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Incendios forestales
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Incendios invisibles, el populismo y la gestión fallida frente al cambio climático

Es importante desterrar los mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como estrategia y mantener una vigilancia continua y detallada del terreno

Bomberos forestales antes las grandes llamas del incendio en Aguasmestas, una parroquia del municipio de Quiroga, en la provincia de Lugo.

Los incendios en áreas silvestres son de una complejidad extraordinaria, difícil de plasmar en una breve columna con la profundidad requerida. Ahora bien, sí conviene señalar algunas cuestiones que encarrilen el debate público, porque con cada incendio se encienden fuegos aún más devastadores: el populismo acientífico y la confusión. Se ignoran datos y se abrazan lugares comunes, cuando no se emiten calculados mensajes de parte.

Uno de esos lugares comunes es el “abandono”, palabra repetida hasta el agotamiento por políticos, periodistas y tertulianos. ¿Cómo medimos ese abandono? A continuación, aparecen las consignas “limpieza”, “suciedad” y “desbroce”, términos no inocentes que lo aplastan todo dialécticamente. Pero la realidad tiene otras perspectivas: lo que se llama suciedad o broza es biodiversidad, hábitats que sostienen flora y fauna, sumideros de carbono.

Las cifras oficiales (y públicas) indican que desde 1968 hasta 1999 —cuando había poco “abandono”— no se bajaba de 100.000 hectáreas quemadas al año, con picos de más de 400.000 (1994). Hubo significativas mejoras con el cambio de siglo, si bien con repuntes graves en 2012, 2017 o 2022. Si el “abandono” explicase algo, las estadísticas serían muy diferentes. En definitiva, cuando alguien introduce este comodín, podemos pensar que no ha dedicado un gran esfuerzo a esta materia ni, probablemente, está realmente interesado en buscar soluciones.

Las áreas más castigadas en estos últimos días tienen elementos comunes: son frontera entre el mundo atlántico y el mediterráneo con lluvias primaverales y otoñales, sequía estival, suelos silíceos, vegetación fácilmente inflamable y un relieve muy accidentado. Son sitios duros para ganarse la vida en el marco económico actual.

A esto se suma el cambio climático. El verano se ha alargado semanas por cada extremo: empieza antes y acaba más tarde, la temperatura es más elevada, lo que dispara la evapotranspiración y reseca aún más la vegetación. Los inviernos se han suavizado, por lo que el periodo de crecimiento de la vegetación es más largo. Todo ello conduce a un punto: el fuego es la respuesta esperable de los ecosistemas a una transformación drástica. Sorprende, con todo, la velocidad a la que está ocurriendo.

Otro error común es juntar churras con merinas. Cuando el monte arde, lo que se quema son realidades distintas: vegetación natural y cultivos forestales. ¿Se puede analizar del mismo modo? Obviamente no. Y hace décadas que sabemos que apostar por especies pirófitas de crecimiento rápido —eucaliptos, pero sobre todo pinos en buena parte de las áreas mencionadas— siempre fue una pésima idea.

Es esencial saber que el fuego necesita tres elementos: combustible, condiciones favorables y un factor de ignición. En este último punto, insistir en la figura del “pirómano” es irresponsable, una cortina de humo. Los datos son claros: la piromanía real es minoritaria; lo que abunda son negligencias, accidentes y, de nuevo, en el noroeste, la cultura de la “limpieza” en la que el uso del fuego sigue estando a la orden del día: se detesta la vegetación natural y se sacraliza el pastoreo y los hechos demuestran que este tampoco frena los grandes incendios, mucho menos los de sexta generación.

La paradoja es evidente: los terrenos quemados son el culmen de la “limpieza”. Pero la experiencia muestra que tampoco sirve: buena parte de lo que hoy arde ya se quemó en 2022, por ejemplo, hace apenas tres temporadas.

¿Soluciones? Nadie debería esperar ni ofrecer recetas definitivas. Pero sí hay caminos: desterrar de una vez los mantras del abandono y la limpieza, aceptar la renaturalización como estrategia, mantener una vigilancia continua y detallada, hectárea a hectárea. Y, sobre todo, invertir mucho más en medios: desde brigadas de intervención inmediata, hasta equipos de vigilancia, pasando por el mantenimiento de infraestructuras como cortafuegos bien diseñados. Todo ello debe estar dotado de los recursos humanos precisos, bien formados y dignamente pagados. Esto supone gasto público, claro está, si bien para proteger intereses privados, los cultivos, se podrían articular otras medidas.

Estos apuntes, que apenas rozan la complejidad del tema, señalan una certeza: los incendios de hoy son la expresión más evidente del fracaso de décadas de gestión del medio, empeñada en tratar los montes como fábricas de madera o forraje. Pero los montes son, ante todo, ecosistemas vivos.

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