Toni Roldán: “Hay que estar muy loco para meterse en política”
El exdirigente de Ciudadanos, recién fichado por la escuela de Gobierno del IE, cree que Illa “ayuda a construir una Cataluña con más diálogo”


Hijo de socialistas y economista de formación, tras trabajar en la Comisión y el Parlamento europeos como asesor, Toni Roldán (Barcelona, 42 años) interrumpió su tesis doctoral y saltó a la primera línea de la política con Ciudadanos, partido por el que fue diputado entre 2015 y 2019, además de portavoz económico. “¿Cómo vamos a superar la dinámica de confrontación de rojos y azules si nos convertimos en azules? No voy a participar más de la polarización política”, dijo en su despedida, antes de volver al mundo académico y terminar su tesis. Fue director del Centro de Política Económica de Esade y acaba de fichar por el IE University para reforzar su escuela de Gobierno, que lidera el expresidente italiano Enrico Letta. En los últimos años ha investigado sobre el impacto de la inteligencia artificial en la educación y la desigualdad con experimentos aleatorios controlados, “la misma metodología que utilizan los médicos para testar las vacunas”. Cree que el Brexit y la actitud de Donald Trump favorecen que España se convierta en un líder de la educación universitaria global, atrayendo a alumnos, profesores y talento, que era “la clave del progreso de EEUU”.
Pregunta. ¿Qué lecciones de su experiencia política le han servido para su vida profesional o personal posterior? Y, al revés, ¿qué aprendizaje de su carrera académica intentó aplicar en la política y con qué resultado?
Respuesta. El contacto con la política pública, ver cómo funcionan los incentivos, los grupos de interés, los sesgos, la comunicación... me ha ayudado a hacer mejores preguntas, que es lo más importante en la investigación. Y a la inversa, conocer, por ejemplo, la experiencia de otros países me permitía, en una negociación de presupuestos, defender posiciones que quizá no eran las más convenientes políticamente, pero sí las más razonables económicamente. A veces veo a políticos en determinados cargos sin bagaje o, al menos, sin la capacidad de distinguir a los listos de los tontos, que es muy importante.
P. La catarata de currículos falsos reabrió el debate sobre la capacidad de los partidos para atraer a los mejores. ¿Hay más desincentivos ahora que cuando lo dejó para dedicarse a la política?
R. Es menos atractivo ahora. Hay que estar muy loco. Los riesgos, la exposición, los costes... son muy grandes y los incentivos muy bajos para quienes tienen una carrera fuera. Al final se quedan los súper leales que no tienen la mejor preparación o alternativa fuera de la política. Y eso va alimentando el monstruo: cuanto más impresentable es la persona que está dentro, menos atractivo es meterse, peores decisiones se toman y más antipolítica se genera… Siendo un país tan grande, moderno y preparado deberíamos tener unos gobiernos muy competentes, pero me cuesta ver a líderes con proyectos políticos ilusionantes. Los partidos necesitan personas discrepantes, intelectualmente autónomas, que hagan pensar al líder. Con Felipe González, por ejemplo, estaban los más liberales de Solchaga, la gente de Guerra... y nunca se ganaba algo con un 90%. Ahora las votaciones de las ejecutivas de los partidos rondan siempre el 100%. Talento y lealtad a veces son sustitutivas. Solucionar eso es el reto más grande de los partidos y uno de los problemas que tenemos como sociedad.
P. ¿Se arrepiente? ¿Repetiría? ¿Le han tentado para volver?
R. Estoy muy contento con lo que hice. Negociar un acuerdo de gobierno, influir en cómo se gasta el presupuesto general del Estado es un privilegio. Había dos visiones: la de asaltar los cielos y otra más reformista. Yo estaba más en la segunda. Creo en los pequeños cambios, me alegra especialmente haber participado en la extensión de los permisos de paternidad. Tuve la suerte de salir vivo [ríe], ahora mismo no repetiría, y a si me han tentado prefiero no contestar.

