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La España entre cenizas: “Se quemaron mis recuerdos”

Las zonas afectadas por el fuego aún hacen recuento de los daños causados por los incendios que han golpeado al sector ganadero, agrícola, al turismo y la vida de los vecinos

El único bar abierto en todo el valle del Jamuz, en el sur de León, se empieza a llenar pasada la hora de comer. Cuatro vecinos juegan a las cartas en una de las mesas de la esquina, otros dos debaten en la barra y Lorena Martínez, 42 años, que regenta este punto de encuentro en la pequeña localidad de Herreros de Jamuz, de 73 habitantes, tiene que apretar para responder a la velocidad de las comandas. Así de primeras nada parece indicar que hace poco más de dos semanas un fuego devastador que procedía de Molezuelas de Carballeda, un municipio zamorano a casi 30 kilómetros, sembró el terror en este pequeño pueblo de 73 personas y de todos los que se fue encontrando en su incursión sin control por León hasta convertirse durante 12 días en uno de los más devastadores de España, con más de 30.000 hectáreas abrasadas y miles de personas desalojadas. Pero Lorena pasa de servir cafés a sentarse con algunos de sus clientes de más edad para ayudarles a rellenar el formulario con el que deben solicitar los 500 euros de indemnización por el desalojo. El debate en la barra gira en torno a las personas que se quedaron sin casa por las llamas y, en un momento dado, la propia encargada puntualiza: es el único bar abierto del valle porque uno de los chicos que falleció, Jaime Aparicio, tenía el otro, el bar de Quintanilla [de Flórez]: “Me he quedado yo sola”.

El fuego arrasó con todo y las zonas afectadas aún andan registrando los daños provocados: explotaciones ganaderas, cultivos, viñedos, viviendas, turismo y muchos intangibles que han dejado herida, en este caso, una zona que ya de antes se sentía olvidada. “No vaciada, olvidada”, matiza Lorena. “Pero, lo que más se ha perdido son dos vidas”, insiste ella, recordando a Abel Ramos, de 35 años, y a Jaime Aparicio, de 37, los dos vecinos de su mismo municipio. “Si se está quemando el pueblo, se está avisando y no viene nadie, imagina para el resto”, lamenta. Una crítica que repiten otros clientes del bar.

Lorena, la propietaria del único bar de la localidad de Herreros, ayuda a los vecinos con la cumplimentación de las solicitudes de ayuda por el incendio.

En una de las mesas de la terraza se sienta Néstor Miranda, agricultor de 37 años. Tras acabarse el café, se traslada en su coche a una de las fincas que las llamas le han abrasado: hasta 90 hectáreas de cultivos que tiene repartidos en varios puntos de la zona: trigo, avena y centeno, lo que más predomina en la comarca. Prácticamente le ardió todo. Calcula que puede llegar a perder 50.000 euros. “No sé si dentro de unos años quedará alguien aquí. Yo, si puedo, no me voy”, asegura este leonés mientras camina entre pinos quemados y suelo calcinado. Hay preocupación general por los que se puedan ir, pero es difícil encontrar a alguien que no esté decidido a quedarse.

“El golpe económico ha sido duro, se ha quemado todo”, lamenta al teléfono Yolanda Miguélez, la alcaldesa del municipio de Quintana y Congosto, del que dependen los seis pueblos del valle, cuatro de ellos afectados por las llamas. El Gobierno de Castilla y León informó el pasado miércoles que los incendios han devorado 11.000 hectáreas de área agrícola y 9.446 de pasto en la región. Por su parte, Agroseguro, la agrupación de entidades de seguros agrarios, proyecta que las indemnizaciones en toda España pueden llegar a superar los cuatro millones de euros, tres más que en 2024 y por encima de los 3,9 millones del 2022. Desde esta entidad recuerdan que todos los productores cuentan con protección tanto por daños en la producción como en la plantación, y que no importa si el origen del incendio es provocado o no.

Algunos vecinos todavía andan buscándole una explicación a los caprichos del fuego. Rumian por qué quemó unas zonas y otras, no; por qué cambió de dirección, por qué se coló en esta casa y no en la otra. Las llamas han destruido más de una veintena en los pueblos de Quintana y Congosto, pero solo ocho viviendas estaban habitadas, según la alcaldesa del municipio. Varias se encontraban en la calle San Pedro, en el barrio de Congosto. Allí vivían desde hace 30 años Aureliano Aguilló, de 75 años, y su familia. “No sabemos cómo pudo llegar aquí. Nunca pensé que mi vivienda se fuera a quemar. Era una casa de cine, de lo mejor que se puede tener en un pueblo”, dice con orgullo este encofrador, ahora jubilado. Su hijo, Luis, de 49 años, apunta a una pérdida más emocional: “La cartilla de la mili de mi abuelo, sus fotos”. Todo quemado salvo una pulsera y los títulos de las tierras.

Terrernos quemados a las afueras de la localidad de Herreros del Jamuz.

