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La vida después de la tragedia: Rosa, del coche 8 del Iryo, pelea desde el hospital por recuperar su rostro

Una funcionaria de 29 años, que perdió la conciencia por un golpe en el accidente, es una de las personas heridas que permanecen ingresadas en el hospital Reina Sofía de Córdoba

Recuerda los minutos previos al accidente de tren, pero los que siguieron están en negro. Y cuando despertó, todo era una pesadilla. Todavía retiene en su memoria la película que estaba viendo en la pantalla de su móvil, mientras iba el pasado domingo en un asiento del tren Iryo destino a Madrid donde trabaja como funcionaria. Recuerda también las vibraciones que sintió, los saltos del asiento, el tambaleo. Después de eso, tan solo una consecución de imágenes sueltas que describe como terroríficas. Tras la colisión, perdió la conciencia. Cuando la recuperó, el coche estaba tumbado; y la ventanilla que había estado durante el trayecto pegada a su brazo izquierdo, estaba ahora en el techo. Rosa, que prefiere no dar su nombre real para preservar su privacidad, es una de las personas que continúan ingresadas en el Hospital Reina Sofía de Córdoba.

Cuando abrió los ojos tras el siniestro, se encontró una mujer en el suelo encima de ella. Cruzada en su cuerpo. Parecía en relativo buen estado físico, así que se atrevió a pedirle que le describiera cómo la veía: “¿Cómo estoy? ¿Qué tal tengo la cara?”. No obtuvo respuesta clara. Sacó su móvil, se hizo una “autofoto” y, cuando la vio, ella también se quedó sin palabras. La sangre cubría su rostro de lado a lado. Tenía el pelo incrustado en la piel y un ojo inutilizado, completamente golpeado.

La joven de 29 años es una de las supervivientes del coche 8 del convoy 6189 que salía desde Málaga. Su padre, quien cuenta la historia en su nombre, no se mueve de la puerta de su habitación del centro, donde este viernes se enfrentó a una nueva operación maxilofacial para reconstruir su cara. Tiene el pómulo derecho hundido, la cuenca del ojo tan magullada que los médicos creían que podía perder la visión y la nariz rota. Los dolores de cabeza son tan fuertes que necesita morfina para poder soportar los días. Es consciente de la suerte de poder contar lo que vivió en el vagón donde se han concentrado la mayor parte de los muertos del Iryo. De los nueve fallecidos en ese tren, siete viajaban en su mismo coche. Pero, a la vez, su familia sabe que este proceso va a ser muy largo y que, probablemente, su vida ya no vuelva a ser la misma.

A Rosa la tuvieron que sacar rompiendo las ventanas que, tras el descarrilamiento, se colocaron en la parte superior del tren. Sus recuerdos son como parpadeos. Fotografías de una película de terror. “Un espectáculo visual”, describe su padre, que se atropella con la emoción al relatar lo que le ha contado a él su hija pequeña. Nadie le avisó de lo sucedido hasta la mañana siguiente al accidente. Estaba de viaje en Grecia con su mujer.

Cuando Rosa recuperó la conciencia la primera vez en el vagón, la primera persona que le vino a la cabeza fue su hermana mayor, que es policía. “Llama a mi hermana que sabe lo que hay que hacer en estos casos”, dijo, tendiendo su móvil a la señora que yacía a su lado y que estaba en mejores condiciones para hacer las llamadas de emergencia.

Ante de que la sacaran, a la joven le dio tiempo de coger su teléfono, que se colocó entre la ropa, cerca del pecho, por lo que pudiera pasar. Tenía compartida la ubicación en tiempo real con sus amigas, una función frecuente del iPhone que permite localizar en tiempo real otros móviles. Por eso, sus amigas llegaron al hospital casi a la vez que ella. Rosa perdió el conocimiento una segunda vez y cuando despertó de nuevo estaba ya en una ambulancia. A su lado, en otra camilla, iba un hombre que tenía la cabeza abierta de par en par. Un sanitario le iba poniendo 14 grapas en medio de la carretera. La pareja del hombre estaba sentada en medio de ambos y sujetaba, no solo la mano de su marido que gritaba de dolor, sino también la de Rosa.

Los padres de ella cogieron un avión al día siguiente. Estaban con un grupo de peregrinación haciendo la ruta de San Pablo en Grecia para recorrer los lugares donde el apóstol predicó. Fue su hermana la que llamó al padre para contárselo, y este mantuvo el silencio durante todo el día. Como estaban en una excursión de la que no podían volver, no se lo contó a su mujer hasta que regresaron esa noche al hotel. “Asumí la carga yo solo”, explica.

El pasado martes llegaron a Córdoba tras conseguir el primer vuelo que les podía acercar a su hija. La encontraron en la quinta planta: “Ahora mismo está en observación, tiene la cara destrozada”, narra. No han pasado por casa en Sevilla desde entonces.

Los padres pasan las noches en Córdoba en un hotel. Han cogido una habitación individual porque uno de los dos pasa las madrugadas con su hija. Cuentan que miembros del personal sanitario del Reina Sofía les han llegado a ofrecer una habitación en su casa. Añaden que estos días no han dejado de ir a misa y que ya han hablado con el cura del hospital. Creen que, de alguna manera, el hecho de que Rosa no esté entre los 45 fallecidos de accidente ha sido “un regalo de Dios y de la Virgen”.

Ella se ha sometido a dos operaciones hasta el momento. Una de urgencia, nada más llegar en la ambulancia, y una segunda el viernes durante toda la mañana. Todavía no saben si necesitará otra intervención más. Quien mejor da el parte es su padre: “La operación bien, según los médicos, con algún inconveniente que han tenido que ir resolviendo. Ese es el parte médico. El parte humano es que tiene muchísimos dolores y ha pasado muy mala noche. Una situación muy desesperada para ella y para nosotros”.

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