P. ¿Ciudadanos se extinguió o se lo comió el PP?
R. Si te vendes como partido útil para impulsar la regeneración política y reducir la influencia del nacionalismo, no puedes hacerte sectario. Cuando sumamos 180 diputados con el PSOE y Rivera decidió unilateralmente no pactar, estaba condenándose a ser un partido irrelevante. Su estrategia pasó a ser la de competir por liderar la derecha. Era otro proyecto político, no era mi batalla ni el contrato que yo había firmado cuando fiché por esa empresa con un proyecto reformista, liberal en el sentido más bonito del término y con una visión antidogmática de la sociedad. Eso es lo que Rivera mató con su voluntad de ser presidente del Gobierno. Pensó que si hubiera sido el segundo de Pedro Sánchez nunca hubiera sido presidente por la derecha. También hay gente que piensa que tenía que haberse ido más todavía a la derecha. Pero ese ni era mi proyecto ni lo que habíamos vendido durante años.
P. “El ego es un gran saboteador”, acaba de asegurar Albert Rivera en una entrevista en la que presume de la forma en la que dejó la política. ¿Cree que le va bien la frase?
R. No creo que el problema de Albert fuera de ego. Tiene un mérito extraordinario haber conseguido articular esa start up de la política con gente tan buena y con tanto éxito. Pero cometió un error político, probablemente el mayor error político desde la Transición. Con el procés nos llegaron dos millones de votantes básicamente de la derecha. Vio la posibilidad real de ser el líder de ese espacio y se equivocó.
P. ¿Y tiene a quién votar o es uno de esos votantes huérfanos, indecisos que se rifan en campaña electoral?
R. Hay muchos huérfanos ahora que no quieren que Vox esté en un gobierno con el PP y a los que tampoco les gusta lo que ocurre en el PSOE. Hay un espacio anclado en el centro, moderado, capaz de reducir la influencia del nacionalismo en la política y ojalá alguien tenga la energía para construirlo porque sería muy sano alejarse de los polos. Hoy, con siete o diez diputados tienes una influencia enorme. El progreso nunca ha venido de los extremos, sino de la transversalidad y de la unión. Lo contrario es un ciclo sucesivo de reforma y contrareforma que no nos lleva demasiado lejos.
P. La extrema derecha tardó más en llegar a España, pero llegó. ¿De qué o de quiénes se alimenta?
R. Creo que no ha llegado el pico y que veremos a la extrema derecha española converger con los resultados que tiene en Europa. En Extremadura han crecido muchísimo y es la comunidad menos expuesta a la inmigración. Hay un giro estructural a la extrema derecha preocupante. Cuando yo estudiaba en la universidad, lo punki era ir contra el sistema desde la izquierda. Ahora es lo contrario. La forma de ser políticamente incorrectos para muchos jóvenes está en la derecha y la ultraderecha. Pasa en todos los países y tiene que ver con muchos factores, entre otros, por cómo se informan. Antes lo normal era leer un periódico con opiniones plurales. Ahora abres Tik Tok para encontrar a predicadores que suelen alimentar sesgos.
P. ¿Y cómo ve al otro protagonista de la ruptura del bipartidismo en 2015, Podemos? ¿Qué futuro augura al espacio a la izquierda del PSOE?
R. Con Nacho Álvarez [exresponsable económico de Podemos], por ejemplo, sí podías tener debates sanos, enriquecedores, sobre los problemas. Creo que Podemos fue muy efectivo en los primeros diagnósticos. La casta y el capitalismo de amiguetes eran conceptos muy parecidos. Luego los líderes eran muy dogmáticos y poco rigurosos. Hay posiciones más moderadas dentro de ese grupo que me interesan más, pero en ese espacio el gran reto es la unidad. Si quieren ser relevantes tendrán que pensar en alguna forma de unirse o les penalizará.
P. Uno de los reproches que hacía a Ciudadanos era que no se podía tener el mismo discurso para la paz que para la guerra. ¿Cree que los indultos ayudaron a bajar la tensión y mejorar la convivencia en Cataluña?