Más arriba, ya donde se acaba el pueblo, otras construcciones se quedaron al borde del fuego, pero se salvaron. Allí, en la frontera entre la realidad calcinada y la que aún conserva su color charlan tres ancianos mientras preparan hojas de laurel. Su olor contrasta con el tufo a quemado. “¿Qué hace este pueblo sin nadie aquí? ¡Y nosotros estamos aquí de milagro!”, exclama la octogenaria Virtudes Carnero. El capricho, una vez más, hizo que en ese caso el fuego pasara de largo.

Unas calles más allá, Estefanía Martínez mira la casa donde nació hace 87 años, ahora con el techo derrumbado por las llamas. Allí se crio y luego la compartió con su esposo, hasta que este murió hace unos 10 años. Le han ofrecido un apartamento en La Bañeza, pero prefiere quedarse con su prima segunda, Antonia Doris, que está en la puerta de al lado. Casi no le quedan ni palabras, apenas un hilo de voz: “Se me quemaron todos los recuerdos”. Las fotos de su boda, las joyas; su pasado. Todo en escombros por un fuego que ni siquiera le tendría que haber llegado, por una chispa que prendió de la casa de enfrente y cayó en la parcela contigua. Tres carambolas hasta fundir todo lo que tenía. Los caprichos del fuego.

La casa de Estefanía Martínez, derruida por el fuego, en Congosto y Quintana.

Esto es lo que se perdió, pero en otra localidad cercana, en Palacios de Jamuz, de 54 habitantes, su alcalde pedáneo, Eduardo Calvo, de 55 años, se ve en la urgencia de aclarar lo que no ardió de su pueblo. Un vídeo grabado el 13 de agosto donde se podían ver llamas devorando 12 casas de una calle acabó haciéndose viral. Las impactantes imágenes estaban acompañadas por esta narración: “En todos los años que llevo en la UME es la primera vez que estamos en un pueblo y se ha quemado entero”. Paseando por esa misma calle, más de dos semanas después, Calvo lo desmiente: “No se ha quemado todo el pueblo. Se quemaron casas deshabitadas donde no vivía nadie”. Y él vuelve a lo importante: “Yo todavía me estoy recuperando de lo que le pasó a Abel y a Jaime”.

A más de 150 kilómetros, en Ourense, otro fuego hirió a tres brigadistas y un bombero, uno de los cuales permanece ingresado muy grave, cuando luchaban contra el incendio de Oimbra, que se inició el 12 de agosto y acabó quemando 17.000 hectáreas. También calcinó, en la parroquia de As Chás, casi la totalidad de las tres hectáreas de Josefa Álvarez, a la que todo el mundo llama La Morena. José Ramón González, ganadero y secretario de ganadería de Unión Agraria UPA, se queda petrificado al ver el estado de los viñedos tras bajarse del coche: “Hostia, fíjate. Eso no vuelve. Nunca vi nada igual y eso que me he dedicado a peritar fincas”. Hileras de Treixadura, Godello y Mencía, las principales variedades de la comarca, donde la denominación de origen de Monterrei es un motor económico, están hoy destruidas por un fuego que de forma incomprensible cruzó las vides, saltando los límites desbrozados que en otras ocasiones hubiera sido suficiente. No es fácil que arda un viñedo. De hecho, pueden llegar a actuar como cortafuegos.

Josefa, agricultora cuyos viñedos han sido afectados por el incendio de Oimbra, Ourense.

La vendimia estaba a punto de empezar y ahora la recuperación es una incógnita. “Me quedan otros 13 meses para poder conseguir algo. Y eso si lo traen”. Hay vides que da por perdidas, otras que intentará que rebroten. Al menos dos años sin producción, aunque las más viejas igual dan algo antes. Y no es lo único que se le quemó. También perdió algunas ovejas, castaños, invernaderos, almendros. Todo eso ya no lo va a reemplazar.

Pero para La Morena tampoco se trata de algo material: “No es solo la cosecha de este año, que se me perdieron 40.000 o 50.000 euros. Son ocho meses trabajando sábados, domingos, fiesta y todo. La vinicultora muestra entonces una quemadura en el codo y pregunta:

―¿Sabes lo que es? Me quemó el sol con una camisa de verano. ¿Tú sabes lo que es arder en vida?

Mientras se mueve como un huracán entre las vides, va soltando un buen número de palabras por segundo, en castellano y en gallego, pero de repente se para en seco: “Y esto no es mío, me lo consiguieron mis padres, yo solo lo repoblé”. El llanto apenas la deja hablar mientras recuerda que su abuela cambiaba grano por metros cuadrados de finca en el 36. “Yo a mi nieta no le puedo dejar la finca porque está ardida”.

A 60 kilómetros de allí, en Castromil, un pueblo fronterizo entre Zamora y Ourense, Fernando García, de 48 años, dirige junto a su esposa, Obdulia Diéguez, su explotación ganadera, que cuenta con más de 400 vacas. El fuego pilló a algunas en la sierra de Porto de Sanabria y no pudieron escapar. El resultado: seis reses muertas, una veintena de terneros, muchos abortos y 30 animales “muy perjudicados”, algunos con quemaduras graves.

