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TEMPORALES
Análisis

Llueve mal

A falta de los correspondientes estudios de atribución, estamos, con mucha probabilidad, ante un fenómeno -otro más- que muestra la contundencia con la que el cambio climático se manifiesta

Cuando escribo estas líneas son 11.000 las personas evacuadas por el tren de borrascas que asola grandes zonas de Andalucía y Extremadura, y los aforos del Guadalquivir aguas arriba son más que preocupantes. Siete tormentas se han sucedido desde que empezó el año 2026: Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo y ahora, Marta. Ríos desbordados, carreteras cortadas, puentes a punto de quedar bajo las aguas y el miedo a que la roca kárstica sobre la que se levanta Grazalema salte por los aires ante la subida de agua del freático.

No se trata de una maldición divina, de la ira de los dioses o de las diez plagas de Egipto. A falta de los correspondientes estudios de atribución, estamos, con mucha probabilidad, ante un fenómeno -otro más- que muestra la contundencia con la que el cambio climático se manifiesta. Se sabe que la crisis climática multiplica por cuatro la intensidad de lluvias torrenciales en España, que el anticiclón de las Azores no se encuentra en su posición habitual muy probablemente debido a un debilitamiento de la corriente del chorro, y que el incremento de temperaturas en los océanos y en la atmósfera favorece que las lluvias sean más abundantes e intensas. Hay que esperar a los mencionados estudios de atribución, pero todo hace pensar que estamos ante otra tragedia climática. Una más, y ya van muchas, mientras partidos negacionistas ven aumentar sus apoyos. Paradojas climáticas.

Las mismas zonas que ahora son víctimas de inundaciones históricas, hace apenas tres años sufrían una sequía inacabable. ¿Llueve mal? Podría verse así. Pero hay algo más importante: la certeza de que va a seguir lloviendo mal, y probablemente, cada vez peor. Todo esto obliga a incrementar los esfuerzos de mitigación del cambio climático así como a establecer la prioridad absoluta de las políticas de adaptación. Replantear las líneas maestras de ordenación del territorio y revisar infraestructuras es ya un asunto de seguridad nacional.

Conforme las inundaciones avanzan, los embalses han de evacuar agua a toda velocidad, con el miedo en el ambiente a que algunas de las presas puedan colapsar. Si eso ocurriera, las consecuencias serían catastróficas. Si la afección llega a las balsas que contienen los residuos tóxicos de las minas, el desastre será incalculable. En tiempos de cambio climático las infraestructuras que en otros momentos fueron útiles para gestionar el agua se vuelven un factor de riesgo de primer nivel. Por contra, cobran especial relevancia las zonas inundables, donde los ríos desbordados pueden expandirse e ir perdiendo virulencia. Es incomprensible que los planes de ordenación del territorio no establezcan ya estas zonas como una urgencia a acometer, dejando fuera construcciones, infraestructuras o actividades que no soporten una inundación.

El riesgo lo inunda todo, también las ciudades, cuyos habitantes a menudo se sienten a salvo. Valgan unos ejemplos: en Jerez la red de saneamiento urbano está al borde del colapso, ya que no está dimensionada para una circunstancia así; en Sevilla se ha cerrado por segunda vez en menos de un año el muro de defensa frente al Guadalquivir; y los tanques de tormenta de numerosas urbes, que se presentaron como la solución frente a cualquier episodio de lluvias torrenciales, están igualmente desbordados o a punto de estarlo.

Las emergencias vividas en los últimos años ya nos han enseñado que desde el punto de vista social, tan importante o más que la crisis en sí es cómo se gestiona. Hasta el momento, el gobierno de Andalucía y el Ejecutivo español han dado muestras de coordinación y cooperación institucional. No así otros líderes políticos, que han demostrado que esto les queda muy grande. Con todo, es necesario aumentar todos los esfuerzos para que las personas evacuadas de sus casas puedan estar en las mejores condiciones posibles, y dedicar recursos tanto a paliar los daños como a adaptarse a esta nueva normalidad.

Es en estos momentos cuando el Estado, la política y lo público han de demostrar que existen para cuidar de las personas. Y de paso recordar que la atención a los miles de evacuados, las compensaciones de los daños y la adaptación de las infraestructuras se podrán hacer gracias a los impuestos que aportamos, como acertadamente señala el periodista ambiental Jose María Montero en este hilo. De lo contrario, y como se está viendo en Valencia, asolada tras la DANA, el descontento político va en aumento haciendo las delicias de la política que alienta la ultraderecha.

Cuando tras la tormenta llegue la calma, será hora de revisar los planes de emergencia, replantear la ordenación del territorio y las infraestructuras teniendo en cuenta que vivimos ya instalados en nuevo clima, y asumir que no hay política de seguridad más urgente que aumentar la resiliencia del territorio frente al cambio climático.

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