R. El nacionalismo en Cataluña trató de sustituir el proceso democrático establecido por el Estatut y la Constitución por el proceso que a ellos les interesaba. Eso tenía que tener unas consecuencias. No me gusta nada ver a políticos en la cárcel, pero no estaban allí por sus ideas, sino por saltarse la ley. Es importante que los demócratas defendamos eso y conviene que la izquierda no minusvalore lo grave que fue. Entre otras cosas porque era la ruina para Cataluña. El nacionalismo catalán se ha enfrentado a la frustración de las mentiras que colocó. Perfiles como el de Illa [Salvador, presidente de la Generalitat y líder del PSC] ayudan a construir una Cataluña donde haya más diálogo entre nacionalistas y no nacionalistas, pero no estoy convencido de que los indultos hayan sido tan instrumentales.
P. ¿Cree que Illa hubiera llegado a ser presidente de Cataluña sin los indultos?
R. Creo que había un agotamiento del discurso polarizante del nacionalismo y que el PSC supo capturar una parte de ese nacionalismo moderado hacia unas actitudes menos de rauxa [arrebato] y más de seny [sensatez]. Illa dio señales claras al nacionalismo de que iba a escucharles.

P. ¿Cómo recuerda las negociaciones con el PSOE cuando estaba en Ciudadanos? ¿Cree que una negociación así podría repetirse hoy?
R. Lo veo muy difícil. Si el PP gana las próximas elecciones, el PSOE puede decidir abstenerse para reducir la influencia de Vox, pactando una serie de exigencias, pero me cuesta mucho imaginar eso por la dinámica de polarización. Hoy la competición electoral no está en la moderación, sino en los extremos. Los incentivos para hacer grandes acuerdos no existen. Ciudadanos lo hizo con el PP y con el PSOE y creo que era un ejercicio democrático muy sano. Ahora hay un teatro muy grande construido alrededor de este circo de la polarización que tiene bastante poco que ver con las medidas ambiciosas que España necesita. Coyunturalmente, el país va muy bien, hay más personas empleadas que nunca, pero estructuralmente no ha habido cambios sustanciales pese a los fondos Next Generation. Es una oportunidad política perdida y es mi principal crítica a Sánchez, su poca ambición en el ámbito de las infraestructuras humanas, de las reformas en educación, en innovación… eso es el liderazgo. Subir los sueldos de los funcionarios o las pensiones puede ser muy popular, ¿pero es la prioridad de gasto con la crisis de vivienda que tenemos, por ejemplo?
P. Uno de los grandes debates políticos ahora es si Sánchez aguantará hasta 2027. ¿Tiene pronóstico sobre cuántas ediciones sacará de su manual de resistencia?
R. En ese sentido es un genio político. Ha demostrado una gran capacidad para darle la vuelta a las cosas y sobrevivir, pero la legislatura está muerta en términos de posibilidades para hacer algo y eso es estar en el poder para estar en el poder. Es decir, estar en el poder por las razones equivocadas. Entiendo que no quiera convocar elecciones cuando las encuestas no son favorables, pero si no quieres que mañana gobierne Vox, abstente. Ese también es un ejercicio de liderazgo.
P. José Luis Ábalos, uno de los hombres que negoció para el PSOE la moción de censura contra Rajoy tras la sentencia del caso Gürtel, está en prisión por otro caso de corrupción. ¿Qué dice del país y del sistema esa secuencia?
R. Yo he estado en el corazón de un partido político y recuerdo cada detalle de la vida de Jorge San Miguel, que me acompañó en el coche por los pueblos en la primera campaña electoral. Me cuesta mucho creer que pongas a organizar el partido, que es el cargo que requiere mayores dosis de honestidad, a un tipo con esa catadura moral. ¿Cómo puede ser que no sepas cómo es? Creo que siguen faltando contrapesos, incentivos para levantar la mano y denunciar. Que Sánchez haya puesto a dos secretarios de Organización podridos dice más de Sánchez que del país.
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