“El perjuicio es grande porque dicen los veterinarios que es una recuperación lenta”, puntualiza García. De momento, la Junta de Castilla y León le ha proporcionado comida en abundancia, pero le tocará pelear el coste veterinario y la indemnización por las vacas muertas. Calcula que las pérdidas le durarán un par de años. Y ahora tocará lidiar con el seguro.

Fernando Antonio García y Obdulia Diéguez, ganaderos de Castromil.

García mira más allá del tema económico: “Por mucho que nos den, no es agradables ver estos animales muertos. Los montes están abandonados, hay caminos que no se pueden pasar por ellos, no hay cortafuegos, no puedes tocar ningún árbol. Hay que cambiarlo porque si no es el fin del sector primario”, lamenta. “Estos incendios se apagan en invierno. Tienen que dejar ayudar a la gente de los pueblos que están preparadas, que conocemos el terreno, la sierra. No se hubieran evitado los incendios, pero no serían de este tamaño”. Desde Asaja, la asociación agraria mayoritaria, aún no han cuantificado el impacto que los incendios tendrán en este sector, y se limitan a decir que en esta comunidad la ganadería extensiva va a sufrir “pérdidas graves”.

A José Ángel Prieto, de 40 años, el fuego no llegó a sus vacas, pero las secuelas también le durarán unos años. A todo el campo quemado alrededor de sus explotación, “el 80%” de sus pastos, se une la destrucción de 15 kilómetros de cierre eléctrico, fundamental para el funcionamiento de su ganadería, ubicada en el municipio ourensano de Vilardevós. “Está todo quemado, si no nos dejan pastorear en la parte quemada tengo que vender ya. Si las vendo me buscaré trabajo en una empresa”, amenaza, aunque estas palabras no suenan del todo sinceras, sino más bien fruto de la rabia: “Los jóvenes que ven lo que me ha pasado a mí dicen: ‘No, este oficio no lo quiero porque lo que haces en toda una vida en dos horas te quedas sin nada”. Aun así él lo tiene claro: “El único futuro que hay para esta zona está en la ganadería”.

“Hemos pasado mucho miedo”, dice Daniel Prieto, de 51 años, mientras observa a efectivos de la UME que aún trabajan apagando el fuego de Porto, el que ha amenazado el parque natural Lago de Sanabria, en Zamora. Prieto cuenta con unas 500 colmenas repartidas en varios puntos de la sierra. Cree que no ha perdido ningún colmenar con el fuego “porque si se mantiene limpio las llamas pasan por encimas y las abejas suelen sobrevivir”. Pero el problema viene después. “Si las abejas no tienen campos, la miel no es la misma y se muere la mayoría porque no tiene dónde ir. Es el gran problema del apicultor: puede ser que a priori no tenga daños, pero sin zona de pecoreo al año siguiente se pierden”.

Él cree que los pueblos están desasistidos en el sistema forestal y que las soluciones hay que encontrarlas con la gente de allí: “Abogo por que nos dejen limpiar el camino sin exponernos a multas. Siempre estás haciendo cosas a escondidas”, critica. “Los que vivimos aquí sabemos lo que hay y seguiremos para adelante”.

Peor suerte corrió Juan Alonso, 42 años, apicultor desde los últimos 15. De sus 650 colmenas ubicadas en As Chás, 40 han quedado calcinadas por las llamas. Algunas abejas muertas asoman por la rendija de las colmenas, los panales derretidos. “El fuego era tan grande que temí que se fueran a quemar todos”. El problema, coincide con Prieto, es la comida: “Ahora tenemos que alimentarlas por dos años”. Alonso dice que el seguro no se hace cargo de la producción, solo del enjambre, y que la indemnización asciende a 120 euros por cada colmena perdida.

José Ángrel Prieto, ganadero afectado por los incendio de Villardevos, Ourense.

Pero en esta zona, que vive esencialmente del turismo, preocupa que los incendios alejen a los visitantes del parque natural. Lo explica Víctor Coco, propietario del hotel Villa Lucerna, que estuvo cinco días cerrado por desalojo por el humo, lo que le ha hecho dejar de ingresar 50.000 euros, según sus cálculos. Mientras lo explica, apenas hay dos mesas cenando en el restaurante de un hotel que en estas fechas suele estar casi completo; al día siguiente, nadie pasará la noche. “Otros establecimientos están igual. Los negocios locales, peluquerías, bares, restaurantes, también en los pueblos de al lado, están gravemente perjudicados”. Y eso, según él, pasa en gran parte por la imagen que se está proyectando de la zona, cuando . “Ahora estamos sufriendo la desinformación de los incendio. Se ha salvado el entorno del lago, pero las noticias que salen son alarmantes y eso frena el turismo”, añade. “Y esto ha sido el 15 de agosto. Necesitamos recuperar antes. No queremos ver negocios en invierno que tengan que cerrar”.

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