y cerrar los ojos resuelven sus respectivos estrenos en Montecarlo, donde el ambiente está plomizo y la arena muy húmeda, pastosa, bola empapada y pesada, difícil de mover en teoría; no para ellos, dos fenómenos que van a lo suyo, como si practicasen otro deporte, a otra velocidad. Abriendo más y más brecha. ¿De qué planeta vinieron? La distancia sigue siendo muy evidente. El francés Ugo Humbert, primero y el argentino Sebastián Báez, a continuación, se desintegran tras recibir el impacto de los meteoritos: 6-3 y 6-0 uno, 6-1 y 6-3 el otro; 64 minutos invierte Jannik Sinner y tan solo cinco más, 69, emplea Carlos Alcaraz el primer día.
Como si fuera junio y no este inicio de abril, ambos se deslizan felizmente sobre la arena, sin dilaciones, midiendo bien los pasos e imprimiéndole curva y profundidad a la pelota para que haga daño, para que desborde, para que atropelle. Más y más efectos devastadores. Máximo control. Sin comparación. Ellos, Artemis II, compiten y ejercen desde allá arriba, a lo alto, inalcanzables, muy lejanos hoy día para todos los demás, quienes lo intentan, lo pelean y acaban encogiéndose de brazos: poco más que hacer. Así están las cosas, debe de pensar Usain Bolt desde la grada chic del Principado, reviviendo quizá aquellos tiempos en los que su zancada caballuna pulverizaba el tartán y el cronómetro echaba humo. Ahí abajo, otros dos cohetes marcan terreno y abundan: así es, mucho tendrían que cambiar las cosas para que no terminen reencontrándose más pronto que tarde.
Atrás quedó el color yema y llegó el azul en la camiseta, símbolo del mar, ahora de esta versión atractiva y dominante del Alcaraz terrícola. Sin apuros, tan solo un ligero achuchón bien resuelto en el segundo parcial, cuando Báez ya se sabía perdido. El murciano vence y convence, así que el jueves le corresponde Tomás Martín Etcheverry (30º) o Terence Atmane (45º), por decidir. Se acuerda de los suyos a la hora de firmar en la cámara: “Feliz Bando de la Huerta, murcianicos y murcianicas”. Definitivamente, la tierra la sienta muy bien. Cómodo y placentero el aterrizaje en la gira, luciendo bíceps en el primer acto y reaccionando después con autoridad, cuando de tanto gobernar ha terminado dejándose ir unos minutos, como si necesitara probarse. Pero ya lo dice desde el banquillo Samuel López: “Ganar fácil no vale para nada”.
Ya lo quisiera el búlgaro Grigor Dimitrov, apeado por Etcheverry (6-4, 2-6 y 6-3) y por primera vez en 14 años, fuera del top-100. O también Roberto Bautista, dolorido de la cervical en la apertura de la jornada en la central y obligado a abandonar; cuatro juegos, 23 minutos aguanta. “Para ser honesto, pensaba que iba a jugar peor, así que me ha sorprendido mi nivel”, apreciará luego sobre la pista Alcaraz, que aplaude a Báez a su marcha (25 años, 65º del mundo) y en los próximos días se jugará el número uno. Efectivamente, las cuentas le acorralan. Bordarlo o nada. “Lo voy a perder”, dice; “no sé si será en este torneo o en el siguiente [Barcelona], pero defiendo un montón de puntos [4.330] y va a ser muy difícil. Jannik [situado a 1.190 tras los triunfos en Indian Wells y Miami] va a sumar, así que intentaré jugar lo mejor posible y ya veremos qué pasa”.
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